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ANÁLISIS. Elecciones en Brasil y quién manda en el país que el mundo necesita.

Por qué importan estas elecciones, qué sociedad llega a ellas y qué cambiaría con Lula, Flávio Bolsonaro o una alternativa como Renan Santos.

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oct 02, 2026
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Brasil tiene algo que las grandes potencias buscan con creciente urgencia: alimentos, energía, recursos minerales y capacidad para influir en el equilibrio climático del planeta. Es la mayor economía latinoamericana y alberga la mayor parte de la Amazonía. Su próximo gobierno tendrá decisiones que tomar sobre bienes cuyo valor trasciende sus fronteras.

Pero un país puede volverse más importante para el mundo mientras sus ciudadanos siguen preguntándose cuándo van a vivir mejor.

Esa distancia entre relevancia internacional y bienestar cotidiano atraviesa las elecciones del 4 de octubre, con una eventual segunda vuelta el 25 de octubre. Brasil decidirá quién gobierna y con qué respaldo parlamentario. El resultado también pondrá a prueba tres promesas: la de la protección social, la de la restauración del orden y la de una renovación que pretende acabar con la política conocida.

Para entender lo que está en juego conviene empezar lejos de las urnas. Así que he pensado que para hablar de las elecciones en Brasil, necesitamos tres capaz: la geopolítica, la política nacional y la electoral.

Es un análisis a profundidad, que espero que te dé perspectiva para entender por qué estas elecciones importan, incluso si no eres brasileña/o, ni vives en Brasil.

Empecemos por el rol de Brasil en el mundo.


La primera capa es geopolítica: Brasil quiere convertir sus recursos en poder de decisión.

La rivalidad entre EE. UU. y China planea sobre la precampaña electoral de  Brasil - France 24

Su posición entre Washington y Pekín explica buena parte del interés internacional. China es su principal socio comercial; Estados Unidos sigue siendo un interlocutor económico, tecnológico y diplomático fundamental. Lula ha apostado por diversificar relaciones y reforzar los BRICS, el grupo del que también forman parte China, India y Rusia, entre otros países. Flávio Bolsonaro, en cambio, se acerca al universo político de Donald Trump.

Para Brasil, la autonomía significa poder negociar con varias potencias sin que una sola determine sus opciones. Para las potencias, la pregunta es cuánto pueden influir sobre las decisiones brasileñas.

La relación con Estados Unidos ya tiene consecuencias materiales. Las tensiones arancelarias y las acusaciones brasileñas de injerencia han entrado en la campaña. Lula presenta la soberanía como un argumento electoral; la familia Bolsonaro ofrece su cercanía a Washington como un activo político.

Aquí aparece un límite a cualquier simplificación ideológica: una presidencia cercana a Trump tendría que convivir con la importancia comercial de China. Los productores, exportadores e inversores también tienen intereses que defender. Mi lectura es que veremos diferencias en las alianzas y en las condiciones de negociación, pero una ruptura económica con Pekín tendría costes difíciles de asumir.

Pensemos ahora en los minerales críticos. Brasil posee las segundas mayores reservas de tierras raras del mundo. Estos materiales intervienen en tecnologías industriales, energéticas y de defensa. Su explotación atrae capital extranjero y abre conflictos ambientales y territoriales.

La cuestión estratégica es qué parte del valor se queda en el país: extracción, procesamiento, conocimiento, empleo cualificado y capacidad industrial. Un yacimiento puede producir ingresos y, al mismo tiempo, dejar intacta la dependencia tecnológica. La riqueza del subsuelo necesita instituciones y tecnología para convertirse en poder nacional.

La Amazonía añade otra dimensión. Las decisiones sobre fiscalización, infraestructuras, minería y derechos territoriales afectan tanto a las comunidades que viven allí como a la credibilidad climática de Brasil. Los datos oficiales divulgados en agosto registraron una reducción de las áreas bajo alerta de deforestación durante el último ciclo de seguimiento. Son resultados que importan; su continuidad dependerá de decisiones políticas y presupuestarias.

Lula, sin embargo, combina su agenda ambiental con la expansión de inversiones en petróleo y gas. Su propio programa recoge ambas prioridades. La tensión entre desarrollo, ingresos públicos y transición energética atraviesa también su proyecto progresista.

Europa tiene motivos concretos para seguir la elección. El acuerdo comercial interino entre la UE y Mercosur se aplica provisionalmente desde el 1 de mayo de 2026. El acuerdo de asociación completo todavía requiere su correspondiente ratificación. La siguiente presidencia brasileña influirá sobre la implementación, las relaciones comerciales y las disputas sobre agricultura y estándares ambientales.

Para quien vive en España, esto conecta Brasil con el comercio, las cadenas de suministro y las decisiones industriales europeas. Para América Latina, añade una pregunta: qué capacidad tendrá la región para negociar intereses compartidos cuando su mayor economía defina sus prioridades.

Ahora que tienes el marco geopolítico, entremos al país.

La segunda capa es política y social: el país que el mundo necesita también necesita respuestas para sí mismo.

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