ANÁLISIS POLÍTICO: Perú, Reino Unido y la era del desgobierno.
Perú y Reino Unido revelan una misma crisis política: gobiernos que cambian de rostro, pero no de rumbo, y sistemas que ya no saben transformar poder en gobernabilidad.
Hay crisis políticas que se ven desde lejos. Huelen a calle tomada, a presidentes que salen escoltados, a congresos que votan destituciones como quien administra una rutina, a ciudadanos que ya no saben si indignarse o resignarse. Perú lleva años viviendo dentro de esa imagen: presidentes que llegan con mandato y se van sin poder, gobiernos que parecen interinatos aunque hayan nacido de elecciones, una política que avanza siempre con la respiración corta.
Pero hay crisis que no se presentan así. No gritan. No incendian el paisaje. Se anuncian con comunicados sobrios, comparecencias frente a Downing Street, renuncias perfectamente pronunciadas, partidos que cambian de líder como si estuvieran haciendo mantenimiento institucional. Reino Unido, que durante décadas vendió al mundo una idea de estabilidad, hoy también forma parte de esa conversación. Desde el Brexit, ha tenido una secuencia de primeros ministros que revela algo más profundo que una mala racha de liderazgos: Cameron, May, Johnson, Truss, Sunak, Starmer y ahora la transición hacia Andy Burnham.
Perú y Reino Unido parecen dos mundos políticos imposibles de comparar. Uno es el símbolo reciente de la inestabilidad presidencial latinoamericana. El otro, una democracia parlamentaria que convirtió la continuidad institucional en parte de su marca nacional. Sin embargo, cuando uno mira más allá de las formas, aparece una coincidencia: ambos países han aprendido a reemplazar líderes con más rapidez de la que han aprendido a reconstruir confianza.
Ese es el corazón del problema. El desgobierno moderno ya no siempre se parece al colapso. A veces se parece a una puerta giratoria. A una sucesión de nombres. A una política que cambia de rostro, pero conserva intactos sus bloqueos. El sistema encuentra mecanismos para sobrevivir, pero no siempre encuentra energía para dirigir.
En Perú, la crisis tiene una crudeza difícil de maquillar. Desde 2016, el país ha visto pasar una cantidad de presidentes que en cualquier democracia sana sería una anomalía histórica. Pedro Pablo Kuczynski cayó arrinconado por escándalos y presiones legislativas. Martín Vizcarra fue destituido. Manuel Merino duró apenas unos días. Francisco Sagasti administró una transición. Pedro Castillo llegó como expresión del hartazgo contra la élite limeña, pero terminó fuera del poder después de intentar cerrar el Congreso. Dina Boluarte heredó la presidencia sin heredar la legitimidad social. José Jerí fue otro episodio fugaz. José María Balcázar quedó como puente. Y ahora Keiko Fujimori llega a la presidencia en un país que vota con cansancio, miedo, memoria y desconfianza al mismo tiempo.
En Reino Unido, la secuencia ha tenido otro tono, pero también deja un mensaje de fondo. David Cameron convocó el referéndum del Brexit para resolver una guerra interna del Partido Conservador y terminó abriendo una fractura nacional. Theresa May intentó administrar una salida sin mayoría emocional ni política. Boris Johnson convirtió el Brexit en épica electoral, pero su liderazgo se desgastó entre escándalos, pandemia y exceso de espectáculo. Liz Truss fue derrotada por los mercados antes de poder construir autoridad. Rishi Sunak intentó restaurar competencia técnica en un país que ya no confiaba demasiado en los conservadores. Keir Starmer llegó prometiendo seriedad, estabilidad y gestión, pero terminó atrapado en la impaciencia de un país que quería resultados rápidos después de demasiados años de promesas acumuladas.
Lo interesante es que en ninguno de los dos casos estamos hablando únicamente de líderes malos o de campañas fallidas. Sería cómodo reducirlo todo a personalidades. El problema es más profundo. Perú y Reino Unido muestran lo que ocurre cuando la política se queda sin capacidad de producir dirección. Y cuando la dirección desaparece, los gobiernos se vuelven sustituibles.
En Perú, la fragilidad está en la arquitectura misma del poder. El presidencialismo peruano produce presidentes que pueden ganar elecciones sin construir mayoría real. Llegan al Ejecutivo con votos, pero sin partido fuerte; con mandato, pero sin coalición; con legitimidad de origen, pero sin capacidad de sostener una agenda. El Congreso, lejos de funcionar como contrapeso responsable, se ha convertido muchas veces en un actor de supervivencia propia. La vacancia, la censura y la amenaza permanente de destitución forman parte del paisaje. Cada poder sospecha del otro. Cada actor calcula. Cada crisis abre una oportunidad para alguien.
El resultado es un Estado gobernado por el corto plazo. Nadie construye con serenidad cuando siente que puede caer mañana. Nadie reforma de verdad cuando todo el incentivo está puesto en sobrevivir. Nadie asume costos políticos cuando la recompensa institucional es mínima. Así se instala una cultura de gobierno provisional, incluso cuando hay presidentes formalmente electos.
En Reino Unido, la fragilidad está más vinculada al rendimiento del sistema. Las instituciones siguen teniendo prestigio, rituales, continuidad y capacidad de absorción. El Parlamento funciona. Los partidos siguen siendo estructuras nacionales. La monarquía constitucional ofrece una capa de estabilidad simbólica, pero nada de eso ha impedido una erosión política evidente. El Brexit rompió consensos, reordenó identidades, fracturó territorios y dejó a la política británica atrapada en una promesa que era mucho más emocional que administrativa: recuperar control, recuperar soberanía, recuperar grandeza.
Después vino la realidad: crecimiento débil, servicios públicos saturados, vivienda inaccesible, desigualdad territorial, migración como campo de batalla cultural y una ciudadanía cada vez menos paciente con Westminster. En ese contexto, cada primer ministro ha cargado una expectativa casi imposible: cerrar en meses una crisis construida durante años.
Ahí aparece una diferencia central. En Perú, los presidentes caen porque el sistema político está diseñado de facto para bloquearse y castigarse. En Reino Unido, los primeros ministros caen porque sus propios partidos dejan de verlos como activos útiles. La caída peruana suele ser institucionalmente brusca y socialmente visible. La caída británica suele ser partidaria, parlamentaria, más ordenada en las formas, pero igualmente reveladora en el fondo.
En Perú, el poder se disputa como botín, mientras que en Reino Unido, se administra como riesgo electoral.
Los dos países también enseñan algo sobre la ansiedad democrática. Vivimos en sociedades que toleran cada vez menos la distancia entre promesa y resultado.
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