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Bachelet y Matthei: la sororidad también se demuestra defendiendo a una adversaria.

El ejemplo chileno nos devuelve una pregunta: ¿cuánto valen nuestros principios cuando toca aplicarlos a una mujer con la que no estamos de acuerdo?

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oct 14, 2026
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Sin comunidad no hay liberación.
Audre Lorde, Sister Outsider

Hay una escena cotidiana en la que pienso mucho: alguien habla de una mujer con desprecio y las personas alrededor deciden, en segundos, qué hacer. Reírse. Mirar el teléfono. Cambiar de tema. Preguntar qué habrá hecho ella. O interrumpir.

A veces, una cultura entera cabe en esos segundos.

Por eso quiero detenerme en Chile. En Michelle Bachelet y Evelyn Matthei. En un gesto que merece mucho más espacio en nuestra conversación pública, porque nos permite hablar de una palabra que aprendimos a pronunciar con entusiasmo y que todavía nos cuesta convertir en conducta: sororidad.

El 7 de octubre, después de que Bachelet dejara abierta la posibilidad de otra candidatura presidencial, el diputado Javier Olivares sugirió que se retirara a disfrutar de sus nietos y siguiera el ejemplo de Matthei preparando comida. La respuesta de Matthei fue clara: «A las mujeres en política se nos juzga por nuestras capacidades, ideas y gestión, no por las tareas del hogar».

La defensa tenía un antecedente. En julio, Bachelet había mencionado a Matthei al denunciar los prejuicios y la desigualdad con que se evalúa a las mujeres que ejercen liderazgo. Y es necesario cuidar esa cronología porque son gestos de reconocimiento en momentos distintos, desde posiciones políticas enfrentadas.

Y ahí está, precisamente, su valor.

Bachelet es socialista y Matthei pertenece a la derecha conservadora. Compitieron por la presidencia en 2013. Sus diferencias tienen profundidad política e histórica. No necesitamos convertirlas en amigas ni suavizar sus desacuerdos para reconocer lo que este ejemplo permite pensar.

Una mujer puede ser mi adversaria y seguir mereciendo mi defensa frente al machismo.

Parece elemental… hasta que toca hacerlo.

Hasta que la atacada es una política que detestamos, una compañera que nos incomoda, una mujer que alguna vez fue injusta con nosotras. Entonces aparecen las excepciones. El «sí, pero ella». El inventario de sus errores. La necesidad de explicar primero que no nos representa, como si condenar una humillación comprometiera nuestra identidad.

Me pregunto cuánto hemos entendido de la sororidad si solo sabemos practicarla con mujeres a las que habríamos defendido de cualquier manera.

Durante algunos años, la palabra estuvo muy presente en nuestra conversación. La llevamos a publicaciones, encuentros, campañas y conversaciones entre amigas. Y nombrarla fue valioso porque nos permitió imaginar relaciones menos atravesadas por la rivalidad, pero incorporar una palabra al vocabulario puede ser mucho más sencillo que incorporarla a nuestras decisiones.

Sobre todo cuando exige pagar un precio.

Defender a alguien de nuestro círculo suele traer aprobación. Defender a una adversaria puede costarnos simpatías entre quienes consideramos nuestros aliados. Nos obliga a decir: comparto contigo muchas cosas, pero esto que acabas de hacer es inaceptable.

Es ahí cuando un principio empieza a adquirir consistencia.

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