En la ONU, las palabras gritan geopolítica. «Soberanía», «seguridad» o «paz» cambian de significado según quién las pronuncie, a quién se dirija y qué esté dispuesto a hacer en su nombre. El primer día del debate general dejó esa disputa a la vista: los líderes pueden compartir vocabulario mientras defienden órdenes internacionales profundamente distintos.
Trump reivindicó la capacidad estadounidense de imponer condiciones. Guterres reclamó límites comunes. Lula llevó la autonomía al terreno de los recursos y la industria. Macron defendió unas reglas cuya supervivencia exige algo más difícil que pronunciarlas: reunir poder suficiente para sostenerlas.
En este brief analizamos ocho intervenciones desde una convicción: para entender lo que un líder dice ante el mundo, también hay que mirar el país desde el que habla. Su ideología, las elecciones que se aproximan, las tensiones sociales y los recursos de los que dispone cambian el significado de sus promesas.
Vamos a detenernos ahí: en qué proyecto de poder propone cada discurso, quién asumiría sus costes y qué tendría que ocurrir para que sus palabras se conviertan en decisiones.
La clave política: el primer día del debate general expuso una disputa sobre quién puede imponer condiciones. Trump reivindicó la fuerza estadounidense; Guterres defendió límites comunes; Lula reclamó autonomía; y los nuevos gobiernos de Chile y Perú llevaron a Nueva York su promesa de orden. La inteligencia artificial apareció como otro territorio donde se decidirá quién manda y quién queda sujeto a decisiones ajenas.
Guterres y Trump: dos respuestas incompatibles al poder
António Guterres: gobernar la interdependencia. En su última apertura del debate general como secretario general, con mandato hasta el 31 de diciembre, organizó su mensaje alrededor de cuatro pruebas: paz, desigualdad, clima e inteligencia artificial. No habló como representante portugués ni de un partido: defendió una institución cuya capacidad depende del respaldo político y financiero de los Estados.
Su propuesta más significativa fue una gestión multilateral de los riesgos de la IA con supervisión independiente. También reclamó corregir la exclusión africana de los puestos permanentes del Consejo y evitar un mundo dividido en bloques rivales.
No fue solamente una despedida, sino una advertencia para su sucesor. La ONU puede reunir actores, producir evidencia y proponer reglas; no puede obligar a sus principales potencias a aceptar límites que rechazan. Su defensa de UN80 plantea precisamente esa tensión: reformar capacidades no equivale a resolver la falta de voluntad política. La prueba será si los Estados aportan financiación y aceptan supervisión, no cuántos elogios recibe el discurso.
Donald Trump: la soberanía como libertad de acción estadounidense. El presidente de Estados Unidos trasladó al podio el nacionalismo de America First: protección económica, desregulación y primacía militar, elementos del programa republicano. Su práctica exterior muestra que esa doctrina no significa retirarse del mundo, sino intervenir bajo condiciones propias.
Amenazó con destruir la República Islámica de Irán si no hay acuerdo, defendió el uso de fuerza en el hemisferio occidental y pidió abandonar la Corte Penal Internacional. En tecnología, presentó la carrera hacia la “superinteligencia” como una competición decisiva que Estados Unidos debe ganar. Son posiciones y amenazas presidenciales, no decisiones de la Asamblea.
El contexto interno importa: las legislativas del 3 de noviembre están a seis semanas y la energía cara presiona a Washington. Trump vinculó expresamente la posibilidad de un acuerdo con Irán al calendario electoral.
La diferencia con Guterres es estructural: uno propone reglas para contener riesgos compartidos; el otro prioriza conservar ventaja. Para América Latina, la cuestión práctica será hasta dónde la cooperación contra el crimen admite condiciones estadounidenses. Para Europa, si puede defender reglas tecnológicas propias sin perder acceso a infraestructura y mercados.
Brasil, Turquía y Francia: tres maneras de reclamar autonomía
Luiz Inácio Lula da Silva: soberanía con industria y con urnas. El presidente brasileño procede del PT, de raíz sindical y tradición izquierdista, cuya trayectoria gubernamental combina políticas redistributivas y negociación dentro de una economía de mercado. Llega a las elecciones de octubre frente a Flávio Bolsonaro, en una competición ajustada: su advertencia contra la interferencia extranjera tiene un destinatario internacional y un público doméstico inmediato.
Rechazó que combatir organizaciones criminales justifique tutela militar externa y propuso cooperación sobre armas y flujos financieros. También criticó que Nicaragua cierre la competencia a la oposición: su defensa de autonomía regional no fue una absolución automática de gobiernos ideológicamente próximos.
Lo más operativo estuvo en los minerales: condicionó el acceso a generar valor en Brasil, transferir tecnología y abastecer sectores estratégicos nacionales. Ahí la soberanía deja de ser consigna y se convierte en política industrial. Pero defendió simultáneamente la descarbonización y explorar nuevas reservas petroleras: una tensión explícita, no un silencio que haya que imaginar.
Para España y la UE, la consecuencia es concreta: Brasil aspira a negociar como socio industrial, no solo como proveedor. Habrá que examinar contratos, requisitos tecnológicos y resultados ambientales para saber cuánto de ese proyecto se ejecuta.
Recep Tayyip Erdoğan: representación internacional, conservadurismo doméstico. El presidente turco dirige el AKP, de raíces islamistas y orientación nacional-conservadora, aunque el partido se define como democrático conservador. Esa distinción ayuda a leer un discurso que combina reconocimiento para pueblos y Estados con una concepción restrictiva del orden social.
Reclamó más reconocimientos de Palestina y cuestionó que cinco miembros permanentes condicionen la voluntad del conjunto. Volvió a ofrecer a Turquía como actor regional capaz de mediar, incluyendo la navegación en el mar Negro.
A la vez, denunció lo que llamó políticas globales de neutralización de género. No era una abstracción: AP sitúa esas palabras después de una operación gubernamental contra colectivos LGBTQ+, con encarcelamientos preventivos y detenciones. Esa es la atmósfera política relevante para entender su apelación a proteger la familia.
Nuestra lectura: Erdoğan pide menos jerarquía entre Estados, pero no propone el mismo ensanchamiento del pluralismo dentro de ellos. Su influencia se medirá por mediaciones y compromisos regionales verificables. La denuncia del veto, por sí sola, no modifica el Consejo.
Emmanuel Macron: defender reglas desde una potencia que conserva privilegios. El presidente francés representa el espacio liberal social y europeísta de Renaissance, de centro aunque con ciertos desplazamientos hacia la centro derecha, en ocasiones. Pronunció su último discurso ante la Asamblea antes de dejar el cargo en 2027; además, afronta críticas internas por la distancia entre reconocer Palestina y producir consecuencias materiales.
Defendió que la soberanía debe valer también en Oriente Medio y África, rechazó la lógica del cambio de régimen y cuestionó el balance triunfalista de Washington sobre Gaza. En IA, reclamó que Estados Unidos, China y unas pocas compañías no decidan por todos. Su liberalismo económico no implica aquí renunciar a la regulación: la autonomía europea aparece como capacidad de establecer límites.
Propuso medidas delimitadas, como moratorias sobre ataques a infraestructuras y navegación en el mar Negro. Son propuestas, no treguas acordadas.
Su problema práctico es convertir legitimidad discursiva en coaliciones capaces de actuar. Y su contradicción institucional permanece: Francia pide reformar un Consejo en el que mantiene asiento permanente y veto. Para España, existe espacio de cooperación en protección civil y regulación, pero exige instrumentos y recursos compartidos.
Reino Unido, Chile y Perú: la política exterior empieza en casa
Andy Burnham: seguridad también significa cohesión social. El nuevo primer ministro británico, laborista, habló desde una sensibilidad socialdemócrata que asocia seguridad con bienestar, no únicamente con defensa. Su llegada no elimina la restricción fiscal: el debate británico de septiembre gira alrededor de cómo aliviar el coste de vida y repartir la carga tributaria. Las posibles subidas sobre ganancias de capital seguían siendo propuestas, no medidas aprobadas.
Anunció el inicio de trabajos para un Centro Nacional de Defensa de la Información, una asociación de IA defensiva con Estados Unidos y la búsqueda de estándares globales de seguridad tecnológica. Su argumento merece atención: la precariedad y la falta de oportunidades hacen a las sociedades más vulnerables a la manipulación. El discurso no presentó un presupuesto detallado para esos anuncios.
Intenta ocupar una posición de enlace entre Washington y Europa. La reunión con Trump se celebró, pero persistieron diferencias sobre Chagos; una buena relación personal no resolvió el desacuerdo.
La prueba será doble: financiar su promesa social y dotar a la lucha contra la desinformación de controles públicos que distingan operaciones hostiles de disenso legítimo. Un nuevo organismo no garantiza por sí mismo confianza ciudadana.
José Antonio Kast: convertir el orden en una oferta de inversión. El presidente chileno procede del Partido Republicano, de derecha radical y conservadurismo social, con un programa favorable al mercado. Su Gobierno lleva seis meses y afronta una urgencia que limita la celebración de resultados: el desempleo alcanzó el 9,5% y el 15 de septiembre se informó de un plan de emergencia laboral todavía sin presupuesto definido.
Su tesis fue que el orden hace posible la libertad de vivir, emprender e invertir. Reivindicó rebajas tributarias, menores trabas y cooperación regional contra el crimen; invitó expresamente a invertir en Chile. Los resultados de seguridad que enumeró son cifras presentadas por su Gobierno, no una evaluación independiente de esta edición.
Hubo un matiz pragmático: defendió retomar relaciones con Venezuela sin negar los cambios ni alinearse incondicionalmente. La afinidad con Washington convive con necesidades regionales propias.
Nuestra lectura: ofrece previsibilidad al capital y seguridad a los hogares como partes del mismo contrato. Su credibilidad dependerá de empleo efectivo, inversión ejecutada y resultados sostenidos, no de equiparar proyectos anunciados con prosperidad ya conseguida.
Keiko Fujimori: internacionalizar la promesa de mano dura. La presidenta peruana, fundadora de Fuerza Popular, representa un fujimorismo conservador y favorable al mercado. Asumió el 28 de julio tras una victoria muy estrecha frente a Roberto Sánchez. Ese mandato reciente y la polarización importan: tiene autoridad electoral, pero no un consenso social ilimitado.
Presentó el crimen transnacional como una guerra y pidió tratar esas organizaciones como terroristas, con un marco que permita apoyo militar a la policía. También planteó educación y formación de directores escolares como prevención. Es una propuesta política peruana, no una nueva clasificación aprobada por la ONU.
Su crítica a las “agendas impuestas” y su defensa de quienes combatieron el terrorismo sitúan la memoria del conflicto peruano dentro de la política exterior. No deben leerse como comprobación de inocencia ni como invalidación de procesos judiciales.
La conexión con Kast y Trump es visible, pero no idéntica: Fujimori busca ampliar herramientas coercitivas mientras promete reconstruir instituciones. La evaluación debe mirar extorsiones, investigaciones patrimoniales, sentencias y garantías para civiles. Contar detenciones sin medir esos resultados sería aceptar la puesta en escena como política pública.
Lo que sí cambió fuera del podio
Acuerdo firmado, aplicación pendiente. Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia suscribieron un pacto que permite dos nuevas bases estadounidenses y ampliar Pituffik. No fija efectivos ni calendario y requiere aprobación de los parlamentos danés y groenlandés. No equivale a una adquisición estadounidense de la isla.
Venezuela: presencia y encuentro confirmados. Delcy Rodríguez se reunió con Trump en su recepción. Su delegación incluye responsables económicos y petroleros; todavía no hay un resultado público equivalente a un calendario electoral o un paquete de inversión ejecutado.
Canales abiertos, sin paz acordada. Witkoff confirmó conversaciones indirectas Estados Unidos–Irán mediante mediadores. Trump y Zelenski también se reunieron; discutieron una posible tregua sobre objetivos energéticos. El Departamento de Estado anunció Rubio–Lavrov para hoy por la mañana, sin hora precisa publicada.
Francia prepara además un posible texto sobre seguridad de navegación en Hormuz, según diplomáticos. Es negociación de un proyecto, no resolución adoptada.
Agenda: dónde comprobar las promesas
Miércoles 23 de septiembre
09:00 en Nueva York / 15:00 en Madrid: segunda jornada del debate general de la Asamblea General.
09:00–10:30 en Nueva York / 15:00–16:30 en Madrid: diálogo sobre democracia y derechos con María Fernanda Espinosa, candidata a la Secretaría General, en Open Society Foundations. Es un acto paralelo; no constituye una votación ni un respaldo institucional a su candidatura.
10:30 en Nueva York / 16:30 en Madrid: acto de alto nivel sobre el Panel Internacional sobre Desigualdad.
11:00 en Nueva York / 17:00 en Madrid: reunión del Consejo de Seguridad sobre Ucrania.
15:00 en Nueva York / 21:00 en Madrid: reunión del Consejo de Seguridad sobre inteligencia artificial. A la misma hora, se celebra la reunión de alto nivel sobre acción climática y transición justa.
Jueves 24 de septiembre
12:30–14:30 en Nueva York / 18:30–20:30 en Madrid: foro sobre geopolítica y democracia en el Cuerno de África, organizado por International IDEA y entidades asociadas. Es un acto paralelo.
Próximos hitos de septiembre
Debate general: continúa hasta el 26 de septiembre y retoma su última jornada el 28. La apertura institucional de la 81.ª sesión tuvo lugar el 8; el debate general comenzó el 22.
Climate Week NYC: continúa hasta el 27 de septiembre, con actividades de gobiernos, empresas y sociedad civil. Sus compromisos no son decisiones de la Asamblea General.
La calle: elecciones, antisemitismo y oposición a Netanyahu
Celebrada el 22: se han reportado más de 50 manifestantes venezolanos ante la ONU, reclamando elecciones y protestando por la presencia de Rodríguez. La crónica no identifica una organización convocante ni documenta incidentes o respuesta policial específica.
Convocadas, aún no realizadas al corte: hoy, 17:00/23:00, UJA-Federation, JCRC-NY, ADL, AJC y otras entidades llaman a concentrarse contra el antisemitismo en Dag Hammarskjöld Plaza. Mañana, 11:00/17:00, UnXeptable convoca contra Netanyahu en Union Square; a las 12:00/18:00, T’ruah, J Street y otras organizaciones judías protestarán en Dag Hammarskjöld por las acciones del Gobierno israelí en Gaza y Cisjordania. Son demandas diferentes, no una sola movilización. Mamdani ha dicho que no participará y reconoce el derecho a manifestarse.
Lectura MISS POLÍTICA
La división de esta jornada no cabe en izquierda contra derecha. Es una disputa sobre a quién protege la soberanía y quién puede exigir cuentas. Lula la utiliza para negociar autonomía industrial; Trump, para reservar capacidad de intervención; Macron y Guterres, para defender límites comunes. Burnham incorpora cohesión social a la seguridad; Kast y Fujimori ponen el orden en el centro de la legitimidad gubernamental.
Para España, el margen está en coaliciones concretas: regulación tecnológica, financiación y protección civil. Para América Latina, la elección no debería reducirse a alinearse o resistir: importa qué controles acompañan la cooperación y qué valor permanece en sus economías. Para el Sur Global, la pregunta sigue siendo si obtiene capacidad de decisión o únicamente reconocimiento retórico.
Pregunta de hoy: cuando un líder promete proteger la soberanía, ¿qué límites está dispuesto a aceptar sobre su propio poder para que esa protección también alcance a los demás?



