Catar no era el problema, era Occidente mostrando sus divisiones
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
El deporte serio no tiene nada que ver con el juego limpio. Está ligado al odio, los celos, la jactancia, el incumplimiento de todas las reglas y el placer sádico de presenciar la violencia. En otras palabras, es la guerra menos los disparos.
— George Orwell, The Sporting Spirit (1945).
Hace cuatro años, durante el Mundial de Catar, una parte importante de Occidente decidió que el problema era Catar.
El problema era su cultura, sus leyes, su religión, su forma de entender el espacio público, la familia, el género, el poder y hasta la celebración. Durante semanas, Europa y Estados Unidos discutieron si un país como Catar tenía la legitimidad moral suficiente para organizar uno de los acontecimientos más importantes del mundo. Hubo denuncias necesarias sobre las condiciones de los trabajadores migrantes, los derechos de las mujeres, la población LGTBIQ+ y las libertades individuales. Cuestionamientos legítimos que no debían ser silenciados ni relativizados.
Pero junto a esas críticas también apareció esta imagen: la seguridad con la que Occidente volvió a presentarse como la región adulta, racional, civilizada y moralmente superior del planeta.
Como si el resto del mundo tuviera culturas y Occidente solamente valores. Como si los países no occidentales tuvieran contradicciones y Occidente únicamente errores aislados.
Durante ese momento la narrativa contra Catar y la FIFA fue si el racismo, la xenofobia, el clasismo, la violencia, el nacionalismo y la discriminación fueran problemas importados de sociedades menos desarrolladas y no heridas profundamente arraigadas en las democracias que durante décadas se han proclamado modelos universales.
Por eso, viendo este Mundial, he pensado mucho en Catar. Y he llegado a una conclusión que puede sonar provocadora, pero que cada día me parece más evidente: Catar nunca fue el único problema. Catar fue el lugar sobre el cual Occidente proyectó todo aquello que no quería mirar dentro de sí mismo.
Este Mundial, celebrado en territorio norteamericano, supuestamente más cercano a los ideales occidentales, no ha mostrado una comunidad internacional más tolerante, más cohesionada ni más humana. Ha mostrado, por el contrario, una sucesión de resentimientos nacionales, heridas históricas, prejuicios raciales y rivalidades regionales que permanecían cuidadosamente maquillados por el lenguaje diplomático, los tratados comerciales y las campañas institucionales sobre la diversidad.
Ayer vimos un clásico europeo entre España y Francia. España ganó y avanzó a la final, pero alrededor del partido no solo se habló de tácticas, goles o jugadores. La conversación estuvo atravesada por una polémica sobre quién puede ser considerado verdaderamente francés, después de que el expresidente español Mariano Rajoy cuestionara la “francesidad” de una selección compuesta en buena medida por jugadores negros y de ascendencia africana o caribeña. El Gobierno español terminó disculpándose y autoridades francesas calificaron sus comentarios de racistas y xenófobos. Pero no solo fue Rajoy, creadores de contenido viralizaron imágenes con la misma intención de mostrar que al ser jugadores negros no eran franceses sino africanos y desmeritando el futbol francés, como se supone que debería ser reconocido.
No estábamos hablando, entonces, únicamente de fútbol.
Estábamos hablando de ciudadanía, de raza, de migración, de colonialismo. De quién tiene permiso para representar a una nación y de quién sigue siendo considerado un invitado, incluso después de haber nacido allí, haberse educado allí, pagar impuestos allí, hablar la lengua y llevar la camiseta.
Ese es uno de los grandes engaños del soft power europeo: hacernos creer que la estética de la diversidad equivale necesariamente a la aceptación de la diversidad.
Europa sabe construir imágenes extraordinarias de sí misma. Sabe fotografiar sus ciudades, exportar su moda, convertir su gastronomía en patrimonio, sus instituciones en modelos y sus valores en una narrativa deseable. Sabe vendernos la idea de un continente sofisticado, abierto, multicultural y racional. Y en muchos sentidos lo es. Pero basta con que un equipo pierda, que una frontera reciba demasiadas personas o que una crisis económica amenace el bienestar para que reaparezca la pregunta que nunca terminó de resolverse: ¿quiénes son realmente europeos?
Los jugadores negros son franceses cuando ganan, pero vuelven a ser africanos cuando fallan. Aunque, para los no franceses, ocurre lo contrario: esos jugadores son africanos cuando ganan, porque es el insulto más patético y cliché al que recurren pero también al más potente y trágico de la historia.
Los hijos de migrantes son celebrados como prueba de integración cuando levantan una copa, pero tratados como extranjeros cuando reclaman igualdad.
La diversidad es hermosa para las fotografías institucionales. Mucho más incómoda cuando exige poder, representación y pertenencia real.
Hoy, además, Argentina e Inglaterra vuelven a encontrarse en un Mundial por primera vez en más de veinte años. Lionel Scaloni ha intentado reducir la tensión diciendo que es “solo un partido de fútbol”. Y comprendo lo que intenta hacer. Es probablemente lo más responsable que puede decir un entrenador antes de una semifinal cargada de historia… pero también es una verdad incompleta.
Porque Argentina contra Inglaterra nunca es solamente un partido.
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