La mediocridad no suele presentarse como desastre. Suele llegar bien vestida, a tiempo y sin faltas de ortografía.
Es el discurso que menciona «los desafíos del futuro», promete «poner a las personas en el centro» y termina con una llamada a «trabajar juntos». No contiene ningún error grave. Tampoco contiene una idea. Podría pronunciarlo un alcalde, una ministra, un director ejecutivo o el portavoz de una institución que ha olvidado por qué existe.
Nadie se indigna al escucharlo. Y ese es precisamente el problema: que nadie lo recuerda.
En política tendemos a pensar que lo contrario de la excelencia es el fracaso. No siempre. Con frecuencia, lo contrario de la excelencia es lo intercambiable: aquello que funciona lo suficiente para ser aprobado, pero no lo suficiente para modificar una conversación, orientar una decisión o dejar una huella.
La política contemporánea produce enormes cantidades de material correcto y muy pocas piezas necesarias. Más discursos, más documentos, más comparecencias, más publicaciones. Sin embargo, producir más no equivale a pensar mejor. La abundancia puede ocultar una escasez radical de criterio.
Theodore Sturgeon lo comprendió mucho antes de que existieran las redes sociales.
El 90% no es una condena.
En los años cincuenta, la ciencia ficción era tratada a menudo como un género menor. Sus críticos señalaban sus peores libros y los utilizaban como prueba de que todo el campo era mediocre. Sturgeon, escritor y crítico del género, respondió con una observación que acabaría siendo conocida como la ley —o, más exactamente, la revelación— de Sturgeon: el 90% de todo es de baja calidad.
No estaba afirmando que la ciencia ficción fuese excepcionalmente mala. Estaba diciendo algo más incómodo: cualquier disciplina produce una gran cantidad de trabajo olvidable. La literatura, el periodismo, la academia, los negocios y la política también. Lo importante es el porcentaje que consigue escapar de esa inercia. La formulación apareció impresa como “Sturgeon’s Revelation” en Venture Science Fiction en 1958.
La idea suele interpretarse como una invitación al cinismo: casi todo es basura, así que nada merece demasiado esfuerzo.
Es exactamente al revés.
Si una gran parte de lo que se produce es previsible, superficial o repetido, entonces la excelencia no necesita competir contra todo. Necesita separarse de la masa indiferenciada.
El 90% crea ruido. El 10% crea referencia.
El 90% reacciona a la conversación. El 10% cambia sus términos.
El 90% busca aprobación inmediata. El 10% construye autoridad a largo plazo.
La pregunta, por tanto, no es si existe la mediocridad. La pregunta es por qué resulta tan fácil adaptarse a ella.
La mediocridad política es un sistema de incentivos
Un líder mediocre no es necesariamente una persona sin talento. A veces es alguien que ha aprendido demasiado bien las reglas del entorno.
Ha comprendido que la velocidad recibe más reconocimiento que la profundidad; que una frase genérica genera menos resistencia que una posición definida; que presentar diez iniciativas parece más ambicioso que ejecutar dos; que repetir el lenguaje de todos reduce el riesgo de ser atacado por algo propio.
La mediocridad tiene ventajas operativas. Es rápida, barata y difícil de impugnar. No exige elegir porque intenta incluirlo todo. No asume costes porque evita establecer prioridades. No incomoda porque habla en un idioma diseñado para no dejar a nadie fuera y, por eso mismo, tampoco consigue convocar a nadie de verdad.
La excelencia funciona de otra manera: Selecciona. Jerarquiza. Renuncia. Dice: esto importa más que aquello. Y toda jerarquía revela un criterio; todo criterio expone a quien lo sostiene.
Por eso destacar no es un problema de talento. Es más bien un problema de valentía política.

