¿Cómo podemos proteger la vida si no podemos garantizar la de quienes ya están aquí?
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Cada vez que escucho a un político decir que está defendiendo el derecho a la vida, me hago la misma pregunta: ¿de qué vida está hablando?
No es una pregunta retórica. Tampoco pretende resolver, en unas cuantas líneas, uno de los debates morales, jurídicos y políticos más complejos de nuestro tiempo. Es una pregunta sobre el orden de nuestras prioridades. Sobre aquello que la política decide proteger, sobre las vidas que convierte en símbolo y sobre las que deja fuera de cuadro cuando ya no le resultan útiles para sostener un discurso político.
En Chile, un grupo de parlamentarios presentó el proyecto conocido como Escucha tu corazón, una iniciativa que busca modificar el Código Sanitario. Antes de practicar una interrupción del embarazo dentro de las tres causales permitidas —riesgo para la vida de la mujer, inviabilidad fetal y violación—, el médico tendría que informar sobre la actividad cardíaca embrionaria o fetal y ofrecer a la mujer la posibilidad de escucharla. El texto afirma que ella puede rechazar el ofrecimiento, pero añade que, si lo hace, el profesional deberá negarse a realizar el procedimiento.
Es decir: puede decidir no escuchar, pero esa decisión tiene como consecuencia perder el acceso a un procedimiento que la ley ya reconoce.
Eso no es libertad. Es coerción emocional presentada como consentimiento informado.
Por eso me encanta tanto hablar de narrativas. Porque justo ahí, es donde la gente olvida que las palabras importan y es cuando todo cobra sentido. Un texto que no necesita usar la palabra “obligación” para limitar un derecho y recortar la libertad de una persona.
El proyecto se encuentra todavía en su primer trámite constitucional. No es una ley vigente. Pero precisamente por eso debemos observarlo con atención: los proyectos políticos no solo importan cuando consiguen convertirse en leyes. Los proyectos políticos, de hecho, importan todavía más, porque revelan cómo determinados sectores comprenden el poder, el cuerpo y la autonomía y lo quieren convertir en realidad.
El lenguaje nunca es inocente. “Escucha tu corazón” parece una invitación sensible, casi íntima. Suena hasta lindo. Sin embargo, no se le está pidiendo a la mujer que escuche su propio corazón. Se le está indicando qué debe escuchar, qué debe sentir después de escucharlo y, de alguna manera, cuál debería ser la única decisión moralmente aceptable. Porque se asume que si escucha el latido fetal, automaticamente la mujer se sentirá madre y su instinto materno será quién tome la decisión por ella.
¿Lo ves? la política también gobierna administrando emociones. Y en este caso, administra la culpa.
Lo paradójico es que esta defensa absoluta de la vida aparece dentro de sistemas políticos que no han conseguido garantizar siquiera una existencia digna para muchas de las personas que ya están aquí. Ningún Estado puede prometer que nadie morirá, sufrirá violencia o atravesará una tragedia. La vida humana es vulnerable por definición. Pero un Estado sí puede —y debe— crear las condiciones materiales para que vivir no sea una carrera permanente contra el abandono.
Y, aun así, seguimos habitando sociedades incapaces de asegurar que una niña no será violada, que una mujer no será asesinada por su pareja, que una madre, sobre todo si es madre soltera, podrá alimentar a sus hijos o que una familia tendrá acceso a vivienda, educación y salud.
No podemos garantizar que una mujer no será abusada. Tampoco que recibirá atención psicológica después de una agresión, que su denuncia será tomada en serio, que encontrará justicia o que no será obligada a convivir durante años con las consecuencias de lo que otro hizo sobre su cuerpo.
Pero algunos políticos sí parecen convencidos de que pueden garantizar la vida obligándola a escuchar un sonido.
La contradicción, al menos para mí, es difícil de ignorar.
Porque defender la vida no es impedir una muerte biológica. También debería implicar que nos preguntemos cómo vivirá ese ser después de nacer. Quién lo cuidará. En qué condiciones crecerá. Qué oportunidades tendrá. Qué ocurrirá si nace en un hogar atravesado por la precariedad, la violencia o el abandono.
La vida no termina en el parto. Sin embargo, buena parte del discurso provida sí parece terminar allí.
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