Tenga paciencia con todo lo que permanece sin resolver en su corazón e intente amar las preguntas mismas.
Rainer Maria Rilke.
Cartas a un joven poeta, carta del 16 de julio de 1903.
Hay un momento, antes de empezar a leer, en el que ya estamos negociando con el texto. ¿Cuánto dura? ¿Dónde está la conclusión? ¿Podría alguien resumírmelo? Queremos entender un conflicto que atraviesa generaciones en tres minutos. Resolver una inquietud existencial en un carrusel de Instagram. Y, si la respuesta aparece en la segunda diapositiva, mejor. Tenemos preguntas enormes y les concedemos un espacio cada vez más pequeño.
En MISS POLÍTICA hablamos mucho de hacer mejores preguntas y cultivar criterio propio. Pero hoy quisiera detenerme en lo que esas palabras nos piden. Porque resulta difícil construir una mirada propia cuando apenas permanecemos junto a una idea el tiempo suficiente para que nos interpele.
¿Estamos perdiendo la capacidad de pensar? Me preocupa que esa pregunta termine convirtiéndose en otra acusación contra nosotros mismos. Quizá convenga preguntarnos primero qué condiciones estamos creando para poder hacerlo, cuánto silencio cabe en nuestros días y cuánta energía queda después de cumplir con todo.
Pienso en quien llega a casa después de trabajar, cuidar, desplazarse y hacer cuentas. Pedirle que termine la jornada leyendo un ensayo difícil puede sonar a una exigencia más. El cansancio también entra en esta conversación. Hablar del tiempo para pensar exige hablar de cómo se reparte el tiempo para vivir.
En Cómo no hacer nada, Jenny Odell cuestiona la rentabilización de nuestra atención y la presión por convertir nuestro tiempo en rendimiento. Su propuesta permite mirar políticamente una experiencia cotidiana: la dificultad de disponer de nuestra propia atención. ¿Cuánto de lo que atendemos lo hemos elegido de verdad?
Aquí aparece una cuestión de poder. Quien consigue definir qué merece nuestra atención influye también en las preguntas que acabamos haciéndonos. Pero si toda conversación empieza por buscar un culpable inmediato, quizá nunca lleguemos a examinar las decisiones, los intereses y las instituciones que sostienen un problema.
Pensemos en la vivienda. Una imagen de un desahucio puede conmovernos y merece hacerlo, pero comprender exige continuar: ¿qué ha ocurrido antes?, ¿qué responsabilidades corresponden a cada administración?, ¿qué medidas podrían evitarlo?, ¿a quién beneficiarían y qué dificultades tendrían? La indignación puede abrir una conversación pero necesitamos permanecer en ella cuando desaparece la imagen que nos conmovió y es justo lo que no estamos haciendo.
Esa permanencia importa. Una ciudadanía que salta de una conmoción a otra puede quedarse sin tiempo para seguir una promesa, contrastar una explicación o exigir resultados. Me inquieta que terminemos participando intensamente en la discusión pública y, sin embargo, conozcamos cada vez menos los asuntos sobre los que discutimos.
También conviene desconfiar de quienes invocan la complejidad para aplazar cualquier responsabilidad. Pensar debe ayudarnos a decidir con mejores razones, incluso cuando la información es incompleta. Podemos reconocer una injusticia y exigir que se atienda mientras investigamos sus causas. La prudencia intelectual pierde sentido si acaba convirtiéndose en una excusa elegante para dejar las cosas como están y abandonar a quienes necesitan una respuesta.
Quienes divulgamos también tenemos una responsabilidad. Soy consciente que un carrusel puede acercar una idea, ordenar información y despertar una curiosidad que antes no existía. En esta comunidad utilizamos ese lenguaje. Precisamente por eso, debemos cuidar lo que prometemos, porque explicar con claridad supone reconocer qué cabe en ese formato y qué necesita desarrollo.
La brevedad tiene valor. Hay textos largos que repiten lugares comunes y frases capaces de acompañarnos durante años. El problema aparece cuando exigimos que cualquier asunto se adapte al tamaño de nuestra paciencia. Entonces dejamos fuera todo aquello que necesita antecedentes, contradicciones o una segunda lectura.
El criterio propio se construye haciendo ese trabajo: distinguir un hecho de una interpretación, preguntar de dónde sale una afirmación, reconocer lo que desconocemos y revisar una conclusión cuando aparecen razones suficientes. También implica saber a quién confiar una explicación y por qué. Nadie puede comprobar personalmente todo cuanto necesita saber.
La palabra «propio» puede confundirnos.
Pensamos con palabras, descubrimientos y experiencias que recibimos de otros. Nuestra responsabilidad reside en examinar esa herencia. Podemos compartir una opinión con muchas personas y haberla pensado seriamente; también podemos llevar la contraria a todo el mundo sin haber comprobado nada.
Por eso hay una pregunta que me parece especialmente honesta: ¿qué tendría que descubrir para cambiar de opinión? Si ninguna respuesta es posible, conviene revisar qué estamos protegiendo. Tal vez una pertenencia, una imagen de nosotros mismos o el alivio de sentir que ya hemos entendido.

