MISS POLÍTICA

MISS POLÍTICA

Cornell y la cultura de la violación: el prestigio no nos pone a salvo.

Una reflexión sobre las universidades de élite, las lealtades masculinas y lo que seguimos confundiendo con educación.

Avatar de MISS POLÍTICA
MISS POLÍTICA
sep 30, 2026
∙ De pago

Al igual que el racismo, la misoginia nunca puede ser combatida adecuadamente solo por sus víctimas.

Rebecca Solnit, en Los hombres me explican cosas.

Me he quedado pensando en una palabra que acompaña la noticia de Cornell: élite. Como si ese detalle volviera más incomprensible una denuncia de violencia sexual. Como si hubiéramos depositado en determinadas universidades, apellidos y expedientes académicos una confianza moral que nunca debieron recibir automáticamente.

¿Qué imaginamos que garantiza una buena educación universitaria? ¿Saber desenvolverse en el mundo también significa saber respetar a quienes lo habitan?

Una exalumna de Cornell ha presentado una demanda civil en la que acusa a siete miembros de la fraternidad Chi Phi de haberla drogado y agredido sexualmente en octubre de 2024. El documento, presentado en septiembre de 2026, describe mensajes en un grupo de Snapchat que habrían alentado a otros integrantes a participar. Conviene mantener esa precisión: hablamos de alegaciones cuya responsabilidad individual debe esclarecerse judicialmente.

El 28 de septiembre, la Fiscalía anunció la reapertura de la investigación. Cornell afirma que su procedimiento interno incluyó expulsiones y suspensiones. Esas actuaciones deben examinarse con rigor, igual que la denuncia. Acompañar a quien denuncia y exigir una investigación seria son obligaciones compatibles.

Pero hay una pregunta que este caso pone delante de nosotros: ¿por qué todavía nos cuesta tanto imaginar la violencia dentro de los espacios que admiramos?

La idea del agresor como alguien reconocible, situado fuera de nuestro entorno, ofrece una seguridad profundamente engañosa. Nos permite pensar que bastaría con elegir bien la universidad, el barrio, los amigos. Que la cultura, los viajes o una conversación inteligente funcionarían como certificados de respeto. Y entonces aparece una denuncia en un lugar prestigioso y descubrimos cuánto habíamos confundido posición social con calidad humana.

Por eso entiendo la frase «la violación no es una cuestión de clase, sino de género». Señala que ningún nivel de ingresos vacuna contra la violencia machista. Pero, como socióloga, introduciría un matiz: la clase también importa. Importa para pagar asistencia jurídica, acceder a acompañamiento, abandonar un entorno o sostener una denuncia. Importa, asimismo, cuando los contactos y la reputación permiten ejercer presión.

El género y la clase se cruzan. Podemos reconocer una estructura de dominación masculina sin borrar las desigualdades entre las mujeres que la enfrentan. También podemos reconocer que los hombres sufren violencia sexual sin diluir la pregunta por las formas de poder que convierten a las mujeres en cuerpos disponibles. La precisión amplía nuestra capacidad de comprender.

Quizá nos falta revisar qué entendemos por educación. Una persona puede aprender a competir, argumentar, liderar y acumular credenciales mientras conserva una idea profundamente jerárquica de las relaciones. Puede desenvolverse con brillantez en una entrevista y considerar negociable el límite de otra persona. El rendimiento académico acredita determinadas capacidades. El respeto necesita aprendizaje, práctica y consecuencias cuando se vulnera.

Aquí resulta imprescindible hablar de cultura de la violación: el conjunto de creencias y prácticas que normalizan, minimizan o justifican la violencia sexual. ONU Mujeres vincula ese entorno con las desigualdades de género y las actitudes sobre la sexualidad. El concepto nos obliga a observar lo que rodea a una agresión y puede facilitar su tolerancia.

Pensemos en la conversación que pregunta primero cuánto bebió ella. En la preocupación por el futuro del acusado mientras la trayectoria de quien denuncia queda fuera del relato. En la insistencia entendida como seducción. En la amistad utilizada para exigir silencio. Cada una de esas respuestas enseña algo: a quién protegemos, qué sufrimiento consideramos aceptable y quién debe cargar con las consecuencias.

Las denuncias de agresiones grupales añaden una dimensión especialmente dolorosa: la posibilidad de que la presencia de otros refuerce la violencia. Hay algo difícil de procesar en esa idea, porque tendemos a imaginar que más personas alrededor significan más oportunidades de recibir ayuda. Necesitamos preguntarnos qué ocurre cuando la pertenencia al grupo pesa más que la integridad de alguien.

Rita Segato ha explicado cómo la violencia sexual puede funcionar como una demostración de poder ante otros hombres. Su análisis permite pensar en la aprobación entre pares, en la necesidad de acreditar dominio y en las lealtades que se construyen alrededor de esa exhibición. Es una herramienta para interrogar esas dinámicas, no una explicación automática de cada caso.

Desde esa perspectiva, un chat merece atención por las relaciones que sostiene. ¿Qué se celebra allí? ¿Qué se puede decir sin que nadie lo cuestione? ¿Quién teme quedar fuera si interviene? La responsabilidad debe distinguir entre agredir, alentar, encubrir y conocer una situación. Comprender esas diferencias permite exigir respuestas concretas a cada conducta.

Me interesa especialmente qué hacen los hombres con estas preguntas cuando sus amigos están delante.

Continúa leyendo con una prueba gratuita de 7 días

Suscríbete a MISS POLÍTICA para seguir leyendo este post y obtener 7 días de acceso gratis al archivo completo de posts.

¿Ya eres suscriptor de pago? Iniciar sesión
© 2026 MISS POLÍTICA · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crear un substackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura