Cuando el poder usa la herida como escudo.
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Hay polémicas que nacen en un lugar mucho más viejo, más profundo y más incómodo: la herida social.
Traigo esta reflexión a colación por lo ocurrido entre Kylian Mbappé y la senadora paraguaya Celeste Amarilla después del partido entre Francia y Paraguay en el Mundial. Una historia que, en un primer vistazo, podría parecer una disputa más entre fútbol, orgullo nacional y redes sociales; pero que, si la miramos con un poco más de honestidad, nos obliga a hablar de racismo, violencia, poder, representación pública, género y de esa costumbre peligrosísima de algunas personas con poder: herir primero y victimizarse después.
La senadora paraguaya hizo comentarios racistas contra Mbappé después de la derrota de Paraguay ante Francia. No voy a reproducir aquí toda la violencia de sus palabras porque no toda palabra merece una segunda vida en nuestra boca, pero sí es importante decirlo con claridad: sus declaraciones no fueron una crítica deportiva, no fueron una opinión fuerte, no fueron una reacción emocional comprensible ante la derrota de su selección. Fueron racistas. Atacaron el origen, la apariencia, la educación, la identidad y la humanidad de un hombre negro que, además, es francés, es hijo de migrantes, es capitán de su selección y es símbolo de muchas cosas que incomodan a quienes todavía creen que la nación, la elegancia, el talento o la ciudadanía tienen un color específico.
Mbappé respondió con dureza. La llamó “despreciable” e “indigna de su cargo”. Y también dijo algo que me parece central: que ella no representaba a Paraguay, un país cuyos jugadores habían sudado pasión y honor durante la competición. Y aquí hay algo importante: Mbappé no insultó a un país entero. No atacó al pueblo paraguayo ni redujo a Paraguay a las palabras de una senadora. De hecho, hizo lo contrario: separó a la nación de una figura pública que, desde su cargo, decidió proyectar una violencia que no pertenece a todo un país, sino a ella y a la responsabilidad individual de sus palabras.
Eso también es política.
Porque la política está en quién puede hablar sin consecuencias, quién tiene que responder con delicadeza incluso cuando lo han deshumanizado, quién puede humillar desde un cargo público y luego presentarse como víctima cuando recibe una respuesta contundente. La política está en esa arquitectura invisible donde a algunos se les exige templanza mientras otros se permiten crueldad.
Y quizás por eso este caso me incomoda tanto.
No solo por el racismo, que ya sería suficiente. Me incomoda por la segunda parte: la forma en la que la senadora, después de haber dicho lo que dijo, afirmó que las declaraciones de Mbappé hacia ella constituían violencia de género y que podía demandarlo. Amarilla le exigió una disculpa a Mbappé, lo acusó de violencia basada en género por sus comentarios y amenazó con acciones legales si no se retractaba.
Y aquí hay que ser muy cuidadosos, pero también muy claros: la violencia de género existe. La violencia política contra las mujeres existe. La misoginia existe y los ataques contra mujeres en espacios públicos existen. Las mujeres que opinan, gobiernan, lideran, denuncian o incomodan suelen recibir una violencia específica, sexualizada, disciplinaria, brutal. Esto es real, lo sabemos, lo hemos visto y muchas lo hemos vivido de cerca o de lejos.
Pero precisamente porque existe, no puede usarse como comodín político para evitar responder por un acto racista. Precisamente porque la violencia de género es una herida real, no puede convertirse en un instrumento de politiquería.
Precisamente porque muchas mujeres son silenciadas con violencia, no podemos permitir que una mujer con poder use esa categoría para blindarse de la crítica después de haber deshumanizado a otra persona.
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