MISS POLÍTICA

MISS POLÍTICA

El día que me enamoré de la idea de ser secretaria general de la ONU.

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

Avatar de MISS POLÍTICA
MISS POLÍTICA
sep 09, 2026
∙ De pago

La paz debe hacerse real y tangible en la vida cotidiana de cada persona que la necesita.

Kofi Annan

La primera vez que vi una embajada se me abrió una ventana en la cabeza. Detrás de aquel edificio imaginé conversaciones en otros idiomas, ciudades que no conocía y personas que viajaban para hacer del mundo un lugar más habitable. Pensaba que los embajadores cambiaban el mundo. Una parte de mí todavía cree que pueden hacerlo.

Yo leía desde niña y me atraía la posibilidad de hacer algo fuera de mi país, pero hubo un discurso que le puso nombre a aquella intuición.

No recuerdo cuándo apareció ese video ni qué estaba buscando. Seguramente algo sobre política internacional. Recuerdo a un hombre de traje, con una mirada que me parecía bondadosa, hablando con calma y determinación mientras cientos de personas lo escuchaban.

Era Kofi Annan recibiendo el Premio Nobel de la Paz, en 2001, un reconocimiento que compartió con las Naciones Unidas. Nobel de la Paz. Me parecía hermoso que existiera un premio con ese nombre.

Pensé: esto es lo que quiero ser cuando sea grande.

Quería trabajar en la ONU. Quería hacer lo que hacía aquel hombre. Todavía no me preguntaba por la escasez de mujeres en esos espacios; me imaginaba allí con la naturalidad de quien aún no ha aprendido a descartarse. También me emocionaba representar a Venezuela ante el mundo. En mi cabeza, todo formaba parte del mismo futuro.

Siempre he visto la política con un halo de grandeza. Me atraía la posibilidad de contribuir, pero también el reconocimiento, la influencia, pertenecer a esa élite. Sería deshonesto contar esta historia borrando mi ambición. Yo quería estar donde se tomaban las decisiones.

Me gustaba pensar que una venezolana podía tener algo que decir en una conversación mundial. Que mi lugar de nacimiento podía acompañarme sin convertirse en el límite de lo que me atrevía a intentar. Dar un discurso en el podio más importante del mundo, ¿por qué no?

Con los años, aquel deseo empezó a parecerme una carrera que podía planificar. Difícil, larguísima, pero alcanzable.

Hasta que dejó de parecerlo.

La universidad debería ayudarte a ampliar lo que consideras posible. En un país políticamente inestable también puede enseñarte cuánto dependen tus oportunidades de las lealtades que estés dispuesta a ofrecer. Mientras yo estudiaba para acercarme a una vida, empezaba a preguntarme qué tendría que aceptar para conseguirla.

Llegué a sentir que la única vía a mi alcance pasaba por trabajar con el chavismo. Hoy distingo aquella percepción de las reglas de la ONU: trabajar allí no exige servir al gobierno de tu país, y su Secretaría General tiene una responsabilidad internacional. Pero entonces, desde mi posición en Venezuela, el camino político que yo veía tenía ese peaje.

Y vacilé.

Me cuesta menos admitir que tuve un sueño enorme que reconocer cuánto llegué a discutir conmigo misma para justificar su precio. Pensaba que quizá podría entrar, avanzar y hacer algo valioso después.

«El fin justifica los medios, Maira», me decía. Me preguntaba qué haría Maquiavelo. Cómo iba a ser una Dama de Hierro si no soportaba tomar decisiones difíciles.

Había algo conveniente en esas preguntas: todas estaban formuladas para darme permiso.

Hasta que empezó a pesarme otra. ¿Qué quedaría de lo que yo quería aportar si, para llegar, tenía que poner mi palabra al servicio de aquello que criticaba?

Mi palabra y mis principios eran casi todo lo que tenía- También eran una responsabilidad cuando nadie estaba mirando. De hecho, creo que es de las cosas que más intento cuidar también hoy. Ese sueño se fue deshaciendo por muchas razones, pero esa contradicción sigue siendo la principal cuando intento explicármelo.

No recuerdo aquella renuncia como una victoria. Me dolió. Hay decisiones con las que puedes vivir y que, aun así, te obligan a despedirte de alguien que querías llegar a ser.

Eso también hace la política de un país: entra en los planes más íntimos de sus ciudadanos. Decide qué talentos encuentran espacio y cuáles aprenden a imaginarse lejos. Cuando hablamos de migración, hay futuros que se pierden antes de hacer una maleta.

Cada septiembre vuelvo a pensar en aquel sueño.

Continúa leyendo con una prueba gratuita de 7 días

Suscríbete a MISS POLÍTICA para seguir leyendo este post y obtener 7 días de acceso gratis al archivo completo de posts.

¿Ya eres suscriptor de pago? Iniciar sesión
© 2026 MISS POLÍTICA · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crea tu SubstackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura