MISS POLÍTICA

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El dilema de elegir siempre entre extremos.

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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jun 10, 2026
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Hay una pregunta que me ha estado acompañando estos días, casi como esas preguntas incómodas que no se resuelven en una conversación, sino que se quedan caminando con una durante horas: ¿Qué queda de un país cuando solo puede elegir entre dos opciones y ambas parecen dividirlo un poco más?

Lo pienso viendo a Colombia, que vuelve a enfrentarse a una campaña marcada por visiones opuestas y por una segunda vuelta que muchos ya describen como polarizante, entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda. Lo pienso viendo a Perú, donde la segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez ha dejado a un país partido casi por la mitad, con un conteo tan estrecho que la diferencia provisional es de menos de 20.000 votos sobre más de 17 millones contabilizados; y donde, además, el próximo presidente será el noveno en una década. Lo pienso también en Argentina, cuando Javier Milei llegó al poder después de una segunda vuelta contra Sergio Massa, ganando con aproximadamente el 56% de los votos en medio de una sociedad cansada y profundamente harta de lo conocido. Y lo pienso en Europa, donde la política también se ha convertido en un terreno cada vez más identitario, más reactivo: basta recordar que, tras la victoria del Reagrupamiento Nacional en las elecciones europeas de 2024, Emmanuel Macron disolvió la Asamblea Nacional y convocó elecciones legislativas anticipadas en Francia.

Pero esta carta no nace de la necesidad de analizar una elección en particular. Nace de algo más humano.

Nace de la sensación de que muchas sociedades ya no están votando por proyectos, sino por cansancio. No están eligiendo futuros; están castigando pasados. No están imaginando países; están reaccionando contra enemigos. Y cuando la política deja de ser una conversación sobre cómo queremos vivir juntos para convertirse únicamente en una batalla entre dos miedos, lo que está en juego ya no es solo quién gana una elección. Lo que está en juego es la capacidad de una sociedad de seguir reconociéndose a sí misma después de votar.

Porque el problema de los extremos no es solo que existan. Los extremos siempre han existido.

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