Nunca tuvimos tanto conocimiento al alcance de la mano. La pregunta es por qué eso no parece estar produciendo mejores ideas.
Hace unos días salí de una reunión de seis horas con una pregunta incómoda. No era si habíamos perdido demasiado tiempo —aunque seis horas siempre obliga a considerarlo—, sino algo bastante más serio:
¿Nos estamos volviendo menos inteligentes o simplemente estamos dejando de pensar?
La diferencia importa.
Vivimos rodeados de información, formaciones, podcasts, informes, expertos y herramientas capaces de respondernos casi cualquier cosa en segundos. Nunca fue tan fácil saber. Sin embargo, en política, empresas y cultura tenemos la extraña sensación de escuchar la misma idea con veinte tipografías distintas.
Cambian los formatos. Cambian las plataformas. Cambia el vocabulario. Pero el pensamiento se parece demasiado.
Para quienes trabajamos en el negocio de las ideas, esto no es una observación menor.
Lo que Flynn descubrió —y lo que no
En 1984, el filósofo y científico político James R. Flynn documentó que las puntuaciones obtenidas por distintas generaciones en pruebas de inteligencia habían aumentado de manera sostenida. Al ampliar el análisis a catorce países, encontró incrementos demasiado grandes y rápidos como para explicarlos únicamente por cambios genéticos.
El fenómeno acabaría llamándose efecto Flynn.
Durante buena parte del siglo XX, las generaciones más jóvenes resolvían mejor que las anteriores ciertas tareas de razonamiento abstracto, identificación de patrones y clasificación. Una gran revisión publicada en 2015, con casi cuatro millones de participantes de 31 países, confirmó aumentos globales durante más de un siglo, aunque con diferencias importantes entre países, épocas y capacidades cognitivas.
Ahora bien: el efecto Flynn no demostró que cada nueva generación fuera, en todos los sentidos, “más inteligente”. Demostró algo quizás más interesante: las habilidades que miden las pruebas cambian cuando cambia el mundo en el que una mente se forma.
Una sociedad más escolarizada, urbanizada, tecnificada y acostumbrada a manejar símbolos, categorías e hipótesis entrenó a sus habitantes para pensar de una manera particular. La modernidad no solo nos dio más información, sino que nos enseñó a abstraer.
La cultura estaba educando la inteligencia.
La curva dejó de subir
En las últimas décadas, la tendencia se ha frenado o revertido en Estados Unidos y varios países europeos. Pero tampoco aquí conviene caer en el titular fácil de “la humanidad se está volviendo más tonta”. Los resultados no son universales, las capacidades no evolucionan todas igual y las causas continúan en discusión.
Un estudio publicado en 2026 aporta una precisión fascinante. Al analizar los resultados de casi 580.000 hombres noruegos, sus autores encontraron que el cambio no ocurrió al mismo tiempo en todos los estratos sociales. Los grupos de mayores ingresos comenzaron a descender antes; los de menores ingresos siguieron mejorando durante algunos años, impulsados en parte por la expansión educativa. Al promediarlo todo, una tendencia compensaba la otra y el deterioro quedaba oculto.
La lección es profundamente política: no existe una única curva del progreso intelectual. Las oportunidades cognitivas también se distribuyen. Una sociedad puede producir avances para unos, estancamiento para otros y, aun así, esconder ambas cosas detrás de un promedio tranquilizador.
Además, investigaciones que comparan hermanos dentro de las mismas familias sugieren que tanto el ascenso como el retroceso responden en buena medida a factores ambientales. No poseemos una explicación definitiva. Sí una certeza suficiente: el entorno importa.
Y si el entorno importa, entonces debemos preguntarnos qué clase de mente está entrenando el nuestro.
Una época capaz de responderlo todo, excepto qué merece ser preguntado
Nuestro ecosistema actual premia habilidades muy concretas: localizar rápido, resumir rápido, reaccionar rápido, producir rápido. Sabemos movernos entre pestañas, interpretar códigos visuales, detectar tendencias y aprender interfaces casi sin instrucciones.
No necesariamente pensamos menos. Pensamos de la manera que el sistema recompensa.
El problema aparece cuando confundimos velocidad con inteligencia, acceso con conocimiento y producción con ideas.
Una idea exige algo que nuestra cultura considera cada vez menos eficiente: permanecer durante suficiente tiempo frente a una pregunta sin correr a cerrarla. Exige leer aquello que no confirma nuestra posición, conectar disciplinas que el algoritmo nunca colocaría juntas y soportar el periodo poco glamuroso en el que todavía no sabemos qué pensamos.
La inteligencia artificial vuelve esta tensión todavía más urgente. Puede ampliar nuestras capacidades, acelerar búsquedas, ordenar información y ayudarnos a ensayar posibilidades. Pero también puede convertirnos en consumidores de respuestas plausibles si la utilizamos antes de haber formulado una mirada propia.
La IA puede producir una primera versión, pero no puede decidir por nosotros qué vale la pena decir.
Ese será uno de los grandes divisores de esta década: no entre quienes usan o no usan tecnología, sino entre quienes la emplean para expandir su criterio y quienes la utilizan para evitar construirlo.
Por qué todas las estrategias empiezan a parecerse
En empresas y proyectos políticos, la escasez de ideas rara vez se debe a la falta de talento, se debe a la arquitectura del trabajo.
Pedimos innovación a equipos sin tiempo para leer. Originalidad a personas que serán castigadas si se equivocan. Pensamiento estratégico a profesionales atrapados en una sucesión de urgencias. Convocamos reuniones para crear, pero llenamos la agenda de asuntos operativos. Contratamos miradas distintas y luego las educamos para que no incomoden.
Después nos sorprende que todos los discursos suenen igual.
Los lugares que dicen querer ideas suelen recompensar, en realidad, la previsibilidad. Y una idea verdaderamente nueva tiene un defecto inicial: todavía no se parece a algo que ya haya funcionado.
Por eso tener títulos no garantiza tener ideas. Tampoco ocupar un cargo creativo, estratégico o político. El pensamiento no es una credencial que se obtiene una vez; es una capacidad que necesita fricción, amplitud y práctica.


