Hay una desigualdad que se vuelve especialmente visible cuando un país protesta: la libertad de estar enfadado sin que ese enfado ponga en duda tu pertenencia. A algunos ciudadanos se les pregunta qué necesitan. A otros, antes de escucharlos, se les exige explicar quiénes son. De hecho, hoy ya no se les exige explicar donde son, sino que automáticamente pasan a ser inmigrantes creyéndose locales.
Esa diferencia me parece decisiva para entender las movilizaciones educativas francesas. Una reclamación de profesores, recursos y condiciones dignas puede convertirse en una discusión sobre inmigración porque la disputa también afecta a quién tiene autoridad para reclamar en nombre del país. Estamos presenciando una lucha por el contenido de la palabra «nosotros»: quién puede pronunciarla, a quién incluye y qué obligaciones crea.
Pierre Bourdieu ayuda a comprenderlo. El poder simbólico interviene en las categorías con las que percibimos el mundo social. Aplicado a estas protestas, llamar a una multitud «estudiantes», «jóvenes de las periferias» o «inmigrantes» orienta nuestra interpretación antes de examinar sus demandas. Cada denominación propone una causa y prepara una respuesta: educación, seguridad, integración. En resumen, la lucha comienza en el sustantivo.
La escuela concentra esta tensión porque es una institución donde Francia enseña su propia legitimidad. Allí promete que la ciudadanía puede prevalecer sobre el nacimiento y el mérito sobre el privilegio, pero cuando las oportunidades dependen del entorno familiar, se deteriora también la credibilidad de esa promesa. Para que te hagas una idea de lo que digo, PISA 2022 encontró que el nivel socioeconómico se asociaba con el 21 % de la variación del rendimiento matemático en Francia, frente al 15 % de media de la OCDE.
Por eso una clase sin profesor puede adquirir un significado político que excede la pérdida de horas lectivas… comunica cuánto futuro considera una sociedad que merece invertir en determinados alumnos. La frustración crece en la distancia entre la igualdad aprendida y la desigualdad experimentada. Y haber interiorizado los valores republicanos puede volver esa distancia más intolerable.
El 8 de octubre, estudiantes cantaron La Marsellesa y agitaron banderas francesas en la Bastilla. La escena permite formular una hipótesis: parte de esa juventud está utilizando el lenguaje nacional para exigir coherencia a las instituciones que se lo enseñaron. Lo que, si pensamos bien, es hermoso, y al mismo tiempo complejo.
Por su parte, la tricolor tiene aquí una fuerza particular: su presencia puede disputar el monopolio de la representación nacional: quienes protestan pueden reivindicar una idea de Francia que el gobierno estaría incumpliendo. Amar un país y obedecer a sus autoridades son vínculos distintos y confundirlos permite presentar la crítica como una deslealtad.
Pero una bandera adquiere significado dentro de una relación.
Importan quien la sostiene, quien observa y el lugar donde aparece. Para unos, una tricolor en manos de jóvenes racializados puede expresar ciudadanía; para otros, resultar sospechosa. Entonces descubrimos que el desacuerdo alcanza a qué cuerpos consideramos capaces de representar espontáneamente a la nación.
Y aparece una trampa: si esos jóvenes no exhiben símbolos franceses, se cuestiona su integración; si los exhiben, puede cuestionarse su sinceridad. Pero aquí me prmito agregar mi opinión personal: cuando ninguna conducta permite superar el examen, debemos revisar la legitimidad del examinador. Basta con ver los comentarios en redes sociales. Para unos, la protesta es estudiantil, para otros, la protestas es de los musulmanes, para otros es de los africanos, y hay quienes dicen que es una protesta de inmigrantes en Paris, ¿te das cuenta de los simplismos y reduccionismos que esconde cada etiqueta?
La Marsellesa añade una dimensión corporal.


