MISS POLÍTICA

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¿En qué confiar cuando dejas de creer en la democracia?

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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jul 22, 2026
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Hoy me desperté con una pregunta que muchas veces es parte de la conversación en MP, lo leo en los mensajes que me envían, en comentarios o es el tema que me quita el sueño a las 2:00 am. Y hoy, mientras me disponía a prepararme el café de la mañana, pensé:

¿En qué confiar cuando dejas de creer en la democracia?

Cada vez hay más personas diciendo que la democracia está sobrevalorada, que no funciona, que ya no sirve… pero nadie se hace la pregunta del millón de euros: ¿qué ponemos en lugar de la democracia?

Escucho a personas decir que necesitamos líderes más fuertes, personas que pongan mano dura o que pongan orden al caos de la sociedad… Y, aunque me preocupa profundamente esa conclusión, quiero decir algo que quizá resulte incómodo e incluso impopular: entiendo el cansancio que la produce.

La gente está cansada de votar por alguien que eventualmente los va a decepcionar. Entiendo a quien trabaja, paga impuestos, cumple las reglas y siente que el sistema no le devuelve seguridad, estabilidad ni futuro.

También entiendo a quien ve guerras transmitidas en directo como si se tratara de otro espectáculo más, gobiernos que ignoran por completo el derecho internacional o dirigentes diciendo a vox populi que no habrá más elecciones en su país.

Resulta difícil defender la democracia cuando muchas de las democracias existentes parecen haber olvidado los principios que dicen representar. Y sin duda, es difícil pedirle a la gente que confíe, cuando las instituciones piden (más) paciencia a quienes llevan décadas esperando… esperando en el milagro de la política.

Pero comprender el desencanto no significa aceptar sin más la alternativa, porque cuando decimos que la democracia ya no sirve, la pregunta que aún no queremos hacernos en voz alta es qué estamos dispuestos a poner en su lugar. Y es ahí donde el debate suele volverse peligrosamente superficial.

Tengo la sensación de que estamos volviendo a una lógica que creíamos haber superado: la del ojo por ojo.

Una política construida sobre la idea de que todo daño merece otro daño equivalente. Que toda humillación debe ser respondida con una humillación mayor. Que toda amenaza justifica una violencia preventiva. Que si el otro bando rompió las reglas, nosotros también estamos autorizados a romperlas.

No queremos justicia. Queremos reparación emocional inmediata. Queremos ver sufrir a quien consideramos culpable.

Y esta lógica no aparece únicamente en las guerras o en los grandes conflictos políticos. También se encuentra en nuestras conversaciones digitales, en la manera en que hablamos de quien piensa diferente y en la facilidad con la que pedimos castigos absolutos.

No nos basta con que una persona pierda una elección, ueremos que desaparezca. No nos basta con demostrar que alguien se equivocó, queremos destruir su reputación. No nos basta con que una institución investigue, queremos una condena inmediata, incluso antes de conocer los hechos.

En ese contexto, la democracia parece insuficiente porque la democracia exige algo que hoy se ha vuelto profundamente impopular: contención.

La democracia nos obliga a convivir con personas que no nos gustan. Nos obliga a aceptar que podemos perder. Nos impide utilizar todo el poder disponible, incluso cuando creemos tener razón. Nos recuerda que ninguna mayoría debería poder hacer absolutamente todo lo que desea. Y quizá por eso produce tanta frustración.

Porque la democracia no promete que siempre ganarán los buenos. Ni siquiera puede garantizar que los buenos sean realmente buenos.

Lo que intenta garantizar es que nadie tenga tanto poder como para decidir, sin límites, quién merece vivir, hablar, pertenecer o ser escuchado.

Uno de nuestros problemas es que hemos esperado de la democracia cosas que ningún sistema político puede garantizarnos.

Hemos esperado que produzca prosperidad permanente, representantes honestos, sociedades pacíficas, decisiones inteligentes y resultados rápidos. Pero la democracia no es una máquina automática de producir buenos gobiernos.

Es, en el mejor de los casos, una arquitectura para gestionar el conflicto sin convertir cada desacuerdo en una guerra.

Esto puede parecer poco, especialmente cuando enfrentamos problemas enormes. Pero no lo es.

La democracia no elimina la desigualdad, pero nos permite discutirla. No acaba con la corrupción, pero crea instrumentos para investigarla y castigarla. No evita que lleguen malos gobernantes, pero permite reemplazarlos sin necesitar un golpe de Estado, una guerra civil o un magnicidio. No garantiza justicia inmediata, pero establece que incluso el poder debe justificar sus decisiones.

La democracia no es valiosa porque siempre funcione de forma perfecta. Es valiosa porque reconoce que los seres humanos no siempre somos buenos, razonables ni justos.

Parte de una premisa bastante poco romántica: nadie debería recibir poder ilimitado porque nadie es suficientemente puro para ejercerlo sin corromperse.

Por eso existen la separación de poderes, los tribunales, las elecciones, la prensa libre, las leyes y los procedimientos. No porque sean perfectos, sino porque desconfiamos de la perfección de quienes gobiernan.

Y creo que ahí se encuentra una respuesta posible a la pregunta que abre esta carta.

¿En qué confiar cuando dejas de creer en la democracia?

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