MISS POLÍTICA

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Estados Unidos ¿de Venezuela? (¿otra vez?). Una reflexión política sobre soberanía, humillación e identidad

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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may 13, 2026
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Esta semana vi circular una imagen que, si uno la observa demasiado rápido, puede parecer una provocación más en la larga lista de provocaciones de la política contemporánea: el mapa de Venezuela cubierto con la bandera de Estados Unidos y una frase que, para cualquier venezolano con memoria histórica, no puede leerse como broma: “51st State”. La imagen fue publicada por Donald Trump en Truth Social y replicada por la cuenta oficial de la Casa Blanca. Además, llegó después de que Trump dijera que estaba considerando convertir a Venezuela en el estado 51 de Estados Unidos.

Y yo sé que habrá quien diga: “Pero eso es Trump”. Como si esa frase bastara para suspender el análisis político. Como si el estilo performático de un líder anulara el contenido de lo que dice y como si la política del exceso, del meme, de la burla y del espectáculo no fuera también política. Pero justamente por eso quiero traerlo hoy a esta reflexión de mitad de semana. Porque hay cosas que no podemos normalizar solo porque vienen envueltas en humor, arrogancia o estrategia digital. Hay frases que, aunque se digan como provocación, revelan una arquitectura de poder. Y hay mapas que, aunque aparezcan como meme, activan memorias profundas: soberanía, independencia, identidad, recursos, intervención, subordinación, humillación.

Mi posición es clara: Venezuela es de los venezolanos. No de Maduro. No del chavismo. No de una élite que secuestró el Estado. No de Rusia. No de China. No de Estados Unidos. No de ningún salvador externo que llegue con bandera ajena a decirnos que sabe mejor que nosotros qué hacer con nuestra tierra, nuestros recursos, nuestra historia o nuestro futuro.

Venezuela es de los venezolanos.

Y esa frase, que debería ser obvia, hoy parece casi radical.

Porque una de las tragedias más profundas de los países rotos es que, cuando la institucionalidad se destruye desde dentro, el mundo empieza a discutir su destino como si se tratara de un territorio disponible. Como si la crisis política convirtiera a un país en mercancía. Como si el colapso económico, la migración masiva, la represión y el deterioro de la vida cotidiana fueran una especie de autorización tácita para que otros poderes entren a reorganizar la casa.

Pero una casa saqueada sigue siendo una casa. Un país herido sigue siendo un país y una nación secuestrada por una élite no deja de tener derecho a su soberanía.

Y este es el punto que quiero pensar con cuidado, porque sé que muchas personas podrían decirme: “Pero Rusia y China también irrespetaron la soberanía venezolana”. Y sí, lo hicieron. Pero hay una diferencia política importante que no podemos perder de vista. El chavismo no fue una víctima inocente de la penetración rusa, china, cubana o iraní. El chavismo abrió esas puertas, usó esas alianzas como oxígeno financiero, protección diplomática, entrenamiento político, apoyo militar, blindaje internacional y mecanismo de supervivencia interna. Desde Chávez, Venezuela fue construyendo una red de alianzas con China, Rusia, Irán y Cuba donde el petróleo, la deuda, la cooperación militar y la política exterior se mezclaron como parte de una estrategia de poder.

Eso no significa que esas potencias hayan actuado por amor a Venezuela. Los Estados no aman, los Estados calculan. China no llegó por solidaridad bolivariana; llegó por petróleo, deuda, influencia y acceso geoeconómico. Rusia no llegó por amistad ideológica pura; llegó por presencia militar, proyección hemisférica, negocios energéticos y capacidad de incomodar a Washington en su propio vecindario estratégico. Y Cuba no llegó por fraternidad revolucionaria; llegó porque Venezuela se convirtió en una fuente de recursos, legitimidad y supervivencia para un proyecto político que ya sabía vivir de administrar dependencia.

Pero, aunque esas relaciones hayan comprometido profundamente la soberanía venezolana, hubo algo que no podemos ignorar: fueron relaciones abiertas desde el poder venezolano. Fueron alianzas promovidas por gobiernos venezolanos, ilegítimos o autoritarios en muchos sentidos, pero gobiernos que ocupaban el Estado y que usaron la soberanía como fachada para entregar capacidad nacional a cambio de protección política.

Ese es el cinismo histórico del chavismo: gritó “soberanía” mientras hipotecaba soberanía. Denunció el imperialismo estadounidense mientras entregaba recursos, territorio operativo, inteligencia, lealtades y margen de maniobra a otros imperios y construyó una retórica antiimperialista para esconder una política profundamente dependiente.

Pero lo de Estados Unidos, en este nuevo momento, tiene otra textura. No porque sea moralmente más puro o más impuro, sino porque se presenta de otra manera. Llega disfrazado de salvador. Llega con la narrativa de “nosotros sacamos a Maduro”. Llega con la promesa de orden, reconstrucción, apertura económica, estabilidad y futuro. Llega con el lenguaje del rescate. Y, sin embargo, cuando uno mira con atención, lo que aparece no es necesariamente una transición política real, sino una reorganización del poder sin una devolución clara del poder al pueblo venezolano.

Ese es el punto incómodo.

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