MISS POLÍTICA

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Hemos perdido la batalla por proteger la salud mental de la sociedad

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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ago 26, 2026
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Hemos aprendido a nombrar el agotamiento, la ansiedad y el trauma, pero no hemos dejado de producir las condiciones que los alimentan.

Vivimos, supuestamente, en la época con mayor conciencia sobre la salud mental. Tenemos palabras que antes no teníamos. Hablamos de ansiedad, trauma, límites, apego, agotamiento, regulación emocional, burnout. Sabemos identificar dinámicas tóxicas, reconocemos la importancia del descanso y repetimos que pedir ayuda no debería producir vergüenza.

Y, sin embargo, tengo la sensación de que hemos perdido la batalla.

No porque hoy se hable menos de salud mental. Precisamente porque nunca se había hablado tanto y, aun así, no hemos conseguido construir una sociedad que la proteja.

En MISS POLÍTICA nos hemos propuesto convertir esta causa en uno de nuestros principales compromisos. No como una categoría secundaria ni como un tema que aparece únicamente cuando ocurre una tragedia. Nos importa porque hablar de política, poder e influencia también implica preguntarnos qué tipo de personas están produciendo nuestras sociedades, bajo qué condiciones emocionales viven y cuánto sufrimiento les exigimos soportar antes de considerar que algo no está funcionando.

Aunque quizá el primer problema sea nuestra necesidad de ponerle etiquetas a todo.

Hablamos de salud física, salud mental y salud emocional como si existieran dentro de compartimentos separados. Como si un cuerpo enfermo no pudiera alterar profundamente nuestra percepción del mundo. Como si fuera razonable exigirle estabilidad emocional a alguien que acaba de vivir un trauma. Como si una persona pudiera dormir mal durante meses, vivir bajo estrés económico, experimentar dolor físico y, aun así, mantener una mente perfectamente ordenada.

La salud es una sola. El cuerpo también sufre el duelo. La mente también experimenta la enfermedad. Las emociones también pueden agotarnos físicamente.

No toda crisis de salud mental tiene un origen social. Existen factores biológicos, historias familiares, predisposiciones y circunstancias íntimas que no pueden reducirse a una explicación política. Pero tampoco podemos seguir fingiendo que el contexto no importa. Una persona puede necesitar terapia y un salario digno, medicación y una vivienda segura, herramientas individuales y una comunidad que no la destruya.

La Organización Mundial de la Salud estima que más de mil millones de personas viven con algún trastorno mental, mientras la mayoría continúa sin recibir una atención adecuada. La misma organización señala que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad.

No creo que estas cifras describan únicamente una suma de crisis individuales. También describen un entorno.

Hemos convertido la salud mental en una responsabilidad casi exclusivamente privada. Si estás agotado, debes aprender a descansar mejor. Si no soportas el ritmo de trabajo, necesitas gestionar tu tiempo. Si la incertidumbre te produce ansiedad, debes regular tu sistema nervioso. Si las redes sociales te hacen daño, tienes que desconectarte.

Siempre parece que la solución consiste en adaptar mejor a la persona a unas condiciones que quizá nunca debieron normalizarse.

Y así, la sociedad produce la herida y después vende las herramientas para administrar sus síntomas.

Y aquí entra una de las cosas más importantes que me ha enseñado MP. No importa qué tema toquemos. Podemos hablar de belleza, ideologías, literatura, maternidad, ciudades, relaciones, guerras o capital cultural. La polarización es tan profunda que siempre aparece alguien dispuesto a insultar a otra persona que ni siquiera conoce.

Lo inquietante no es únicamente el desacuerdo. El desacuerdo es necesario. Una sociedad democrática no puede construirse sin contradicción, fricción y conflicto. Lo inquietante es la facilidad con la que el otro deja de ser percibido como una persona.

Alguien escribe un comentario cruel, presiona “publicar” y continúa con su día. No ve el rostro de quien lo recibe. No sabe si esa persona está enferma, atravesando un duelo, saliendo de una crisis de ansiedad o intentando sostenerse con los pocos recursos emocionales que le quedan.

Pero incluso si esa persona estuviera perfectamente bien, tampoco nos debe resistencia emocional. Nadie tendría que demostrar fortaleza para merecer un trato digno.

Sabemos que las plataformas no son neutrales. Un estudio experimental publicado en Nature encontró que los algoritmos basados en la interacción amplifican el contenido político, tóxico y cargado de indignación moral. Sin embargo, el algoritmo explica una parte del fenómeno; no nos exculpa. Sigue existiendo un dedo que presiona “publicar”. Sigue existiendo una decisión.

Insultar es voluntario. Humillar es voluntario. Convertir una diferencia política en una autorización para destruir emocionalmente al otro también lo es.

Entonces, ¿dónde queda la salud colectiva?

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