La estrategia de Abelardo de la Espriella que deberían estudiar los candidatos que no son populistas ni radicales.
La fórmula incómoda que está redefiniendo las campañas electorales en América Latina.
La política contemporánea tiene una lección incómoda para los candidatos moderados: no gana necesariamente quien tiene el programa más serio, sino quien logra convertir el malestar en una dirección emocional comprensible.
Eso no significa que haya que volverse populista. Tampoco significa que haya que copiar el tono autoritario, la estética militarizada o la simplificación moral del adversario, jamás fomentaré algo de esto. Significa algo más difícil: entender por qué candidatos como Bukele, Milei, Noboa y ahora Abelardo de la Espriella conectan con sociedades cansadas, temerosas y decepcionadas.
La campaña de De la Espriella no está creando una fórmula nueva. Está usando una fórmula que ya demostró capacidad electoral en América Latina: una emoción dominante, un enemigo identificable, una promesa de orden, una estética de fuerza no necesariamente elegante y una comunicación diseñada para que la gente sienta que alguien, por fin, va a hacer algo.
El problema es que muchos candidatos no populistas siguen creyendo que la política se gana con sensatez, documentos programáticos y llamados abstractos a la institucionalidad. Y aunque todo eso importa, no moviliza por sí solo.
La gente no vota solamente por planes. Vota por interpretación, vota por alivio, vota por castigo, por protección y sobre todo, vota por alguien que le explique qué está pasando y qué va a cambiar.
La fórmula: emoción, enemigo, autoridad
Los casos de Bukele, Milei, Noboa y De la Espriella tienen diferencias enormes, pero comparten una arquitectura estratégica:
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