MISS POLÍTICA

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La estrategia que usan los candidatos a la Secretaría General de la ONU y lo que puedes aplicar a tu vida profesional y personal.

Lecciones de poder, consenso e influencia desde la carrera por liderar la ONU.

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may 22, 2026
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En geopolítica y en política, hay una verdad cruda de la que poco se habla: hay cargos que solo se ganan volviéndose aceptable para quienes tienen poder, deseable para quienes observan e inevitable para quienes comparan.

La Secretaría General de Naciones Unidas es uno de esos cargos.

A diferencia de una elección presidencial, aquí no gana quien grita más fuerte, quien genera más titulares o quien domina mejor el algoritmo. Gana quien logra algo mucho más difícil: construir una reputación capaz de sobrevivir al escrutinio de demasiados actores con intereses cruzados.

Suena complicado, lo sé.

Porque el próximo secretario o secretaria general de la ONU no será elegido por likes, mítines o encuestas masivas (y agradezco al universo que así sea). El proceso depende de nominaciones de Estados miembros, diálogos públicos, negociación diplomática, una recomendación del Consejo de Seguridad y, sobre todo, de no ser vetado por ninguna de las cinco potencias permanentes: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido. La Asamblea General termina nombrando a la persona recomendada por el Consejo. En la práctica, antes de ganar, debes preocuparte por no volverte inaceptable para los poderosos.

Y aquí aparece una lección brutal para la vida profesional: muchas veces no pierdes porque no tengas talento. Pierdes porque tu reputación o incluso tus movimientos, no han sido diseñados para generar confianza en los espacios donde se decide.

La carrera por suceder a António Guterres, cuyo segundo mandato termina el 31 de diciembre de 2026, ya está en marcha. La persona elegida asumirá el cargo en enero de 2027 por un mandato inicial de cinco años. Hasta ahora, los nombres oficiales incluyen a Michelle Bachelet, Rebeca Grynspan, Rafael Grossi, Macky Sall y María Fernanda Espinosa; Virginia Gamba fue nominada y luego su candidatura fue retirada tras la retirada del apoyo de Maldivas. También hay un dato simbólico imposible de ignorar: en 80 años, la ONU nunca ha tenido una mujer como secretaria general.

Pero esta no es solo una noticia internacional, esta es una clase magistral de influencia.

Comienza la carrera por elegir al próximo secretario general de la ONU

La estrategia: no parecer ambicioso, parecer necesario.

Los candidatos a la Secretaría General de la ONU no pueden presentarse como conquistadores. No pueden decir: “Yo soy la mejor opción porque quiero el poder”. Tienen que hacer algo más sofisticado: demostrar que su trayectoria, su carácter y su visión encajan con el momento histórico.

Ahí está al entrada al verdadero juego.

Michelle Bachelet no compite solo como expresidenta de Chile o ex Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos. Compite desde una narrativa moral: derechos humanos, experiencia política, liderazgo femenino, capacidad de reconstruir confianza. Su candidatura ha tenido obstáculos —Chile retiró su apoyo tras el cambio de gobierno—, pero ella mantiene el respaldo de México y Brasil, y su mensaje se sostiene en la idea de que su vida pública la preparó para un momento internacional de enorme complejidad.

Rebeca Grynspan compite desde otro lugar: la reformadora pragmática. Su mensaje no es épico, es operativo. Dice que la ONU necesita hacer “menos con menos”, enfocarse mejor, dejar de defenderse tanto y colaborar más con actores externos como ONG y sector privado. Es una narrativa interesante porque no promete salvar el mundo con grandilocuencia, ella promete administrar una institución en crisis con foco, eficiencia y madurez.

Rafael Grossi, director del Organismo Internacional de Energía Atómica, representa la reputación técnica en tiempos de riesgo. Su perfil habla de seguridad, crisis nuclear, gestión compleja, disciplina institucional. En un mundo atravesado por guerras, energía, tecnología y miedo estratégico, su capital no es solo diplomático: es la percepción de competencia en situaciones donde equivocarse cuesta demasiado. En su visión habló de una renovación “orientada al desempeño” y de ajustar la misión de la ONU a recursos disponibles. Hablando de timing, su candidatura viene en un momento en que hay guerras y disputas en distintas partes del mundo y en un contexto donde siempre está latente el uso de armas nucleares.

Macky Sall, expresidente de Senegal, intenta encarnar la voz del Sur Global, África, reforma multilateral y representación de un mundo que ya no acepta ser administrado solo desde los centros tradicionales de poder. Su candidatura recuerda algo clave: en política internacional, la identidad regional es capital simbólico.

Y María Fernanda Espinosa entra con una narrativa de autoridad mediadora. Su mensaje es que la ONU debe recuperar legitimidad, autoridad y rol preventivo en conflictos. También introduce una lectura importante: la institución debe revisar mandatos, evitar duplicidades y preguntarse dónde puede tener verdadero impacto.

Lo interesante no es solo quiénes son, sino cómo se posicionan y por eso es que hoy las traigo como estrategia y no como análisis geopolítico.

Ninguno está vendiendo únicamente su currículum, saben que no es lo determinante. Todos están intentando responder una pregunta invisible:

¿Qué problema del mundo parezco estar mejor preparada o preparado para resolver?

Esa es la pregunta que también deberías hacerte tú.

No qué hago ni qué estudié. Tampoco qué cargo tengo.
La única pregunta que neecsitas responder es esta: ¿Qué problema hace que mi presencia parezca necesaria?

Secretario general de la ONU llama a Venezuela a “garantizar y respetar”  derechos políticos y electorales
Antonio Guterres, Secretario General de la ONU.

La diferencia entre reputación e influencia

He repetido mucho estos términos últimamente porque con el lanzamiento de la masterclass de mayo, me di cuenta que la mayoría de la gente no sabe distinguir entre reputación e influencia. Así que vamos de nuevo.

La reputación es lo que la gente cree de ti cuando no estás en la sala.
La influencia es lo que sucede cuando esa creencia empieza a modificar decisiones.

Puedes tener buena reputación y poca influencia. Muchas personas son vistas como inteligentes, responsables o talentosas, pero nadie las llama cuando hay que decidir. Nadie les consulta su opinión antes de mover una pieza. Nadie los asocia con una solución urgente. Y eso ocurre porque la reputación, por sí sola, puede ser pasiva. La influencia, en cambio, empieza cuando tu reputación se vuelve útil.

En el caso de la ONU, un candidato no necesita que todo el mundo lo ame. Necesita que suficientes actores lo consideren confiable, competente, manejable, legítimo y útil para el momento. Esa misma lógica aplica a una empresa, una campaña, una marca personal, una carrera profesional o incluso una relación social.

En tu vida profesional, no basta con ser buena/o en lo que haces. Necesitas que la gente entienda para qué eres buena/o, en qué momento deberían llamarte y qué tipo de problema resuelves mejor que otros.

En tu vida personal, tampoco basta con ser querida/o. La influencia también tiene que ver con convertirte en una presencia que aporta criterio, calma, dirección o claridad en los espacios donde estás.

La influencia no siempre se nota como dominación, de hecho, la mayoría de las veces se nota como referencia.

Esa persona a la que todos miran cuando hay tensión.
Esa persona cuya opinión cambia el rumbo de una conversación.
Esa persona que no necesita imponerse porque ya tiene autoridad simbólica.

Qué emoción funciona mejor: la esperanza competente

Aquí hay que ser muy claros: la emoción mueve más que la información, pero no cualquier emoción construye influencia sostenible.

Un estudio clásico de Jonah Berger y Katherine Milkman sobre contenido viral analizó artículos de The New York Times durante tres meses y encontró que el contenido positivo tendía a ser más viral que el negativo, pero que la clave real era la activación emocional: emociones de alta intensidad como asombro, ira o ansiedad se comparten más; emociones de baja activación, como la tristeza, se comparten menos.

Esto explica por qué la ira funciona tan bien en política digital. Mueve rápido, enciende, ordena bandos y hace que la gente comparta para decir: “Esto también me indigna”.

Pero la ira tiene un problema: moviliza, sí, pero también desgasta. Puede darte visibilidad, pero no siempre te da autoridad. Puede darte seguidores, pero no necesariamente te da confianza.

Para una carrera como la Secretaría General de la ONU, la emoción más útil no es la ira. Es la esperanza competente.

No esperanza ingenua ni un optimismo excesivo de postal. No “todo va a estar bien” mientras el mundo arde. Esperanza competente significa: “Entiendo la gravedad del momento, tengo experiencia para gestionarlo y puedo abrir una salida posible”.

Eso es lo que intentan proyectar los candidatos más fuertes. Bachelet intenta transmitir una esperanza moral: los derechos, la paz y la dignidad todavía pueden sostener el sistema. Grynspan transmite una esperanza administrativa: la ONU puede reformarse si se enfoca. Grossi transmite una esperanza técnica: incluso en medio del riesgo, la gestión experta puede reducir daños. Espinosa transmite una esperanza mediadora: la institución puede recuperar autoridad si vuelve a ser útil antes de que los conflictos exploten.

En el mundo corporativo pasa lo mismo. Las marcas y líderes más influyentes no son quienes solo generan miedo al futuro; son quienes convierten el futuro en una posibilidad organizada. La IPA, en un informe actualizado en marzo de 2026, resume que las campañas enfocadas en hacer sentir algo generan mayores beneficios de largo plazo, cuota de mercado y lealtad de marca.

Por eso Jensen Huang y Nvidia no venden solo chips, venden la sensación de estar construyendo la infraestructura de la próxima era. Apple, incluso cuando es criticada por ir más lento en inteligencia artificial, sigue usando una emoción reputacional muy poderosa: seguridad, control, privacidad, confianza. Novo Nordisk, en medio de la revolución de los medicamentos contra la obesidad, no solo vende innovación farmacéutica; vende una promesa de transformación física, acceso futuro y eficiencia científica, mientras usa IA para acelerar procesos de desarrollo y lanzamiento.

Y si lo piensas bien, todas estas marcas venden algo más poderoso: certeza.

La emoción que mejor funciona para construir influencia no es la más escandalosa, sino la que convierte tu presencia en alivio.

La gente sigue a quien la enciende, es cierto, pero confía en quien la orienta.


La mini estrategia: convierte tu candidatura en la opción inevitable

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