La importancia de amar a tu país.
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Ayer tuve una conversación con un argentino. Y digo “un argentino” no como una etiqueta superficial, sino casi como una categoría emocional. Porque hay algo muy particular en la forma en que muchos argentinos hablan de Argentina: incluso cuando la critican, incluso cuando se quejan, incluso cuando enumeran sus crisis, sus gobiernos, sus frustraciones, sus heridas económicas y sus decepciones históricas, hay una especie de amor de fondo que no desaparece, que en lo personal me parece envidiable. Una fidelidad extraña. Una pertenencia que no se negocia. Una manera de decir “mi país” como quien habla de una casa que se cae a pedazos, pero que sigue siendo su casa y es intocable.
Y mientras lo escuchaba, pensé en algo que me pasa desde hace mucho tiempo: no hay nada que me parezca más hermoso en una persona que escucharla hablar bien de su país.
No hablo de propaganda ni de un nacionalismo barato. No hablo de esa devoción ciega que niega problemas, tapa heridas o convierte a la patria en una excusa para no pensar. Hablo de otra cosa. Hablo de ese amor más difícil, más maduro, más honesto: el amor que puede mirar la realidad sin destruir el vínculo. El amor que puede reconocer el dolor sin renunciar a la esperanza y el amor que puede criticar sin despreciar.
Porque una cosa es exigirle más a tu país y otra muy distinta es hablar de él como si no te importara.
A mí me incomodan profundamente las personas que hablan mal de su país con una especie de superioridad moral, como si hubieran nacido accidentalmente en un lugar que no merece nada de ellas. Me incomodan quienes convierten el desprecio por su tierra en una señal de sofisticación. Quienes creen que ser “de mundo” significa no pertenecer a ningún sitio. Quienes confunden lucidez con cinismo y quienes creen que la inteligencia consiste en señalar todo lo que está roto, pero nunca en preguntarse qué se puede reparar.
Yo entiendo la rabia. La entiendo de verdad.
Entiendo lo que significa mirar un país y sentir que ha fallado. Entiendo lo que significa sentir que la política lo ha degradado todo, que las instituciones no estuvieron a la altura, que generaciones enteras tuvieron que irse, que familias se dividieron, que sueños se suspendieron, que la vida se volvió más difícil de lo que debía ser.
Entiendo que hay países que duelen, pero precisamente por eso creo que amar un país no es un gesto ingenuo. Es, tal vez, uno de los actos políticos más profundos que existen.
Porque solo quien ama algo está dispuesto a cuidarlo. Solo quien siente pertenencia se toma en serio la responsabilidad y solo quien mira su tierra con algo más que sarcasmo puede imaginar un futuro para ella.
Ernest Renan decía que una nación es un “plebiscito cotidiano”. Una frase muy citada, sí, pero también muy poderosa. Porque nos recuerda que un país no existe únicamente por sus fronteras, sus símbolos, su himno o sus documentos. Un país existe porque, todos los días, hay personas que deciden seguir creyendo en la posibilidad de convivir bajo una historia común.
Una nación no se sostiene solo con leyes, también se sostiene con afecto.
Y esto es algo que a veces olvidamos en la conversación pública. Hablamos de instituciones, de economía, de liderazgo, de reformas, de elecciones, de polarización, de democracia, de populismo, de crisis migratorias, de seguridad, de educación. Todo eso importa. Por supuesto que importa, pero pocas veces hablamos de algo anterior a todo eso: el vínculo emocional que una sociedad tiene con su propio país.
¿Puede una nación salir adelante si sus ciudadanos no la quieren? Yo tengo serias dudas.
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