MISS POLÍTICA

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La persona que somos cuando nadie nos ve.

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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MISS POLÍTICA
may 20, 2026
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Hay una pregunta que me ha estado rondando estos días con una intensidad particular: ¿Qué tan coherentes somos cuando nadie nos está mirando?

No me refiero a la coherencia como pose, ni a esa versión estética, editada, casi perfecta, que a veces confundimos con integridad. Me refiero a la coherencia real. La que ocurre cuando cerramos la puerta de casa. La que aparece —o desaparece— cuando estamos cansados, heridos, confundidos, enamorados, asustados o cuando sentimos que nadie va a pedirnos explicaciones. La coherencia que no se demuestra en una cámara, ni en una frase bien escrita, ni en una opinión pública impecable. Hablo de la coherencia que se prueba en los lugares más íntimos de nuestra vida.

Y creo que escribo esto hoy porque, como creadora de MISS POLÍTICA, sé que muchas personas ven una parte de mí y completan el resto con imaginación.

Ven a una mujer que habla de política, que analiza lo que ocurre en Ormuz, que explica sistemas de poder, que escribe sobre justicia, liderazgo, reputación, influencia, libertad, lealtad y propósito. Ven a alguien que intenta pensar el mundo con profundidad, que trata de nombrar lo que pasa, de traducir lo complejo, de sostener una mirada crítica en medio del ruido. Y entiendo que, desde fuera, sea fácil asumir que esa mujer tiene todo resuelto. Que esa mujer siempre sabe qué hacer, que esa mujer vive exactamente como piensa y que nunca se contradice. Que nunca negocia con lo que dice que no debe negociarse y que nunca se queda donde no debería quedarse. Que nunca se confunde por amor, por apego, por miedo o por esperanza.

Pero la verdad es más humana que eso.

La verdad es que yo intento ser coherente. Lo intento de verdad. Intento que la persona que ven en cámara sea la misma persona que existe cuando nadie me ve. Intento que la mujer que habla de política sea la misma que se sienta a cenar en su casa. Intento que la que escribe sobre libertad no viva atrapada en vínculos que le recortan el alma e intento que la que habla de lealtad no se traicione a sí misma por sostener relaciones que le piden demasiado. Intento que la que analiza el poder no ignore las pequeñas formas de dominación que pueden aparecer también en la intimidad.

Pero intentar no significa lograrlo siempre.

Y quizá esta carta nace desde ahí: desde la incomodidad de reconocer que incluso quienes pensamos mucho, incluso quienes tenemos una profunda sensación de justicia, incluso quienes sentimos que vinimos al mundo con una especie de deber extra, de entenderlo, explicarlo o transformarlo, también podemos caer en dinámicas que contradicen nuestros propios principios.

Eso duele.

Duele porque no solo es el daño de la situación. Es también el golpe contra la imagen que una tenía de sí misma. Es mirarte y preguntarte: ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo no lo vi antes? ¿Cómo pude permitir esto si yo sé ponerle nombre al poder, a la manipulación, a la violencia simbólica, a los sistemas que disciplinan, silencian o reducen a las personas?

Y entonces aparece una culpa muy particular. Una culpa silenciosa, sofisticada, casi cruel. Porque no solo te duele lo que pasó, también te duele no haber sido “más inteligente”, “más fuerte”, “más coherente”, “más tú”.

Pero estoy aprendiendo que la conciencia no nos vuelve invulnerables.

Saber no siempre nos salva en el momento exacto. A veces entendemos demasiado tarde, a veces el cuerpo lo sabe antes que la mente. A veces una incomodidad aparece primero como cansancio, luego como ansiedad, luego como tristeza, luego como una pérdida lenta de alegría. Y solo después, cuando el daño ya ha dejado una marca, logramos decir: esto no era amor. Esto no era cuidado. Esto no era lealtad. Esto no era libertad.

Pierre Bourdieu hablaba de la violencia simbólica como esa forma de poder que se ejerce de manera tan normalizada que, muchas veces, ni siquiera la reconocemos como violencia. Y creo que hay algo profundamente doloroso en eso: en descubrir que una no siempre se da cuenta cuando está siendo reducida, condicionada, desplazada o herida. No porque sea ingenua, ni porque sea débil, sino porque hay formas de daño que no llegan gritando. Llegan envueltas en costumbre, en afecto, en promesas, en dependencia, en pequeñas concesiones que parecen inofensivas hasta que un día miras atrás y descubres que te fuiste abandonando por partes.

Primero negocias una incomodidad, luego justificas una falta. Después llamas “carácter” a lo que era control y llamas “miedo” a lo que era manipulación. Llamas “amor complicado” a lo que era una relación que te estaba enseñando a dudar de ti.

Y un día, sin saber exactamente cuándo ocurrió, te das cuenta de que rompiste algunos de tus propios principios. No de golpe. No dramáticamente. No como quien traiciona una causa en una gran escena final, sino de forma cotidiana. Cediendo un poco aquí, callando un poco allá. Perdonando cosas que no querías perdonar y normalizando gestos que en otra persona habrías sabido identificar con claridad. Permaneciendo en círculos donde la lealtad no era recíproca y la libertad parecía depender del humor, de la aprobación o de la presencia de alguien más.

Y esa es una de las formas más duras de incoherencia: no la que nace de la hipocresía, sino la que nace de la herida.

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