La retorcida sensación de querer estar en los lugares que duelen
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Estos días he pensado mucho en una sensación que no sé nombrar del todo, pero que quizá muchas personas que han dejado su país van a entender: la retorcida sensación de querer estar en los lugares que duelen.
No porque una quiera sufrir ni porque una romantice la tragedia. No porque exista algo heroico en exponerse al miedo, a la incertidumbre o al derrumbe. Sino porque hay dolores que, cuando suceden lejos, se sienten como una forma de expulsión. Como si la distancia no solo te separara de un territorio, sino también del derecho a vivir el duelo en el lugar correcto.
El 24 de junio ocurrieron dos terremotos en Venezuela. En mi país. En esa palabra que para algunos es geografía, para otros noticia, para otros crisis permanente, para otros meme político, para otros cansancio y para otros un expediente internacional. Para mí, Venezuela sigue siendo una herida viva. Una casa rota, un olor, una forma de hablar, una infancia y también una rabia. Una deuda y una madre simbólica. Una patria a la que una puede reclamarle muchas cosas, pero que no deja de doler cuando se cae.
Desde ese día no he dejado de pensar. He pensado: quiero estar allá a toda costa.
Y cuando alguien me preguntó si de verdad habría querido estar en medio del terremoto, escuché mi propia respuesta antes de poder corregirla: al menos estaría con los míos, en nuestra tierra.
Sé cómo suena. Sé que es irracional. Sé que una parte de mí lo dijo desde el trauma, desde la culpa, desde esa zona de la mente donde la lógica no alcanza. Pero también sé que muchas veces el amor por un país se parece a eso: a querer poner el cuerpo donde está el dolor, aunque no puedas hacer nada con las manos, aunque no tengas más herramientas que la presencia, aunque estar ahí no cambie el temblor ni levante los escombros ni devuelva a nadie.
Después vino la otra voz. La voz que detesta el privilegio.
La que mira alrededor y dice: estás a salvo, tienes techo, tienes comida, tienes internet, tienes a Berlín que te espera en casa, tienes una ciudad que no se está cayendo y que amas, tienes una biblioteca donde puedes sentarte a leer mientras en tu país alguien busca a alguien.
Y luego, casi al mismo tiempo, llegó la culpa por haber detestado ese privilegio. Porque también he agradecido estar aquí. He pedido perdón al universo por ser malagradecida. He pensado que estar donde estoy no es una traición sino una responsabilidad. Que quizá mi lugar, en este momento, no es estar entre ruinas físicas sino sostener algo desde donde puedo: información, criterio, redes de ayuda, contención, palabras, comunidad.
Pero después aparece otra voz, más cruel: no es suficiente. Nada es suficiente cuando duele un país.
Nada parece suficiente cuando abres los mensajes y hay personas enviándote organizaciones que apoyar, otras preguntándote qué quisiste decir en una newsletter, otras pidiéndote opinión sobre el desastre político de su propio país, otras corrigiéndote o pidiéndote que no te desconectes de lo que pasa, con una crueldad que revela una ignorancia profunda sobre lo que significa el dolor público, la bioética, la exposición de cuerpos, la dignidad de las víctimas.
Hay días en los que recupero la lucidez y vuelvo a sentirme yo. Organizo información. Reviso fuentes. Pienso qué puede ayudar. Hago lo que sé hacer: leer el mundo, traducirlo, explicarlo, ponerle estructura a lo que parece insoportable. Y al día siguiente sufro un ataque de pánico.
Lloro cada vez que recuerdo ciertas imágenes. Lloro con los mensajes. Lloro con los audios. Lloro con los perros rescatistas. Lloro con esa mezcla de ternura y horror que produce ver a un animal buscando vida entre los restos de una tragedia humana. Lloro porque hay escenas que no deberían existir y, sin embargo, existen. Lloro porque hay países que parecen haber sido obligados a demostrar su resistencia tantas veces que hasta el mundo se acostumbró a verlos resistir.
Y esto no es lineal. Ojalá lo fuera.
Ojalá una pudiera tener una emoción ordenada por día: lunes tristeza, martes rabia, miércoles gratitud, jueves acción, viernes esperanza. Pero el duelo no funciona como una agenda editorial. El duelo entra sin tocar la puerta. Se sienta contigo, te arruina el desayuno, te acompaña al supermercado, te deja respirar durante tres horas y luego te espera en casa, con el ordenador abierto y los DMs acumulados.
Esta semana fui a un club de lectura.
Fue el único evento al que sentí que tenía permiso de asistir. No sé quién otorga esos permisos, probablemente nadie, probablemente una parte mía que se volvió fiscal de mi propia vida. Pero fui. Una biblioteca hermosa, en un rinconcito de una de mis ciudades favoritas del mundo. Libros, silencio, conversación, belleza. Durante un momento me olvidé de todo. No porque no me importara, sino porque el cuerpo, a veces, también necesita olvidar para no romperse.
Después volví a casa. Abracé a Berlín. Abrí el ordenador. Me puse al día con las casi tres horas que me tomé libres, como si el descanso hubiese sido una falta que tenía que compensar. Entré a Instagram. El timeline estaba abarrotado de publicaciones sobre Venezuela. Vi un post de Mafalda. Vi algo del equipo de Francia. Jugaba Francia y no me sentí merecedora de verlo, mucho menos de mostrar lo feliz que me hace el fútbol.
Qué retorcido también eso: sentir que la alegría necesita justificación cuando tu país está sufriendo.
Como si ver un partido fuera una traición y como si reírse fuera una falta de respeto.
Como si salir a caminar, tomar café, leer una novela, comprar flores o abrazar a tu perro fueran gestos sospechosos cuando hay gente pasándola mal.
Y sin embargo, la vida sigue. Me lo han dicho estos días. Me lo he dicho yo también. La vida sigue. Pero a veces esa frase, tan cierta, tan necesaria, tan adulta, también puede sonar brutal. Porque sí, la vida sigue, pero una parte de ti se queda parada en el minuto exacto en el que entendiste que algo terrible estaba pasando en tu país y tú no estabas allí.
Mi psicóloga anterior me dijo una vez: tienes la herida de injusticia detonada.
En ese momento era por una relación que terminó de la forma más dolorosa posible. Yo creía que hablábamos de amor, de abandono, de decepción. Pero con los años entendí que aquella herida era apenas una semilla. La semilla de una forma de estar en el mundo que me ha hecho querer salvar cosas que no puedo salvar. Personas que no puedo salvar, países que no puedo salvar, historias que no puedo reparar e injusticias que no caben en mis manos.
Mi psicólogo me escribió la semana pasada una frase que me dolió y me abrazó al mismo tiempo: “La niña de las causas perdidas”.
Fue un halago hermoso y devastador.
Porque quizá eso soy un poco. Una niña que creció mirando cosas que no entendía del todo, pero que sabía que estaban mal. Una mujer que se hizo socióloga, estratega, analista y lectora obsesiva del mundo, tal vez porque entender era la única forma que encontró de no hundirse. Quizá me dediqué a mirar el mundo porque me costaba entender el mío. O porque entender mi país dolía demasiado. O porque la política, la cultura, la sociedad y el poder se volvieron mi manera de ponerle lenguaje a la impotencia.
Hay una frase de Joan Didion que siempre vuelve en momentos así: Nos contamos historias para poder vivir. Yo creo que también nos contamos historias para no sentirnos completamente solos en el dolor.
Nos contamos historias sobre la patria, sobre la infancia, sobre la familia, sobre lo que fuimos, sobre lo que dejamos, sobre lo que todavía somos. Nos contamos historias para darle una forma soportable a lo que, sin relato, sería puro derrumbe.
Las personas que salimos de nuestros países por razones parecidas a las que obligaron a tantos venezolanos a irse cargamos un dolor del que todavía se habla poco. Ya tiene nombre: duelo migratorio. Pero incluso ese nombre se queda corto. Porque no es solo duelo. Es culpa, es nostalgia, es rabia, es decepción, es alivio, es privilegio. Es vergüenza por sentir alivio. Es ternura, es memoria, es una alegría que a veces llega con retraso, es una especie de doble vida emocional: estás aquí, pero algo de ti sigue allá. Pagas cuentas en un país y lloras noticias de otro. Aprendes nuevas calles, pero sueñas con las de antes. Construyes futuro en una lengua cotidiana que no siempre contiene tus heridas de infancia.
Creo que llevo diez años de duelo migratorio. Diez años en los que Venezuela no se fue de mí, aunque yo me haya ido de Venezuela.
Hay personas que desarrollan un mecanismo de defensa que respeto, pero no comparto: “dejé a Venezuela atrás”. Yo no sé cómo se deja la patria atrás.
No sé cómo se deja atrás el país donde aprendiste a nombrar el mundo. No sé cómo se deja atrás la música que te formó el oído, la comida que te formó el gusto, el humor que te formó la inteligencia, la tragedia que te formó el carácter. No sé cómo se deja atrás a la gente que se quedó. No sé cómo se deja atrás a los muertos. No sé cómo se deja atrás a quienes siguen intentando vivir con dignidad donde vivir ya es una forma de resistencia.
Quizá por eso me cuesta tanto estar cerca de personas que hablan mal de su país como si hablar mal de un país fuera la norma. Vivir años fuera de Venezuela, en un lugar donde a veces es fácil encontrar gente que desprecia su propia tierra o a su propia gente, no me hizo querer menos a la mía. Al contrario. Me hizo más intolerante a esa ligereza. Una cosa es criticar un Estado, una élite, una historia política, una cultura de poder o una estructura social y otra cosa muy distinta es hablar con desprecio de la gente que carga el peso de todo eso.
Yo no idealizo Venezuela. No necesito idealizarla para amarla. De hecho, creo que los amores más profundos no son los que niegan la herida, sino los que pueden mirarla de frente sin convertirla en odio.
Estos días también he pensado en Cristina Yang.
Siempre me vi un poco reflejada en ella. La gente decía que no tenía corazón, pero yo nunca creí eso. Creo que tenía un corazón selectivo, no pequeño. Un corazón protegido por capas. Amaba la cardiología como la vida misma y no dejaba que los sentimientos interfirieran con su profesión. Eso no era frialdad, era disciplina. Era supervivencia. Era una forma distinta de amar: amar haciendo bien lo que una sabe hacer, incluso cuando por dentro todo tiembla.
Quizá por eso yo también me refugio en el trabajo. Y sé que no siempre es la opción correcta. Sé que trabajar puede ser otra forma de escapar. Pero también sé que yo no atravieso mis emociones huyendo de ellas; muchas veces las atravieso escribiendo, pensando, ordenando, creando algo que pueda servirle a alguien. Tal vez el trabajo no es solo refugio, quizá también es uno de los lugares donde mi amor se vuelve útil. Pero no todo puede ser utilidad.
También están los libros. Los libros me han salvado estos días.
No he leído sobre política. No he querido leer sobre poder. No he querido leer sobre sistemas, partidos, gobiernos, estrategias o élites. He leído sobre la vida, sobre la belleza, sobre las historias de otras personas, sobre casas, pérdidas, jardines, amistades, cuerpos, memoria. He leído para recordar que el mundo no es solo catástrofe. Que la belleza no cancela el dolor, pero lo acompaña. Que una biblioteca puede ser una forma de refugio moral. Que una frase bien escrita puede sostenerte cuando la realidad se vuelve demasiado áspera.
Si pudiera recomendar algo para cualquier crisis que puedas experimentar, diría esto: lee. Abraza árboles. Ten un acompañante como Berlín. Busca una forma de belleza que no te obligue a negar el dolor, pero que tampoco le entregue toda tu vida.
Porque eso también lo estoy aprendiendo: sufrir por tu país no significa entregarle tu cuerpo entero a la tragedia.
Amar a tu país no significa destruirte en su nombre. Estar lejos no significa estar ausente. Estar a salvo no significa ser culpable. Y vivir un momento de alegría no significa que olvidaste.
Quizá la madurez emocional del duelo migratorio consiste en aceptar esa contradicción: una puede querer estar en el lugar que duele y, al mismo tiempo, agradecer no estar bajo los escombros. Una puede llorar por su país y luego reírse con su perro. Una puede sentirse hipócrita por ir a un club de lectura y, aun así, necesitar esa hora para no quebrarse. Una puede ayudar, informar, donar, acompañar, compartir y seguir sintiendo que no alcanza. Una puede amar una patria sin convertir el amor en castigo.
No sé exactamente hacia dónde va esta reflexión. Quizá no tiene que ir a ningún lado.
Esta semana me he quedado sin palabras más veces de las que desearía. Y para alguien que vive de las palabras, quedarse sin ellas se siente como perder la herramienta con la que una ordena el mundo. Pero quizá hay momentos en los que escribir no es ordenar. Es apenas dejar constancia. Decir: esto dolió. Esto me atravesó. Esto me hizo sentir lejos. Esto me hizo sentir culpable. Esto me hizo recordar que la patria no es una idea abstracta, sino una relación emocional, contradictoria, feroz, a veces insoportable.
Pienso en quienes han dejado Siria, Ucrania, Palestina, Haití, Cuba, Nicaragua, Colombia, Argentina, Perú, México, tantos lugares donde la historia ha obligado a la gente a cargar su país en una maleta. Pienso en quienes viven lejos y reciben malas noticias por WhatsApp. Pienso en quienes contestan “estoy bien” mientras por dentro se están partiendo. Pienso en quienes no pueden volver, en quienes vuelven y ya no reconocen del todo el lugar. Pienso en quienes dicen “mi país” con orgullo y con rabia en la misma frase.
Quizá eso somos muchos migrantes: personas viviendo con el corazón repartido entre coordenadas. Un pie en el presente, otro en la memoria.
Un cuerpo en una ciudad y una parte del alma en otra. Y cuando algo terrible ocurre allá, esa parte del alma grita.
Yo no sé si algún día se deja de tener esta sensación. No sé si algún día deje de querer correr hacia el lugar que duele. No sé si algún día la patria deje de sentirse como una responsabilidad pendiente. No sé si algún día el duelo migratorio se volverá más amable. Pero hoy quiero creer algo.
Quiero creer que también se honra a un país viviendo con más conciencia, escribiendo con cuidado y escribiendole con amor. Que se honra ayudando sin convertir el dolor ajeno en espectáculo, evitando la crueldad, entendiendo que la dignidad de las víctimas está por encima de la ansiedad de opinar, cuidando la propia salud mental para poder seguir sosteniendo algo mañana.
Que se honra leyendo, pensando, llorando, respirando, abrazando, volviendo al ordenador, cerrándolo cuando haga falta, abriendo una ventana, donando, compartiendo y callando también cuando no se tiene algo realmente útil que decir.
A veces una quiere estar en los lugares que duelen porque cree que el amor exige presencia física, pero quizá hay otra forma de presencia.
Una presencia que no ocupa espacio en la tragedia, pero sí sostiene memoria. Una presencia que no estorba a quienes están trabajando en el terreno, pero amplifica lo que necesitan, que no convierte el dolor en identidad, pero tampoco lo abandona. Una presencia que dice: estoy lejos, pero nunca me fui del todo.
Y quizá eso es lo único que puedo decir hoy.
Estoy lejos, pero no me fui del todo.
Venezuela sigue aquí.
En mi forma de mirar, en mi forma de escribir, en mi incapacidad de ser indiferente (claro que eso lo aprendí de los venezolanos), en mi herida de injusticia, en mi niña de las causas perdidas, en mi manera de llorar por perritos rescatistas. En mi culpa, en mi gratitud y en mi contradicción. En mi deseo absurdo de estar donde duele.
En mi intento, todavía torpe, de aceptar que estar viva, estar a salvo y seguir creando también puede ser una forma de amor.



Muy fuerte. Gracias por compartir tanta sabiduría desde el corazón
Tu correo fue un golpe de frescura, de comprensión, de realidad y de acompañamiento al proceso que muchos vivimos.. pusiste en palabras muchas cosas que transito en silencio, gracias por ser compañía, gracias por compartir!