La sociedad de la opinión.
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Hay días en los que entro a redes sociales y siento que no estoy viendo una conversación, sino un juicio público permanente.
Todos opinan, reaccionan, sentencian. Todos creen tener algo que decir sobre todo, incluso sobre aquello que no han leído, no han estudiado, no han vivido o no se han detenido a comprender.
Y lo digo sin superioridad, porque yo también habito este tiempo. Yo también he sentido la tentación de reaccionar rápido, de escribir desde la emoción, de responder antes de pensar, de dejar que una indignación momentánea parezca criterio. Creo que a todos nos ha pasado. La diferencia, quizás, está en si todavía somos capaces de detenernos y preguntarnos: ¿Esto que estoy diciendo nace de una convicción pensada o de una emoción que todavía no he sabido ordenar?
Traigo esta reflexión hoy porque, como creadora de MISS POLÍTICA, veo muchas cosas, veo lo que las personas comentan. Veo cómo comentan, qué palabras eligen cuando creen estar analizando, pero en realidad están descargando una emoción. Veo cómo una noticia compleja se reduce a una frase, cómo una guerra se reduce a un bando, cómo una elección se reduce a un insulto, cómo una mujer pública se reduce a una contradicción, una causa social se reduce a una consigna y un país entero se convierte en caricatura en manos de personas que jamás se han preguntado qué historia, qué heridas, qué intereses y qué estructuras explican lo que están mirando.
Y no sé si esto me preocupa por intelectual, por política o simplemente por humana.
Byung-Chul Han escribió sobre La sociedad del cansancio, y creo que allí capturó algo esencial de nuestra época: esa sensación de estar siempre produciendo, siempre rindiendo, siempre agotados por la exigencia de ser mejores, más visibles, más eficientes, más exitosos. Pero a veces pienso que esa lectura se quedó corta, no porque no sea cierta, sino porque hay otra forma de agotamiento que atraviesa nuestro tiempo: el cansancio de vivir rodeados de opiniones sin pensamiento.
Vivimos en la sociedad de la opinión.
Una sociedad donde todos hablan, pero pocos escuchan. Donde todos tienen postura, pero pocos tienen criterio. Donde todos quieren tener razón, pero pocos están dispuestos a atravesar la incomodidad de pensar con honestidad. Donde la velocidad sustituyó a la profundidad. Donde la reacción emocional se confunde con lucidez. Donde tener una opinión se volvió más importante que cultivar una mirada.
Y quizás lo más delicado de todo es que hemos empezado a confundir opinión con identidad.
Ya no decimos solamente “pienso esto”. Decimos, aunque no lo digamos literalmente: “soy esto porque opino esto”. Entonces cambiar de opinión se vuelve una traición, matizar se vuelve sospechoso, dudar se vuelve debilidad, reconocer que no sabemos se vuelve humillante y así, poco a poco, dejamos de pensar para empezar a defender personajes.
El problema no es opinar. Opinar es humano, es parte de la vida democrática, de la conversación pública, de la construcción de comunidad. El problema es creer que toda opinión tiene el mismo peso solo porque todas las personas tienen derecho a expresarla.
Todas las personas tienen derecho a opinar, pero no todas las opiniones tienen el mismo nivel de profundidad, responsabilidad o consecuencia.
Y sé que esto suena incómodo en una época donde se nos ha dicho que validar todas las voces significa tratarlas como equivalentes, pero no es lo mismo hablar desde el estudio que desde el impulso. No es lo mismo hablar desde la experiencia que desde el prejuicio y no es lo mismo hablar después de leer, escuchar, contrastar y pensar, que hablar porque una frase nos activó emocionalmente y necesitamos colocarla en algún lugar.
También sé que estudiar no lo es todo.
Continúa leyendo con una prueba gratuita de 7 días
Suscríbete a MISS POLÍTICA para seguir leyendo este post y obtener 7 días de acceso gratis al archivo completo de posts.

