MISS POLÍTICA

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Lo que agosto nos dejó.

Una curaduría sobre las cosas que tienen precio, las que tienen valor y las que nunca deberíamos confundir.

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MISS POLÍTICA
sep 01, 2026
∙ De pago

Podemos estar de acuerdo en que agosto suele sentirse como un mes suspendido.

Las ciudades se vacían, las instituciones reducen el ritmo, las conversaciones parecen perder urgencia y, durante unas semanas, vivimos bajo la ilusión de que el mundo también se ha ido de vacaciones.

Pero agosto de 2026 no fue exactamente un mes silencioso.

Fue un mes que nos obligó a preguntarnos cuánto valen las cosas. Y, sobre todo, quién tiene el poder de decidirlo.

Si los meses pudiesen resumirse en una palabra, creo que la de agosto sería: valor.

Valor entendido como precio, pero también como importancia, coraje, influencia, utilidad y significado. Porque una cosa es lo que algo cuesta y otra, muy distinta, lo que vale.

Un barril de petróleo tiene un precio internacional. Una reserva energética tiene valor geopolítico. Una concesión puede producir ingresos, pero también comprometer soberanía. Una imagen puede captar atención, pero no necesariamente construir reputación. Un cuerpo puede ser evaluado por un algoritmo, aunque ninguna métrica pueda definir la dignidad de la persona que lo habita.

Un libro puede costar veinte euros y cambiar completamente la manera en que comprendemos el mundo. Una canción puede durar tres minutos y sobrevivir durante generaciones.

Una vida puede no parecer extraordinaria en redes sociales y, aun así, estar llena de curiosidad, vínculos, pensamiento, belleza y profundidad.

Agosto nos recordó que vivimos en una sociedad obsesionada con traducir el valor en cifras. Seguidores. Visualizaciones. Precios. Productividad. Rentabilidad. Reservas. Votos. Audiencias. Capitalización. Influencia.

Medimos porque medir nos ofrece una sensación de control. El problema es creer que únicamente existe aquello que podemos cuantificar.

Durante el mes hablamos en MISS POLÍTICA sobre el cuerpo, la presencia, la salud mental, las ideologías, el mundo interior, la inteligencia artificial, la cultura y el poder de construir una identidad reconocible. Hablamos de todo aquello que puede convertirse en capital, pero también de las cosas que pierden su significado cuando intentamos reducirlas a una transacción.

Y agosto terminó con un acuerdo petrolero entre Estados Unidos y Venezuela que nos dejó frente a una pregunta incómoda: ¿Puede un país ponerle precio a un recurso estratégico sin poner también en venta una parte de su capacidad de decidir?

Esta curaduría intenta leer agosto desde esa tensión.

La diferencia entre el precio y el valor.

Entre utilizar los recursos disponibles y permitir que esos recursos terminen decidiendo nuestro futuro. Entre tener mucho y saber qué merece la pena conservar.

Estas son las recomendaciones del mes.

M.


Un libro

Value(s): Building a Better World for All, de Mark Carney.

Values

Hay una idea central en este libro que ayuda a comprender buena parte de agosto: hemos permitido que el precio de mercado sustituya progresivamente nuestra definición de valor.

Mark Carney, economista, exgobernador del Banco de Canadá y del Banco de Inglaterra y actual primer ministro canadiense, explica cómo pasamos de tener economías de mercado a vivir dentro de sociedades de mercado.

La diferencia es importante.

En una economía de mercado, el mercado es una herramienta que utilizamos para producir, intercambiar y distribuir bienes. En una sociedad de mercado, la lógica de la transacción comienza a invadir prácticamente todos los ámbitos de la vida.

Terminamos evaluando la educación según su rentabilidad laboral, la cultura según su capacidad para generar audiencias, la política según su rendimiento electoral y la naturaleza según los beneficios que podemos extraer de ella.

Incluso las relaciones comienzan a describirse mediante el lenguaje de la inversión: cuánto aportas, cuánto recibes, cuánto tiempo debes dedicar y qué retorno emocional obtienes.

Carney no propone eliminar los mercados. Su argumento es que los mercados funcionan mejor cuando están contenidos dentro de una sociedad capaz de decidir cuáles son sus valores. Porque el mercado puede indicarnos cuánto cuesta algo, pero no puede decirnos si deberíamos venderlo.

Puede calcular el precio del petróleo venezolano, pero no decidir qué grado de control extranjero debería aceptar Venezuela sobre su principal recurso estratégico.

Puede estimar el valor comercial de una obra creada mediante inteligencia artificial, pero no resolver qué significa la autoría.

Puede convertir nuestra atención en ingresos publicitarios, pero no calcular el coste psicológico y cultural de vivir permanentemente distraídos.

Value(s) propone recuperar principios como la solidaridad, la responsabilidad, la resiliencia, la sostenibilidad, la justicia y la humildad. No como palabras decorativas para informes corporativos, sino como criterios capaces de limitar las decisiones económicas y políticas.

Es el libro de agosto porque nos recuerda algo elemental: no todo lo que produce beneficios produce bienestar y no todo lo que carece de precio carece de valor.


Un artículo

The End of Reading Is Here, de Rose Horowitch, en The Atlantic.

illustration with cover of book 'Anna Karenina' disintegrating into digital noise on black background
Imagen de The Atlantic

El artículo comienza con una hipótesis inquietante: quizá la era de la lectura masiva no sea una conquista irreversible, sino una breve excepción dentro de la historia humana.

Durante décadas asumimos que la alfabetización avanzaría de forma prácticamente inevitable. Más personas aprenderían a leer, más libros circularían y cada generación tendría un acceso mayor al conocimiento.

La tecnología parecía destinada a acelerar ese proceso.

Sin embargo, la abundancia de información no ha producido necesariamente una mayor capacidad para leerla, comprenderla o cuestionarla.

Podemos acceder a millones de textos y, al mismo tiempo, tener cada vez más dificultades para sostener la atención sobre uno solo.

El artículo analiza el deterioro de la lectura profunda, especialmente entre estudiantes, y plantea que estamos entrando en una cultura posalfabetizada: una sociedad en la que muchas personas técnicamente saben leer, pero utilizan cada vez menos esa habilidad para relacionarse con ideas complejas.

No hemos dejado de consumir palabras.

Leemos mensajes, titulares, captions, comentarios, notificaciones y fragmentos. Lo que estamos perdiendo es la capacidad de permanecer dentro de un argumento, tolerar la dificultad, recordar lo leído y permitir que una idea modifique lentamente nuestra manera de pensar.

Esto debería importarnos políticamente.

Leer no es únicamente una actividad cultural, se ha convertido en una infraestructura democrática.

Una sociedad incapaz de leer textos largos se vuelve más dependiente de intermediarios que simplifiquen la realidad. Necesita que alguien le diga qué significa una ley, un acuerdo internacional, una propuesta económica o un conflicto geopolítico. Y quien simplifica también selecciona, jerarquiza y encuadra.

Si la lectura profunda termina convertida en una práctica minoritaria, la desigualdad cultural dejará de consistir solamente en quién puede acceder a la información. Consistirá en quién conserva las herramientas cognitivas necesarias para comprenderla.

El artículo se conecta directamente con una de las grandes ideas que trabajamos en MISS POLÍTICA durante agosto: una vida cultivada necesita atención.

No basta con acumular referencias, comprar libros o guardar artículos. La cultura comienza cuando permitimos que algo nos detenga el tiempo suficiente como para transformarnos.

Aquí puedes leer el artículo.

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