Lo que julio nos dejó.
Una curaduría estratégica para leer julio y entender por qué la pertenencia fue refugio, espectáculo y frontera.
Podemos estar de acuerdo en que 2026 será un año que no nos dejará indiferentes. Y julio fue uno de esos meses en los que millones de personas parecieron, simultánemente, tener la necesidad de preguntarse de forma muy explícita qué significa pertenecer.
Y si los meses pudiesen resumirse en una palabra, creo que la de julio sería: pertenencia.
Julio nos mostró hasta qué punto somos capaces de expresar nuestra pertenencia a un país, a una selección, a una ideología o a una comunidad, y también lo que significa pertenecer al “lado correcto de una frontera”.
Julio fue la mezcla perfecta de alegría y caos.
Vimos estadios llenos, himnos nacionales, camisetas siendo portadas con orgullo, desconocidos abrazándose después de un gol, ingleses cantando Wonderwall mientras los jugadores se rendían ante su fanaticada, sorprendidos ante la fuerza de una canción que, al menos durante unos minutos, consiguió convertir una multitud en un solo cuerpo.
Pero vimos también personas nadando hacia territorio europeo, niños durmiendo en la calle, fronteras militarizadas, discursos sobre invasiones y gobiernos europeos decidiendo quién puede ser considerado una amenaza.
Esa fue la gran contradicción del mes.
Mientras el Mundial se terminaba y celebraba la capacidad humana de imaginar comunidades, Ceuta nos recordó que toda comunidad también construye límites.
Este mes nos dijo: todo “nosotros” produce, tarde o temprano, un “ellos”.
La pertenencia es una de las necesidades humanas más profundas, pero cabe que nos hagamos una pregunta: ¿la convertimos en encuentro, identidad y cuidado o la utilizamos para justificar superioridad, exclusión y miedo?
Julio también nos obligó a pensar en las ideologías.
Durante el mes hablamos en MISS POLÍTICA sobre por qué la división entre izquierda y derecha ya no basta para comprender el mundo. Las posiciones políticas contemporáneas están atravesadas por tensiones mucho más complejas: apertura y cierre, libertad y control, tradición y cambio, élites y outsiders.
Una persona puede defender políticas económicas liberales y desear fronteras cerradas. Puede reivindicar la justicia social y, al mismo tiempo, mostrar intolerancia hacia quien piensa distinto. Puede declararse cosmopolita y apoyar medidas que convierten determinados pasaportes en condenas geográficas.
Por eso julio fue un mes sobre las formas en que construimos el “nosotros”.
Sobre las canciones que nos unen, los relatos que nos hacen sentir parte de algo y sobre las fronteras físicas, emocionales y políticas que levantamos para decidir quién puede acompañarnos dentro.
Esta curaduría intenta leer julio desde esa tensión: el deseo de pertenecer y el peligro de convertir la pertenencia en una forma de expulsión.
Estas son las recomendaciones del mes.
Empecemos.
M.
Un libro
Comunidades imaginadas, de Benedict Anderson.
Si hubiera que escoger un libro para comprender julio, sería este.
Benedict Anderson propuso una de las definiciones más influyentes sobre la nación: una comunidad política imaginada.
“Imaginada” no significa falsa. Significa que nunca conoceremos personalmente a la mayoría de las personas que forman parte de nuestro país y, aun así, sentimos que existe algo que nos une a ellas. Compartimos símbolos, canciones, recuerdos, fechas, derrotas, victorias, mitos y una idea más o menos estable de quiénes somos.
El Mundial es quizá uno de los lugares donde esa comunidad imaginada se hace más visible.
Durante noventa minutos, personas que no comparten clase social, religión, ideología, profesión, ciudad o estilo de vida se colocan la misma camiseta y desean lo mismo. Una nación que durante el resto del año puede sentirse fragmentada aparece momentáneamente representada por once jugadores.
Por eso el fútbol es una hermosa ceremonia de pertenencia.
Cada victoria parece confirmar que ese “nosotros” existe y cada derrota se experimenta como una herida compartida.
Pero Anderson también nos ayuda a comprender Ceuta.
Las naciones se imaginan como comunidades limitadas. Tienen fronteras. No pretenden incluir a toda la humanidad y por eso necesitan definir dónde termina el territorio propio y dónde comienza el ajeno.
La misma comunidad que puede sentirse hermosa cuando canta en un estadio puede volverse violenta cuando cree que alguien amenaza sus límites.
La nación puede ser afecto, memoria y cuidado, pero también puede ser vigilancia, exclusión y miedo.
Leer Comunidades imaginadas después del Mundial y de la crisis de Ceuta permite comprender que los países se sostienen, entre otras cosas, fuertemente mediante relatos. Y quien controla el relato de quiénes somos tiene una enorme capacidad para decidir quién puede formar parte de ese “nosotros”.
Un artículo
“World Cup 2026: the last acceptable nationalism”, de Ilan Kapoor, en The Loop.
Este artículo plantea la siguiente pregunta:
¿Es el Mundial uno de los pocos lugares donde el nacionalismo todavía puede mostrarse públicamente sin pedir disculpas?
Durante el torneo aceptamos comportamientos que, en otros contextos, podrían inquietarnos.
Llenamos las calles de banderas. Hablamos de honor nacional. Convertimos a un equipo en representación de millones de personas. Celebramos la derrota de otro país. Repetimos que “somos mejores”. Lloramos frente a un himno. Depositamos sobre deportistas individuales la obligación de reparar frustraciones históricas… y todo esto se interpreta como parte del juego.
El Mundial ofrece una versión aparentemente amable del nacionalismo: colorida, comercial, festiva y limitada por noventa minutos, pero debajo del espectáculo permanecen preguntas políticas fundamentales.
Veamos algunas:
¿Quién puede representar a una nación?
¿Por qué un jugador nacido en otro país es celebrado como símbolo nacional cuando marca un gol, pero vuelve a ser tratado como extranjero cuando falla?
¿Qué idea de país proyecta una selección diversa cuando una parte de su sociedad rechaza esa misma diversidad fuera del estadio?
¿Dónde termina el orgullo nacional y comienza la fantasía de superioridad?
El artículo importa porque no reduce el fútbol a propaganda ni condena automáticamente la emoción colectiva. Su valor está en mostrar que el Mundial no suspende la política; de hecho, la vuelve visible.
También deja una advertencia que conviene destacar: el problema comienza cuando el amor por una selección necesita construir un enemigo; cuando, para sentir orgullo propio, debemos humillar al otro; cuando confundimos identidad con pureza y pertenencia con exclusividad.
Julio nos enseñó que el nacionalismo puede cantar, pero también puede cerrar fronteras.
Vimos las luces y las sombras de esta ideología.
Una publicación de MP
Cómo hablar de ideologías sin recurrir al básico derecha–izquierda.
Si tuviera que rescatar una publicación de MISS POLÍTICA este mes, sería esta.
Porque julio confirmó algo que venimos diciendo desde hace tiempo: preguntar si una persona es de izquierda o de derecha ya no basta para comprender cómo piensa. Esa pregunta puede ofrecernos una coordenada, pero no un mapa.
No explica cómo entiende la libertad. No revela cuánto control está dispuesta a aceptar a cambio de seguridad. No nos dice qué piensa sobre las fronteras, la migración, la identidad nacional, el mercado, la tradición, el cambio cultural o la autoridad.
Tampoco explica por qué personas ubicadas teóricamente en el mismo espacio ideológico pueden responder de forma completamente diferente ante una crisis.
El lenguaje político tradicional intenta ordenar estas tensiones dentro de dos categorías. Pero la realidad insiste en desbordarlas y justo por eso necesitamos preguntas más precisas.
Una canción
Wonderwall, de Oasis.
Wonderwall dejó de ser solamente una de las canciones más reconocibles de Oasis y se convirtió en la banda sonora no oficial de Inglaterra durante el Mundial.
Después de sus victorias, los jugadores se acercaban a la grada y miles de personas cantaban al mismo tiempo. La canción estaba entre las elegidas por Inglaterra para sonar en los estadios y terminó desplazando, emocionalmente, a otros himnos habituales de la selección. Harry Kane describió uno de esos momentos como uno de sus recuerdos favoritos con la camiseta inglesa, según Fox Sports.
Básicamente, cada equipo participante envía una lista de canciones a la FIFA que se tocan antes y después de los partidos. Inglaterra envió Wonderwall, Sweet Caroline de Neil Diamond y Hey Jude de The Beatles, en referencia a Jude Bellingham, que también se coló en los estadios porque tenemos que admitirlo: ¡Qué Mundial se hizo Jude!
Pero lo verdaderamente hermoso no era solo la canción. Era mirar a miles de personas rendidas ante el amor por su selección y por su país.
Y digo “rendidas” porque hay algo en esas imágenes que trasciende la estrategia, el marketing deportivo y la identidad de marca. Durante unos minutos, nadie parece estar calculando cómo se ve. Nadie intenta protegerse mediante la ironía y nadie siente vergüenza de emocionarse. Solo cantan.
Oasis es una de mis bandas favoritas y quizá por eso la escena me tocó de una manera especial. Pero creo que hay algo más.
Ver a un estadio entero cantar nos recuerda que los seres humanos seguimos necesitando rituales colectivos. Necesitamos canciones capaces de decir “estamos aquí” y “esto nos importa”. Necesitamos momentos en los que la pertenencia no se explica, solo se siente.
Eso también es patriotismo: miles de desconocidos cantando la misma frase y creyendo, durante unos minutos, que quizá una comunidad todavía es posible.
Hoy te regalo esa versión de Wonderwall: no la que se escucha a solas, sino la que existe cuando miles de voces deciden sostenerla juntas.
Y aquí, por supuesto, tienes la versión original.
Un podcast
Continúa leyendo con una prueba gratuita de 7 días
Suscríbete a MISS POLÍTICA para seguir leyendo este post y obtener 7 días de acceso gratis al archivo completo de posts.



