Lo que junio nos dejó: recomendaciones para pensar el duelo, el espectáculo y el poder
Una curaduría estratégica para leer junio más allá del ruido: catástrofes, Mundial, violencia, memoria, patria, atención colectiva y las preguntas que conviene llevarnos a julio.
Junio fue uno de esos meses en los que el mundo volvió a recordarnos que la historia a veces irrumpe como sacudida.
Junio vino en forma de mundial y en forma de madres buscando a sus hijos mientras el mundo mira una pantalla gigante. Vino a recordarnos que la violencia doméstica también puede esconderse detrás de una celebración nacional.
Junio también vino en forma de terremoto y con él, un país que duele más cuando estás lejos.
Junio nos dejó una lección difícil: no todo lo que ocupa la atención pública merece la misma lectura. Hay acontecimientos que entretienen, acontecimientos que organizan la emoción colectiva y acontecimientos que rompen la biografía de miles de personas en cuestión de segundos.
La pregunta, entonces, no es solamente qué pasó este mes, porque todos sabemos qué paso en su país y en el mundo.
La pregunta con la que vengo hoy, es:
¿Qué nos dice este mes sobre cómo funcionan las sociedades cuando celebran, cuando duelen, cuando miran hacia otro lado, cuando convierten la tragedia en contenido, cuando convierten el deporte en identidad nacional y cuando convierten la ausencia del Estado en una tarea que terminan sosteniendo los ciudadanos?
Junio nos obligó a mirar el mundo desde una tensión muy clara: el espectáculo y el duelo ocurriendo al mismo tiempo.
Mientras el Mundial 2026 abría como el torneo más grande de la historia, con 104 partidos en 16 sedes de tres países, también se activaban preguntas incómodas sobre seguridad, violencia, explotación, desapariciones, fronteras, identidad nacional y quién paga el precio de los grandes eventos globales.
Mientras millones miraban estadios, marcadores y celebraciones, Venezuela era golpeada por dos terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 el 24 de junio, apenas separados por 39 segundos, dejando destrucción, miedo, duelo y una sensación difícil de nombrar para quienes aman un país desde la distancia.
Por eso esta curaduría no busca cerrar junio con ligereza, porque sería intentar matizar una realidad que fue todo menos suave. Esta curadoría que te comparto hoy se trata de leer junio para entrar a un nuevo mes intentando recuperar un poco la lucidez que nos arrebataron a algunos.
Estas son las recomendaciones del mes.
M.
Un libro
La sociedad del espectáculo, de Guy Debord.
Si hubiera que escoger un libro para entrar a julio con una pregunta más afilada sobre el mundo, sería este.
No porque Debord explique todo. La verdad, ningún autor explica todo. Pero sí porque nos ofrece una clave fundamental para leer la época: vivimos en sociedades donde lo importante no solo ocurre, también debe ser visto, narrado, empaquetado, distribuido, monetizado y convertido en imagen.
El espectáculo no es solamente entretenimiento, es una forma de organizar la atención. Y junio fue un mes profundamente espectacular en ese sentido.
El Mundial no es solo fútbol. Es geopolítica, turismo, seguridad, marca país, masculinidad, consumo, narrativa nacional, soft power, patrocinio corporativo, infraestructura, vigilancia, alcohol, desplazamientos, pantallas y emociones colectivas.
Una catástrofe tampoco es solo un hecho natural cuando entra en el circuito mediático. Se convierte en imagen, en video, en cifra, en campaña, en duelo compartido, en disputa política, en prueba institucional, en algoritmo, en historia que conmueve durante unas horas y luego compite contra la siguiente urgencia.
Leer a Debord hoy no significa mirar el mundo con cinismo, sino mirarlo con más precisión. Porque parte del riesgo al que estamos expuestos hoy, es confundir visibilidad con comprensión.
Ver mucho no significa entender más. Estar expuestos a una tragedia no significa estar acompañándola de verdad. Consumir imágenes del dolor no es lo mismo que construir memoria, ayuda, responsabilidad o acción pública.
Junio nos dejó esa advertencia: una sociedad puede mirar algo todo el día y aun así no hacerse cargo de nada.
Un artículo:
“Violencia y explotación sexual: los graves costos del Mundial que asumen las mujeres, niñas, niños y adolescentes en México”, en El País.
Este artículo debería leerse con calma, precisamente porque incomoda el relato más limpio del Mundial.
Los grandes eventos globales suelen venderse como fiesta, unión, prosperidad, turismo, orgullo nacional, infraestructura y oportunidad económica. Y todo eso puede ser cierto, pero la lectura que como analista más que como estratega te invito a hacerle, empieza cuando nos preguntamos qué queda fuera del póster oficial.
Aquí algunas preguntas para empezar:
¿Quién trabaja más?
¿Quién es desplazado?
¿Quién queda más expuesto?
¿Quién corre más riesgo?
¿A quién se le exige celebrar mientras su realidad cotidiana se vuelve más vulnerable?
El País recogió alertas de ONU Mujeres y organizaciones civiles sobre el aumento de agresiones en contextos vinculados al consumo de alcohol y resultados de partidos, además de riesgos de explotación sexual y violencia contra mujeres, niñas, niños y adolescentes durante el Mundial.
La clave que me importa mucho que recuerdes: el fútbol no causa violencia. Eso sería una lectura pobre.
La clave es entender que ciertos contextos intensifican violencias que ya existían. El fútbol no inventa al agresor ni el Mundial no crea de la nada la desigualdad de género. Pero sí puede activar condiciones de riesgo: alcohol, euforia, frustración, masculinidad herida, impunidad, turismo masivo, explotación económica y normalización de ciertos comportamientos.
Ahí está el punto.
Los grandes espectáculos no suspenden las estructuras sociales, pero sí las amplifican.
Por eso este artículo importa. Porque nos recuerda que el análisis político no puede quedarse en la ceremonia de apertura, la marca país o la emoción de la grada. También tiene que mirar la cocina, la calle, el hotel, el refugio, la casa, la frontera, la fiscalía, la mujer que no está celebrando porque está intentando sobrevivir.
Cuando una sociedad celebra, también revela a quién protege y a quién deja solo.
Aquí tienes el articulo.
Una publicación de MP:
La geopolítica del duelo colectivo.
Si tuviera que rescatar una publicación de MISS POLÍTICA este mes, sería esta.
Porque junio nos obligó a pensar algo que muchas veces se siente antes de que se pueda explicar: cuando ocurre una catástrofe en un país, no solo se destruyen edificios, carreteras o infraestructuras. También se sacude una identidad.
Una tragedia nacional no ocurre únicamente en el territorio donde pasa, ocurre también en el cuerpo de quienes emigraron. En quienes están lejos y en quienes sienten culpa por estar a salvo. En quienes quieren volver a un lugar que duele porque, aun doliendo, sigue siendo suyo.
Esa es la parte que las noticias no alcanzan a explicar.
La catástrofe activa una forma muy particular de pertenencia. De pronto, la patria deja de ser una idea abstracta y se vuelve una llamada, una foto, un grupo de WhatsApp, una lista de desaparecidos, una grieta en una pared, una voz diciendo “estamos bien”, una culpa rara por vivir en otro país, una urgencia por ayudar y una rabia antigua contra todo lo que ya estaba roto antes del desastre.
El duelo colectivo también es geopolítico porque no todos los países duelen igual ante el mundo.
No todas las tragedias reciben la misma cobertura, no todos los muertos generan la misma indignación, no todos los desplazados son leídos con la misma humanidad, no todas las ruinas producen la misma respuesta internacional. Y ahí aparece una de las preguntas más duras de nuestra época: ¿quién tiene derecho a ser llorado públicamente?
Junio nos dejó una herida venezolana, pero también una pregunta latinoamericana: ¿qué pasa cuando los países que ya han sobrevivido a crisis políticas, económicas, migratorias y emocionales reciben además una catástrofe natural?
Pasa que el dolor no empieza desde cero. Pasa que la tierra tiembla sobre una sociedad que ya venía temblando.
Aquí puedes ver el post.
Una canción:
Latinoamérica, de Calle 13.
Hay canciones que no se escuchan igual todos los meses. En junio, Latinoamérica volvió a sonar como una especie de archivo emocional, al menos para mí.
No la recomiendo desde la nostalgia fácil ni desde el romanticismo automático de “ser latinoamericano”. La recomiendo porque en momentos de duelo regional, esta canción recuerda algo que a veces olvidamos: América Latina no es solo una categoría geográfica. Es una memoria compartida de belleza, saqueo, resistencia, desigualdad, ternura, rabia, migración, fiesta y pérdida.
Es una canción sobre lo que no se puede comprar.
Y en un mes donde vimos cómo el espectáculo global puede convertir territorios enteros en escenario, conviene recordar que hay cosas que no deberían convertirse tan rápido en mercancía: el dolor, la identidad, la tierra, la memoria, la gente.
Latinoamérica funciona porque no idealiza del todo. Tiene orgullo, sí, pero también tiene herida.
Y quizá eso explica por qué sigue tocando algo profundo. Porque muchas veces amar un país o una región no significa negar su dolor. Significa poder decir: esto me duele porque me pertenece. En junio, esta frase tuvo demasiado sentido para mí.
Pero quiero compartirte hoy mi versión favorita de esta canción: Calle 13 con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela y Gustavo Dudamel.
Recuerdo ver los Grammys y ver esa presentación y no sé por qué, pero esa canción me produjo una serie de emociones que no logro explicar todavía.
Yo, estudiante de sociología, con una formación mezclada entre los conservadores del Opus Dei y la izquierda de la socialdemocracia… Todavía no sabía que estaba mal en el mundo del todo, pero sabía que algo estaba mal y la injusticia sabía que me detonaba una herida que desde entonces no he logrado cerrar.
Hoy te regalo esta canción.
Un podcast:
Las madres del desierto, de Radio Ambulante.
Como complemento a las conversaciones que abrió el Mundial en México, recomiendo volver a este episodio de Radio Ambulante.
Cuenta la historia de Patricia Flores y de las Madres Buscadoras de Sonora, mujeres que salieron al desierto a buscar a sus hijos porque el Estado no les dio respuestas suficientes. El episodio explica cómo, frente a la ausencia institucional, muchas familias han tenido que organizarse, investigar, caminar, excavar y transformar el amor en método de búsqueda.
Este podcast importa especialmente este mes porque el Mundial puso a México en el centro de la atención global, pero muchas familias de personas desaparecidas aprovecharon precisamente esa visibilidad para recordar que detrás de la fiesta también existe una crisis humanitaria. Más de 135.000 personas desaparecidas y sus familiares, han usado la atención del Mundial para exigir memoria, búsqueda y justicia.
Esto es profundamente político, porque una madre buscadora rompe el guion oficial del espectáculo.
Mientras el Estado quiere mostrar orden, ella muestra ausencia.
Mientras la marca país quiere mostrar alegría, ella muestra una herida abierta.
Mientras la ciudad se prepara para recibir turistas, ella pregunta dónde están los hijos que nunca volvieron.
Las madres buscadoras son una de las figuras políticas más importantes de América Latina, aunque muchas veces no se las nombre así.
No tienen ejército, pero enfrentan territorios donde muchos no se atreven a entrar. No controlan instituciones, pero revelan sus fallas. No buscan poder en el sentido tradicional, pero producen una autoridad que ningún discurso oficial puede comprar.
Escuchar este episodio en junio es recordar que hay dolores que no desaparecen porque cambie la agenda mediática.
Y que a veces la memoria más poderosa no está en un monumento, sino en una mujer con una pala.
Un personaje:
Las madres buscadoras.
Sí, esta vez el personaje no es una sola persona. Es una figura colectiva.
Las madres buscadoras deberían ser leídas como uno de los grandes sujetos políticos de nuestro tiempo. No porque hayan querido convertirse en símbolo, sino porque el abandono institucional las empujó a ocupar un lugar imposible: buscar a sus hijos, investigar violencias, presionar al Estado, construir redes, cuidar a otras familias, disputar el silencio y sostener la memoria cuando casi todo alrededor parece diseñado para cansarlas.
En junio, antes del partido inaugural del Mundial en Ciudad de México, Amnistía Internacional pidió que se protegiera y escuchara a los colectivos de mujeres buscadoras que planeaban protestar para visibilizar la crisis de desapariciones en México. La organización recordó que había más personas desaparecidas en el país que asistentes previstos para el partido inaugural.
Esa comparación debería quedarse con nosotros porque dice algo sobre la escala del problema y sobre la forma en que opera la atención global.
Un estadio lleno puede verse desde todos los ángulos. Una fosa clandestina, no.
Una ceremonia de apertura puede tener patrocinadores, cámaras, música, drones, discursos y fuegos artificiales.
Una madre buscando a su hijo muchas veces solo tiene una pala, una pista anónima y una fe que no debería haber sido obligada a tener.
Por eso las madres buscadoras son el personaje de junio.
Porque nos recuerdan que la política también se ve en una ausencia. En una pregunta que nadie responde. En una mujer que se niega a aceptar que el silencio sea el final de la historia.
Una noticia:
Los terremotos en Venezuela.
La noticia que más nos atravesó este mes fue la de los terremotos en Venezuela.
El 24 de junio, dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 golpearon el norte del país, al oeste de Caracas. El USGS informó que ambos terremotos ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia y que el evento podía generar deslizamientos significativos en número o extensión.
Pero más allá de la cifra, más allá de la magnitud, más allá del dato técnico, lo que junio nos dejó fue una pregunta dolorosa: ¿cómo se procesa una catástrofe cuando el país ya estaba emocionalmente fragmentado?
Porque para quienes viven en Venezuela, el terremoto fue miedo inmediato, destrucción, incertidumbre, cuerpos, casas, hospitales, aeropuertos, calles y familias.
Para quienes están fuera, fue otra cosa además: impotencia. Fue mirar el teléfono como si el teléfono pudiera sostener un país. Fue querer estar allá y al mismo tiempo agradecer estar a salvo. Fue sentir culpa por el privilegio, rabia por la distancia, amor por lo propio, cansancio por lo que no se puede resolver y una necesidad casi física de ayudar aunque nada parezca suficiente.
Las catástrofes naturales no son políticas porque la tierra tenga ideología, son políticas porque sus consecuencias nunca se distribuyen de forma neutral.
No tiembla igual una ciudad con instituciones fuertes que una ciudad precarizada.
No se recupera igual una familia con ahorros que una familia sin red.
No atraviesa igual el desastre un país con confianza pública que un país agotado por años de crisis.
No pesa igual una grieta en la pared cuando ya había grietas sociales, económicas, sanitarias y emocionales.
Junio nos recordó que la naturaleza puede iniciar la emergencia, pero la política decide cuán vulnerable llega una sociedad a ese momento.
Y también nos recordó algo más íntimo: que la patria no es solo el lugar donde nacimos. A veces es el lugar que nos sigue doliendo incluso cuando ya no vivimos allí.
Antes de irte…
Junio nos dejó una advertencia difícil, pero necesaria: el mundo no se entiende separando la emoción de la estructura.
El duelo no es solo sentimiento. También es política.
El Mundial no es solo fútbol. También es poder.
La violencia no es un accidente aislado. También es sistema.
La desaparición no es solo ausencia. También es fracaso institucional.
La catástrofe no es solo naturaleza. También es desigualdad revelada.
La atención no es inocente. También es una batalla.
Por eso, en MISS POLÍTICA insistimos tanto en el criterio.
Porque el criterio nos permite mirar una ceremonia de apertura y preguntarnos qué queda fuera de cuadro.
Nos permite mirar una tragedia y no reducirla a contenido. Nos permite mirar una canción y entender por qué nos toca políticamente. Nos permite mirar a una madre buscadora y reconocer una autoridad que no necesita cargo. Nos permite mirar un país herido y entender que el amor por la tierra también puede ser una forma de pensamiento.
Junio no nos dejó una sola conclusión, nos dejó una incomodidad.
Y quizá es desde ahí es dónde intento recuerar la lucidez.
Hay meses que no se cierran del todo, hay meses que no se resumen. Hay meses que se quedan temblando dentro de nosotros, no para paralizarnos, sino para recordarnos que pensar bien también es una forma de acompañar mejor.
Nos leemos en julio.




