Esta reflexión llega desde un lugar mucho más sentido de lo habitual. La escribo con una mezcla de frustración, decepción y tristeza. De hecho, hoy me desperté pensando en que si te gusta la política, el 95% del tiempo estás destinada/o a experimentar estas emociones.
Cuando el lunes amanecimos con la noticia del terremoto en Colombia, pensé en que Latinoamérica es una región profundamente atravesada por dos fuerzas: sus desastres naturales y sus políticos.
Por supuesto que hay más factores. Están la desigualdad, la violencia, la fragilidad institucional, la corrupción, la pobreza y la dependencia económica. Pero hay algo especialmente doloroso en observar cómo, cuando ocurre una catástrofe, todos esos problemas terminan encontrándose en un mismo lugar.
Un terremoto es un fenómeno natural. El desastre, sin embargo, nunca es solamente natural.
La tierra tiembla, pero son las decisiones políticas las que determinan qué edificios resisten, qué hospitales continúan funcionando, qué carreteras permiten que llegue la ayuda, qué comunidades reciben atención primero, cuánto tiempo tendrá que esperar una familia para volver a vivir bajo un techo seguro y sobre todo, qué vidas que reconstruyen primero.
La naturaleza produce el movimiento, pero la política distribuye sus consecuencias.
El terremoto de magnitud 7,4 que golpeó Colombia el lunes ha dejado, mientras escribo estas líneas, al menos 250 personas fallecidas y comunidades enteras buscando sobrevivientes entre los escombros. Ha sido el terremoto más devastador que ha sufrido el país en este siglo. Las cifras continúan cambiando, porque también hay personas desaparecidas, edificios que todavía no han podido evaluarse y lugares a los que la ayuda llega con dificultad.
Y, mientras todo esto ocurría, distintos gobiernos ofrecían equipos de búsqueda, personal médico, perros entrenados, suministros y recursos. México, Brasil, Ecuador, Venezuela, Estados Unidos y otros países manifestaron rápidamente su disposición a colaborar. Ecuador, por ejemplo, ofreció un equipo de 47 rescatistas, además de perros entrenados y otros recursos.
Sin embargo, durante las primeras horas, el Gobierno colombiano comunicó que no necesitaba personal internacional para las labores de rescate y concentró sus solicitudes en insumos. México mantuvo preparado un equipo de especialistas a la espera de una autorización. Naciones Unidas confirmó que todavía no había recibido la solicitud formal necesaria para activar una respuesta más amplia. La cooperación comenzó a canalizarse posteriormente, después de horas especialmente valiosas en cualquier operación de búsqueda.
No digo esto para afirmar que la ayuda internacional siempre sea gestionada correctamente ni que la capacidad nacional deba ser despreciada. Tampoco porque crea que todos los ofrecimientos extranjeros son completamente desinteresados.
La ayuda también es geopolítica. Los países construyen influencia, reputación y alianzas a través de ella. Pero durante una tragedia la pregunta principal no debería ser qué imagen proyecta un gobierno al aceptar ayuda, porque el foco debería estar puesto en cuántas vidas todavía pueden salvarse.
Una emergencia no es el momento para demostrar autosuficiencia, coherencia ideológica o fortaleza nacional. Tampoco debería convertirse en un examen sobre quién es aliado, quién es adversario o qué gobierno resulta suficientemente aceptable para colaborar.
Una crisis no necesita heroísmo. Necesita eficacia. Necesita coordinación, humildad, empatía y civismo.
En América Latina, sin embargo, todavía tenemos una relación profundamente performática con el liderazgo. Nos hemos acostumbrado a dirigentes que necesitan aparecer al frente de cada operación, anunciar personalmente cada cifra, sobrevolar las zonas afectadas, ponerse una chaqueta institucional y prometer que nadie quedará solo.
La cámara se enciende. El líder llega. El reporte comienza. Y, durante algunos minutos, la tragedia se convierte en una escenografía del poder.
Ayer vi un video en el que Abelardo de la Espriella saludaba a los medios con una sonrisa enorme, instantes antes de ofrecer un reporte sobre el terremoto. No creo que una sonrisa aislada permita conocer la sensibilidad de una persona. Puede ser un reflejo, una reacción nerviosa o la costumbre de alguien que sabe que las cámaras están observando. Pero los gestos políticos importan.
Importan porque un dirigente no comparece únicamente para transmitir información. También representa emocionalmente al Estado. Le comunica a una sociedad si su dolor ha sido comprendido, si la urgencia es real y si quienes gobiernan son capaces de reconocer la gravedad del momento.
El problema no es una sonrisa en sí, porque repito, puede ser un acto inconsciente desde el nerviosismo. Pero cuando la sonrisa viene acompañada de un brazo alzado y el saludo de una reina de belleza, ya pasa a ser un acto performativo.
El problema es una cultura política que ha entrenado a sus dirigentes para actuar ante las cámaras, pero no necesariamente para habitar con sobriedad el sufrimiento colectivo.

