Imaginemos la escena. Un candidato termina un acto, mira a su equipo y recibe el diagnóstico habitual: el discurso fue impecable, el video está funcionando, la sala estaba llena. Todo parece indicar que la campaña avanza. Sin embargo, fuera de ese pequeño universo, hay personas que todavía no entienden qué cambiaría en su vida si ese candidato ganara.
Esa distancia me interesa mucho más que cualquier eslogan.
Porque una campaña puede parecer exitosa mientras está aprendiendo a perder. Puede perfeccionar su estética, profesionalizar sus redes y llenar su agenda sin corregir la pregunta equivocada sobre la que construyó toda su estrategia.
Hoy quiero proponerte que miremos las elecciones desde ese lugar: los errores que resultan cómodos para quienes compiten por el poder, pero costosos cuando llega el momento de pedir confianza fuera de su círculo habitual. También nos sirven a quienes votamos, porque entender una campaña permite reconocer cuándo alguien está intentando representarnos y cuándo simplemente está administrando nuestra atención.
El primer error es despreciar al electorado que todavía no te elige.
Hay un gesto que empobrece cualquier análisis: explicar el voto ajeno como una prueba de ignorancia. Quien lo hace se concede superioridad moral y se ahorra el trabajo de investigar. Pero el desprecio tiene una consecuencia estratégica: vuelve invisibles las razones del otro.
Una persona puede compartir parte de tu diagnóstico y desconfiar de tu capacidad. Puede rechazar a tu adversario y temer más tu propuesta. Puede valorar una política que tú consideras secundaria. Conviene averiguar qué está protegiendo cuando vota antes de decidir que no comprende sus propios intereses.
La pregunta clave sería: ¿qué sabe esa persona de su vida que mi campaña todavía no ha entendido?
Ese problema se agrava cuando un candidato pretende corregir la experiencia cotidiana con estadísticas.
Los indicadores importan. También importa explicar qué miden y qué dejan fuera. Una mejora del empleo puede convivir con dificultades para pagar el alquiler. Que la inflación se modere no significa que los precios regresen a su nivel anterior.
Si alguien expresa agotamiento y recibe una presentación triunfalista, probablemente perciba que su problema ha quedado fuera del relato. La responsabilidad política exige reconocer esa distancia, explicar sus causas y proponer actuaciones comprobables. Escuchar una frustración tampoco obliga a respaldar cualquier interpretación de ella.
Otro error consiste en asumir que todas las sociedades están pidiendo cambio.
La palabra resulta tan seductora que algunos equipos la convierten en diagnóstico universal. Sin embargo, también se vota para conservar algo: una prestación, una estabilidad, una expectativa que apenas empieza a sentirse posible.
En México, Claudia Sheinbaum ganó las presidenciales de 2024 con cerca del 60 % de los votos y una propuesta explícita de continuidad del proyecto de López Obrador. Ese resultado impide tratar el desgaste del oficialismo como una ley inevitable. No demuestra que la continuidad siempre gane ni explica, por sí solo, aquella elección.
Antes de prometer que vas a cambiarlo todo, necesitas entender qué considera la ciudadanía que merece seguir existiendo. Una oferta de renovación puede despertar miedo si amenaza aquello que otras personas viven como una conquista.
También conviene abandonar la fantasía de que ser visto equivale a ser elegido.
Un video puede circular porque entusiasma, porque indigna o porque resulta involuntariamente cómico. Los comentarios más intensos tampoco representan necesariamente las opiniones más extendidas. Y una audiencia puede incluir a miles de personas que ni siquiera participan en esa elección.
La visibilidad abre una posibilidad. Después queda comprobar qué se ha entendido, qué confianza produce y si existe disposición a votar. Mezclar estas preguntas permite presentar cifras espectaculares mientras se desconoce lo esencial. Yo desconfiaría de cualquier informe de campaña que celebre alcance sin examinar rechazo, credibilidad y apoyo.
La obsesión por la atención conduce, además, a vivir dentro de la agenda del adversario.
Responder cada provocación puede producir una sensación de combate permanente. Entretanto, el otro decide de qué se habla y tú aplazas la explicación de tu propio proyecto. Una campaña necesita criterio para distinguir una acusación que exige respuesta de una polémica que consume tiempo.
Criticar al rival puede ser necesario. Convertirlo en la única razón para pedir el voto deja pendiente una pregunta decisiva: ¿qué ocurriría después de derrotarlo? Si la respuesta es vaga, el rechazo compartido está sosteniendo una alianza cuya duración nadie debería dar por asegurada.


