MISS POLÍTICA

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Lo que una campaña electoral dice de nosotros.

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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may 27, 2026
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Hay momentos en los que una campaña electoral deja de ser solamente un momento cumbre en la historia política de un país y empieza a parecerse demasiado a un espejo.

No un espejo limpio, no uno diseñado para devolvernos una imagen favorecedora de lo que somos como sociedad. Más bien uno incómodo. Uno que no nos pregunta únicamente por quién vamos a votar, sino por qué nos convence lo que nos convence. Por qué nos emociona lo que nos emociona y por qué seguimos premiando ciertas formas de hablar del poder, de representar al pueblo, de vender la esperanza y de administrar el miedo.

Este domingo Colombia irá a elecciones presidenciales y, como suele pasarme cada vez que un país atraviesa un momento político importante, he estado pensando menos en los candidatos como individuos y más en lo que sus campañas revelan sobre la sociedad que las recibe.

Porque una campaña nunca es solamente lo que un candidato quiere decir, una campaña también es lo que una sociedad está dispuesta a escuchar.

Y quizá por eso estos días me han dejado una sensación extraña. Una mezcla de cansancio, tristeza política y lucidez incómoda. Veo campañas cada vez más previsibles, más populistas, más obsesionadas con ganar atención que con construir destino. Veo candidatos hablando de “mano dura” como si eso fuera un proyecto de país. Veo discursos que reducen problemas estructurales a frases que caben en una pancarta, en un reel, en un titular o en una consigna.

Pero decir que un país necesita mano dura no es un plan para un país.

Puede ser una emoción. Puede ser una demanda nacida del miedo, del agotamiento o de la sensación de abandono. Pero no es un plan. Un plan exige responder preguntas menos cómodas: ¿mano dura contra quién?, ¿con qué instituciones?, ¿bajo qué controles?, ¿con qué presupuesto?, ¿con qué política social?, ¿con qué justicia?, ¿con qué horizonte?, ¿con qué límites para que el remedio no termine convirtiéndose en otra forma de enfermedad?

Pero esas preguntas casi nunca caben en campaña… y quizá ahí está parte del problema.

La campaña electoral contemporánea parece diseñada para no pensar demasiado. Son diseñadas para reaccionar, para elegir un bando antes que una idea, sentir antes que comprender, odiar antes que escuchar y para consumir política como se consume entretenimiento: con estímulo, identificación, estética, lealtad y cansancio.

Y aquí viene la pregunta que más me incomoda: ¿Qué dice de nosotros que estas sean las campañas presidenciales que nos bombardean?

Porque es fácil mirar a los candidatos con superioridad moral. Es fácil decir que son superficiales, que no tienen proyecto, que apelan al miedo, que usan símbolos baratos, que convierten la política en una puesta en escena cada vez más pobre. Todo eso puede ser cierto, pero también es incompleto.

Los candidatos no hablan en el vacío y los estrategas no diseñan campañas para una sociedad imaginaria.

Las frases se prueban, los gestos se miden, los colores se analizan, los miedos se segmentan, las consignas no llegan al público porque sí. Llegan porque alguien sabe, o cree saber, que van a calar en algún lugar de la psique colectiva. Que van a activar una herida, a darle forma a un resentimiento, que van a simplificar una angustia y que van a convertir una incertidumbre en identidad política.

Una campaña electoral, en ese sentido, no solo revela el proyecto del candidato sino que mide la temperatura emocional de una sociedad.

Nos dice qué teme, qué desea, qué castiga, qué nostalgia está dispuesta a comprar y qué tipo de mentira necesita para sobrevivir a su propio desencanto.

Quizá por eso me impacta tanto ver campañas cada vez más baratas políticamente hablando, incluso cuando el dinero que se mueve en una campaña presidencial es inimaginable para la mayoría de las personas. Porque no estamos hablando de precariedad material. Estamos hablando de precariedad simbólica. De una pobreza de imaginación política que se disfraza de estrategia y de una renuncia a la profundidad que se justifica en nombre de la eficacia.

Lo vimos también en Ecuador, cuando una parte de la campaña se movió alrededor de la imagen de Daniel Noboa casi como si se tratara de una celebridad: figuras de cartón de tamaño real, objetos promocionales, estética de fan club, atractivo físico convertido en recurso político. Y no digo esto desde el desprecio a lo visual. Quienes me leen saben que creo profundamente en el poder de los símbolos, de la estética, de la presencia y del lenguaje. La política siempre ha tenido teatro. Siempre ha tenido cuerpo, voz, gesto, ritual y es una de las cosas que más disfruto de este mundo.

Lo que detesto profundamente es cuando la estética reemplaza al pensamiento, cuando veo que la presencia de un candidato se convierte en el único argumento. El problema es cuando todo eso se usa para impedir que nos hagamos la pregunta más importante: ¿Qué país se está proponiendo realmente?

Quizá una de las grandes tragedias de nuestra época es que hemos confundido visibilidad con proyecto. Que algo se vea mucho no significa que piense mucho y que algo circule no significa que tenga profundidad. Que algo emocione no significa que pueda gobernar y sin duda, que algo se vuelva viral no significa que pueda sostener una sociedad.

Y, sin embargo, ahí seguimos.

Premiando el gesto más inmediato, compartiendo la frase más agresiva, aplaudiendo al candidato que “dice las cosas como son”, aunque muchas veces eso solo signifique decirlas sin cuidado, sin complejidad y sin responsabilidad.

María Zambrano escribió que el pensamiento nace también de una herida, de una forma de padecer el mundo. Y quizá por eso la política debería ayudarnos a elaborar lo que sentimos, no solo a explotarlo. Una campaña populista no triunfa únicamente porque un candidato manipula. Triunfa también porque hay una sociedad herida que quiere una respuesta simple a un dolor complejo.

Y esto no lo digo con soberbia. Lo digo con ternura y con preocupación. Porque cuando un país vive con miedo, cuando una familia ha sido extorsionada, cuando una madre siente que su hijo no está seguro o una comunidad no puede confiar en el Estado, cuando la justicia tarda demasiado y el futuro parece cada vez más estrecho, es muy fácil que la política de la fuerza parezca una forma de amor.

“Alguien por fin va a poner orden.”

“Alguien por fin va a hacer algo.”

“Alguien por fin va a castigar a los culpables.”

Esa necesidad de orden no debe ser ridiculizada, sería cruel hacerlo. La gente no pide seguridad porque sea autoritaria por naturaleza. Muchas veces la pide porque está cansada de vivir a la intemperie.

Pero justamente por eso una democracia madura debería ofrecer algo más que consignas endurecidas. Debería ofrecer seguridad sin deshumanización, orden sin arbitrariedad, autoridad sin espectáculo, justicia sin venganza y Estado sin crueldad.

Porque un país no se gobierna con una mandíbula apretada.

Un país se gobierna con cabeza, estructura, sensibilidad, instituciones y una visión de futuro que no dependa únicamente del enemigo que se promete derrotar.

Y aquí es donde también siento que quienes trabajamos, analizamos o enseñamos estrategia política deberíamos hacer un mea culpa.

Porque muchas veces hablamos de ética en congresos de comunicación política. Hablamos de democracia, responsabilidad, narrativas sanas, construcción de ciudadanía. Nos sentamos en auditorios elegantes, usamos palabras sofisticadas, citamos casos internacionales, aplaudimos paneles sobre la importancia de no alimentar la polarización. Y luego vemos a algunos de esos mismos estrategas diseñando campañas que son exactamente lo contrario: campañas absurdamente antipolíticas, vaciadas de proyecto, llenas de miedo, cinismo, ataques, manipulación emocional y teatralidad sin pensamiento.

Y entonces la pregunta aparece sola: ¿Cuándo hablamos de esto de verdad?

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