Tenemos el deber de ver a quienes llegan en busca de ayuda como seres humanos, no como una masa anónima.
Angela Merkel, discurso ante el Parlamento Europeo, 7 de octubre de 2015.
Hay una frase que no pensé que iba a escribir: nunca me había incomodado ser extranjera. Hasta ahora.
No es que nadie me haya dicho esta semana «vete a tu país» en una calle de Madrid. Me pasó en algún país de América, sí. Pero no aquí. Europa siempre ha sido mi lugar seguro y esta ciudad, una de mis favoritas en el mundo, me ha dado cosas que no pedí y que ni siquiera sabía que quería. Por eso me cuesta reconocerlo: hace unas semanas les contaba que he empezado a sentir que debo medir mis palabras para no incomodar a alguien que podría recordarme que estoy de paso.
He pensado que llevar una etiqueta que diga que mi familia paterna es de Lisboa y que mi padre nació en Lisboa, podría ayudar, pero la verdad es que ese tipo de etiquetas siempre me han incomodado.
Quizá sea la exposición pública la que me impide no pensar en esto. No lo voy a negar: leer los comentarios sobre las protestas en Francia no han sido el mejor ejercicio de paz mental. Esos comentarios fueron justamente lo que me hizo escribir esto.
A veces el miedo empieza antes de que alguien pronuncie la frase. Empieza cuando una anticipa que una conversación puede terminar así; cuando piensa dos veces si debe hablar, ocupar espacio o discrepar. Esa incomodidad silenciosa es lo que me ha dejado pensando esta semana.
Llevamos días hablando en MISS POLÍTICA de las protestas en Francia. El fin de semana, las calles de varios países europeos volvieron a llenarse de personas enfadadas y preocupadas por su futuro. No todas esas protestas son contra la inmigración, ni quiero describirlas así: sus causas incluyen el coste de la vida, la educación, los servicios públicos y la vivienda. Pero, en medio de ese descontento, la inmigración reaparece como explicación para todo. Como si nombrar al extranjero bastara para entender por qué las cosas no funcionan.
En MISS POLÍTICA, algunas personas nos piden que digamos algo en contra de la inmigración, que tomemos distancia, que señalemos a los migrantes como culpables. Llegan argumentos, opiniones y exigencias, como si pudieran cambiar una decisión editorial y, sobre todo, personal. Pero no van a cambiar lo que pienso desde el lugar concreto que ocupo: también soy migrante.
Lo digo sin fingir que nunca he sentido vergüenza o cansancio ante actitudes de personas de mi propio país. Muchas veces he renegado de una parte de la migración venezolana, de comportamientos que me molestan o de maneras de estar que no comparto. Puedo criticarlos, pero ni por un segundo he pensado que los venezolanos sean lo peor que existe. Una conducta puede señalarse sin convertir a millones de personas en una condena colectiva. ¿Por qué esa distinción desaparece cuando hablamos de otros?
Cuando escucho que los musulmanes son lo peor, pienso en mis amigos musulmanes, a muchos de los cuales conocí en Berlín, mi ciudad favorita. No los recuerdo como una excepción que deba corregir un prejuicio. Los recuerdo como personas: con sus historias, contradicciones, humor, vidas yt con sus propias definiciones de lo que significa ser musulmán. No deberían tener que ser mis amigos para que alguien se resista a reducirlos a una amenaza.
Cuando leo que la culpa es de los extranjeros, siento que me han incluido en esa frase aunque no me nombren. No puedes hablar de los migrantes como un problema ajeno delante de mí, sin sacarme de la ecuación. Y dentro de esa categoría hay una jerarquía: el desprecio suele caer con más fuerza sobre las personas musulmanas, árabes y africanas; a los latinoamericanos a veces nos toca otro estatus, pero esa diferencia no nos vuelve inmunes. Solo deja claro que la pertenencia puede abrirse o cerrarse según quién seas, cómo hables y cuánto agradezcas que te hayan dejado entrar.
Quizá esta conversación me incomoda más porque vengo de un país que también ha sido casa de muchas migraciones. En el colegio donde estudié, siete de cada diez estudiantes venían de familias que habían llegado de Europa, Oriente Medio u otros países latinoamericanos. Y no recuerdo escuchar a un venezolano decir que los de afuera venían a quitarnos el empleo. Como venezolana, aprendí a convivir con los de adentro y los que venían de afuera porque la verdad, es que al final, todos éramos “de aquí”… y eso es algo que siempre me ha parecido increíble.
No pretendo convertir un recuerdo de infancia en una teoría sobre todo un país. Solo ahora, al sentirme expuesta a este debate desde el otro lado, me doy cuenta de lo que daba por sentado.
Si me preguntas de quién es la culpa, no diré que es de los inmigrantes. Si alguien comete un delito, debe responder por lo que hizo; su origen no lo exime. Pero una persona que cruza una frontera no es responsable, por existir, de que falten viviendas, de que una escuela no tenga recursos, de que los salarios no alcancen o de que los servicios públicos estén al límite. Eso corresponde a los gobiernos y a las decisiones que han tomado, o que han evitado tomar.

