MISS POLÍTICA

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¿Puede una persona ser desleal y tener virtud política?

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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jun 24, 2026
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Ayer me traicionaron.

Y lo escribo así, sin adornarlo demasiado, porque hay dolores que pierden dignidad cuando uno intenta maquillarlos con lenguaje elegante. Ayer viví un acto de deslealtad por parte de alguien del equipo de MISS POLÍTICA. Alguien que no era solamente “parte del equipo”, porque cuando construyes algo desde cero, cuando has puesto cuerpo, mente, horas, obsesión, miedo y amor en un proyecto, las personas que entran en ese espacio dejan de ser simples piezas funcionales. Al menos para mí.

Quizá ese ha sido uno de mis errores. O una de mis virtudes. Todavía no lo sé.

MISS POLÍTICA siempre ha sido mi espacio seguro. El espacio que, en teoría, también intento que sea seguro para los demás. Un lugar que construí sin tener completamente claro en qué se convertiría, ni mucho menos en lo que se está convirtiendo. Un lugar que empezó como una intuición, como una necesidad de hablar de política sin cinismo barato, de sociedad sin superioridad moral, de cultura sin frivolidad vacía. Un espacio donde hemos hablado de incoherencia social, de poder, de virtud, de ambición, de clase, de sororidad, de justicia, de cultura política, de criterio. Un espacio donde hemos repetido, quizá con orgullo y quizá también con ingenuidad, que así como nos ven, así somos.

Y yo sigo creyendo que es cierto. Creo genuinamente que, en la mayor parte del tiempo, así somos.

Pero la vida siempre te recuerda que la coherencia no se demuestra cuando todo está bien. La coherencia se demuestra cuando hay algo que perder, algo que ocultar, algo que manipular y algo que aprovechar.

La coherencia no se prueba en el discurso, se prueba en la tentación.

Y quizá por eso una traición duele tanto. Porque no es solamente lo que la otra persona hizo. Es lo que ese acto revela. Es esa sensación casi física de tener que mirar hacia atrás y preguntarte: ¿en qué momento no vi esto? ¿En qué frase se me escapó? ¿En qué gesto estaba la respuesta? ¿En qué minuto confundí cercanía con lealtad, disponibilidad con compromiso y cariño con respeto?

Cuando una traición viene de alguien que no te importa, molesta. Pero cuando viene de alguien a quien le tienes cariño, duele el triple. Porque lo que se rompe no es solo la confianza sino una versión de la realidad que tú habías construido con esa persona dentro.

Y si me conoces un poco, sabes que hablo mucho sobre la lealtad. No como una palabra bonita de esas que se ponen en las biografías o en las presentaciones de marca. Para mí, la lealtad es uno de mis no negociables en la vida. Uno de esos principios que no admiten demasiadas notas al pie.

Por supuesto, eso lo aprendí después de vivir actos desleales. Uno no nace necesariamente sabiendo cuáles son sus principios irrenunciables. A veces los descubre cuando alguien los pisa.

Y si eres como yo, una persona más bien exclusiva, de pocos amigos, selectiva con los vínculos, cuidadosa con la intimidad y quizá por eso más entregada a las relaciones que decide cultivar, la lealtad no es un extra, es una condición de existencia. No necesito que todo el mundo me quiera. No necesito que todo el mundo se quede. No necesito que todo el mundo me entienda. Pero sí necesito que quienes decidan entrar en mi mundo entiendan que hay una línea que no se cruza.

La lealtad no significa obediencia ciega y mucho menos sumisión. No significa estar de acuerdo conmigo en todo y no significa no señalarme errores. De hecho, una persona leal también te contradice, te confronta, te detiene cuando estás a punto de equivocarte. La lealtad no es servilismo, es cuidado.

Y quizá por eso me dolió tanto.

Porque la deslealtad no siempre llega en medio de una discusión. A veces llega con buenos modales, con justificaciones. A veces llega envuelta en discurso, en victimismo, en argumentos, en supuestas buenas intenciones. A veces llega de personas que hablan de justicia, de sensibilidad, de empatía, de mundo mejor. Y ahí es donde aparece la pregunta que me estuvo persiguiendo ayer en la noche, o más bien hoy en la madrugada.

Eran las tres y tantos de la mañana. Yo intentaba dormir, pero mi cabeza seguía repasando escenas, palabras, silencios, incoherencias. Y en medio de ese monólogo mental, no desde la calma sino desde el reclamo, me pregunté:

¿Cómo puede alguien sentarse durante una hora a hablar de injusticia, de lo mal que está el mundo, de lo cruel que puede ser la sociedad, y luego actuar con deslealtad en el espacio más cercano?

¿Cómo alguien puede tener discurso moral y, al mismo tiempo, fallar en una virtud tan básica?

¿No debería la lealtad ser también una virtud política?

¿No debería extenderse a todas las áreas de la vida?

Y entonces apareció la pregunta que inspira esta carta: ¿Puede una persona ser desleal y tener virtud política?

No lo sé. O quizá sí lo sé, pero me duele aceptarlo.

Creo que vivimos en una época donde muchas personas quieren tener postura política sin cultivar carácter. Quieren hablar de justicia sin practicar justicia en sus vínculos. Quieren denunciar abusos de poder sin revisar las pequeñas formas en las que ellas mismas ejercen poder de manera descuidada, interesada o cruel y exigir responsabilidad pública, pero no sostienen responsabilidad íntima.

Y esa es una de las grandes incoherencias de nuestro tiempo: creemos que la política empieza en el Estado, en los partidos, en las elecciones, en los discursos presidenciales, en las guerras culturales, en las instituciones. Pero la política también empieza en cómo tratas a quien confió en ti. En cómo hablas de alguien cuando no está. En qué haces con la información que otra persona te entregó desde la confianza. En cómo actúas cuando tienes la posibilidad de ser desleal y nadie te está mirando.

La política no es solamente el arte de gobernar sociedades, también es el arte de administrar poder. Y todos administramos poder.

En una amistad. En un equipo. En una relación. En una comunidad. En una empresa. En un proyecto. En una conversación privada. En un silencio.

Por eso me cuesta creer en la virtud política de alguien que no entiende la lealtad como principio. Porque la virtud política no puede ser únicamente una opinión correcta sobre los grandes problemas del mundo. No basta con indignarse ante la injusticia global si luego reproduces la injusticia en el metro cuadrado que sí depende de ti.

Aristóteles entendía la virtud no como un gesto aislado, sino como un hábito. No eres virtuoso porque un día hiciste algo correcto. Eres virtuoso porque has educado tu carácter para actuar bien incluso cuando sería más fácil actuar mal.

Y ahí está el punto.

La virtud no es estética… la virtud es disciplina.

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