Nacer niña en el Afganistán de hoy es comenzar la vida a siglos de distancia de la prosperidad que una pequeña parte de la humanidad ha logrado.
Kofi Annan
Conferencia del Premio Nobel, 2001.
Hace cinco años vimos cómo Estados Unidos abandonaba Afganistán en una de las retiradas más impresionantes de la historia reciente. Y no en el buen sentido.
Vimos personas aferrándose a aviones. Familias intentando atravesar el aeropuerto de Kabul. Diplomáticos destruyendo documentos. Mujeres escondiendo sus títulos universitarios. Periodistas borrando fotografías. Madres preguntándose qué parte de la vida de sus hijas debían comenzar a ocultar.
Mientras los talibanes entraban en Kabul, una parte de la comunidad internacional quiso creer que aquel regreso sería distinto. Que veinte años de presencia occidental habían transformado lo suficiente a la sociedad afgana. Que los nuevos talibanes necesitarían reconocimiento, inversión y legitimidad y que, por tanto, moderarían su comportamiento.
También quisimos pensar que se trataba de una pesadilla pasajera.
Cinco años después, la primera lección es tremendamente incómoda: lo provisional puede convertirse en permanente cuando quienes deberían impedirlo aprenden a convivir con ello.
Los talibanes no han moderado su proyecto, lo han institucionalizado.
Durante estos cinco años, las autoridades de facto han aprobado más de cien decretos dirigidos contra las mujeres y las niñas. Las adolescentes no pueden continuar en la escuela secundaria. Las mujeres no pueden asistir a la universidad. Su acceso al trabajo, la justicia, la salud, los parques, los medios de comunicación y el espacio público ha sido limitado de manera sistemática.
La movilidad de muchas mujeres está subordinada a la presencia de un mahram, un familiar varón. La mitad de las afganas entrevistadas por ONU Mujeres afirma que sale de casa apenas una o dos veces al mes.
No estamos hablando solamente de discriminación, sino de la construcción administrativa de la desaparición.
Pero incluso la palabra “desaparición” exige cuidado. Las mujeres afganas no han dejado de existir, de pensar, de enseñar clandestinamente, de organizarse o de resistir. Decir que han desaparecido por completo puede terminar concediéndole al régimen una victoria que todavía no ha conseguido. Han sido expulsadas de la vida pública, pero no han renunciado a ella.
La segunda lección es que los derechos no avanzan de forma automática.
Durante décadas nos enseñaron a imaginar el progreso como una línea ascendente: más educación produciría más autonomía; más instituciones generarían más democracia; más contacto con el mundo haría imposible regresar al pasado. Bueno, Afganistán demuestra que los derechos pueden ser revocados con una velocidad mucho mayor que aquella con la que fueron conquistados.
Una niña que tenía siete años cuando los talibanes regresaron al poder está llegando ahora a la edad en la que deberá abandonar la escuela. Para ella, el veto no es una interrupción, es el único orden político que ha conocido.
Y cuando una prohibición alcanza a una generación completa, comienza a transformar lo que una sociedad considera imaginable.
Hablamos —con razón— de las niñas. Sin embargo, hablamos mucho menos de los niños y adolescentes afganos.
Esto no significa equiparar sus experiencias. Las niñas soportan una exclusión explícita y radical por razón de género. Pero un régimen que encierra a las mujeres tampoco educa hombres libres.
El sistema educativo afgano atraviesa una crisis que afecta a ambos. UNICEF y UNESCO estiman que más de 2,13 millones de niños en edad de primaria están fuera de la escuela. Más del 90 % de los niños de diez años no puede leer un texto sencillo. La matriculación masculina en secundaria está estancada y la presencia de hombres en la educación superior cayó un 40 % entre 2019 y 2024.
Los niños pueden entrar en las aulas, pero eso no significa que estén recibiendo una educación capaz de ofrecerles pensamiento crítico, posibilidades económicas o libertad.
Además, crecen dentro de un sistema que les concede autoridad sobre las mujeres antes de enseñarles qué hacer con ella. Algunos se convierten, siendo todavía adolescentes, en acompañantes obligatorios de sus madres o hermanas. Otros deben asumir el papel de proveedor en hogares golpeados por la pobreza. Aprenden que proteger puede significar vigilar y que ser hombre implica decidir quién puede salir, estudiar o hablar.
El régimen talibán no solo disciplina el cuerpo femenino, sino que también fabrica una masculinidad funcional a su proyecto político y lo repito: que poco se habla de esto.
Esta es una dimensión que deberíamos observar con más atención: cuando se elimina a las mujeres del espacio público, no se conserva intacta la vida de los hombres. Se deforma toda la sociedad.
La tercera lección tiene que ver con la comunidad internacional.

