Reflexión política | Cuando los libros arden, el alma también.
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Hi Ruler,
Estaba pensando que el 22 y el 23 de abril son de mis días favoritos del año. El 22 es el Día de la Tierra, de nuestra Pachamama y el 23, es el día para celebrar y reflexionar a mis compañeros de vida: los libros. Te cuento esto porque estaba escuchando el episodio del podcast sobre la prohibición y la quema de libros y recordé esta reflexión que escribí después de grabar ese episodio.
Y quiero compartírtela.
Si estás leyendo esto, es porque los libros, de alguna manera, también han marcado tu vida (y si no es el caso, sigue leyéndome, quizá te inspires). Nos enseñaron a imaginar, a pensar por fuera del molde, a soñar mundos que no existían… todavía.
Pero hoy no quiero solo celebrar los libros. Hoy quiero escribirte sobre los libros que no están.
Los que fueron prohibidos, mutilados, escondidos o directamente quemados.
Hoy quiero hablarte del fuego.
Del fuego que no calienta ni ilumina, sino que consume.
Porque cuando un libro se quema, no solo desaparecen palabras.
Se intenta borrar ideas, identidades, memorias, esperanzas.
Y si un libro puede incendiarse, también puede encender algo.
La lectura como acto de libertad
Desde que era niña supe que leer era una forma de volar sin permiso. Mientras el mundo pedía obediencia, los libros me ofrecían caminos. Caminos hacia otros tiempos, otras geografías, otras formas de ser mujer, de ser persona, de habitar este mundo tan injusto y tan bello a la vez.
Leer es, todavía hoy, el acto de rebeldía más elegante que conozco.
Por eso, en tiempos donde la censura vuelve a disfrazarse de corrección, donde se silencian autores, se cancelan voces y se prohíben libros en escuelas por “ser inapropiados” o “demasiado incómodos”, escribir esta carta es un acto de amor… pero también de advertencia.
La historia nos ha enseñado que cuando se empieza por los libros, se sigue con las personas.
La quema de libros: un crimen contra la memoria
En el año 1933, en la Alemania nazi, ardieron miles de libros en plazas públicas. Las llamas no solo consumieron a Marx, Freud o Einstein, sino también a autores judíos, críticos del régimen, poetas, dramaturgos, voces incómodas.
Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler, no solo ordenó la quema: la celebró.
Porque entendía el poder simbólico del fuego. Porque sabía que no hay nada más peligroso para una dictadura que una persona que piensa por sí misma.
Pero esta escena no es exclusiva del nazismo.
☛ En la Antigua China, durante la dinastía Qin, el emperador Shi Huang ordenó quemar todos los libros de filosofía y poesía que no estuvieran alineados con su ideología.
☛ Durante la Inquisición, las hogueras también fueron para los libros: se incineraron textos científicos, manuscritos heréticos, literatura considerada "obscena".
☛ En 2001, en Afganistán, los talibanes destruyeron miles de libros, discos, películas y obras de arte por considerarlas “impuras”.
☛ Y hoy, en pleno siglo XXI, en estados como Texas o Florida (sí, en Estados Unidos), se han retirado de las escuelas libros que hablan de racismo, feminismo, sexualidad o historia LGBTQ+.
Lo que cambia es el pretexto. Lo que no cambia es el miedo.
El miedo al pensamiento libre.
¿Por qué se prohíben libros?
Continúa leyendo con una prueba gratuita de 7 días
Suscríbete a MISS POLÍTICA para seguir leyendo este post y obtener 7 días de acceso gratis al archivo completo de posts.


