Reflexión política | Cuando una empresa nos dice quién debe ser el villano.
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Estamos en ese momento de la historia en que una noticia tecnológica debe leerse como una confesión política.
Sí, te estoy hablando del manifiesto de Palantir.
No me interesa traerlo aquí porque hable de inteligencia artificial, de defensa, de Silicon Valley o de seguridad nacional, aunque habla de todo eso. Me interesa porque, en el fondo, lo que estamos viendo no es solo a una empresa diciendo qué tipo de software quiere construir, ni a un CEO explicando qué cree que debe hacer Occidente en el siglo XXI. Lo que estamos viendo es algo más profundo, más incómodo y más civilizatorio: una empresa diciéndonos abiertamente qué mundo considera defendible, qué cultura considera superior, qué tipo de ciudadano considera útil, qué clase de poder considera legítimo y, quizá lo más peligroso de todo, quién debe ocupar el lugar del villano en nuestra historia colectiva.
Y cuando una empresa deja de hablar únicamente de eficiencia, innovación o rentabilidad y empieza a hablar de civilización, decadencia, enemigos, defensa moral, sacrificio, cultura superior y futuro de Occidente, ya no estamos frente a un producto sino a una cosmovisión.
Palantir publicó en X un manifiesto de 22 puntos que resume las ideas centrales de The Technological Republic, el libro de Alexander Karp y Nicholas Zamiska, donde defienden que Silicon Valley debe abandonar la comodidad de las aplicaciones de consumo y volver a colaborar estrechamente con el Estado, especialmente en defensa, seguridad e inteligencia artificial. El propio sitio del libro plantea que Silicon Valley “ha perdido el rumbo” y que sus mejores mentes deberían comprometerse con los grandes desafíos nacionales y geopolíticos de Estados Unidos y sus aliados.
Pero la pregunta que quiero hacernos hoy no es si Palantir tiene derecho a pensar así. Por supuesto que lo tiene. La pregunta tampoco es si las empresas tienen ideología. Claro que la tienen. Siempre la han tenido. Una marca nunca es solo una marca. Una empresa nunca es solo una empresa. Toda organización que produce, comunica, contrata, financia, diseña, excluye, mide, clasifica o decide participa de una visión del mundo, incluso cuando intenta presentarse como neutral. La neutralidad, muchas veces, es solo la ideología que ha ganado suficiente poder como para dejar de nombrarse a sí misma.
La pregunta verdaderamente política es otra:
¿Qué pasa cuando quienes construyen la infraestructura invisible del poder empiezan también a escribir el guión moral de la sociedad?
Porque eso es lo que me parece tan relevante del caso Palantir.
No estamos hablando de una marca de moda diciendo que ahora la elegancia es minimalista, ni de una plataforma de streaming diciéndonos qué serie debemos ver este fin de semana, ni de una empresa de cosmética vendiéndonos una nueva idea de belleza, aunque todas esas cosas también tienen implicaciones culturales. Estamos hablando de una compañía de software y análisis de datos que trabaja con gobiernos, defensa, inteligencia, seguridad y grandes instituciones públicas y privadas, una empresa cuyo propio perfil oficial explica que construye plataformas de software e inteligencia artificial utilizadas por agencias de defensa e inteligencia de Estados Unidos y países aliados, además del sector comercial.
Y ahí cambia todo.
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