Reflexión política | El amor, la vergüenza y el algoritmo: por qué tener novio se volvió un acto político
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Hi Thinker,
Esta semana, Vogue UK lanzó un artículo que incendió las redes con una pregunta aparentemente banal:
¿Tener novio es vergonzoso ahora?
La autora observaba algo que muchas mujeres ya intuían: cada vez que alguien dice “my boyfriend” en voz alta —en una historia, en una entrevista o en un video de TikTok— se activa un pequeño reflejo de incomodidad. Un gesto sutil, entre la ironía y la vergüenza.
Como si, de repente, amar a alguien se hubiera convertido en un acto que debe explicarse, justificarse o, al menos, ocultarse detrás de un filtro estético.
No se trata del amor en sí.
Se trata del lugar simbólico del amor en una era donde todo lo que mostramos es una declaración pública, un movimiento estratégico, un pedazo de reputación.
Lo interesante de este debate no está en si “tener novio” está bien o mal, sino en lo que revela del modo en que vivimos la política del yo.
Porque hoy, incluso lo íntimo tiene consecuencias públicas.
Y porque, querámoslo o no, lo sentimental también es una forma de poder.
I. La incomodidad como síntoma cultural
Decir “mi novio” en 2025 no es solo una frase.
Es un marcador social.
Una palabra que activa imaginarios, juicios y lecturas sobre quién eres, qué tipo de mujer eres, y cómo administras tu autonomía.
En otro tiempo, la pareja era un símbolo de ascenso social.
Tener marido significaba estabilidad, éxito, cumplimiento de un rol.
El amor era el lenguaje aceptado de la feminidad adulta.
Hoy, sin embargo, esa narrativa se erosiona.
Las mujeres —sobre todo las jóvenes urbanas y las creadoras digitales— han empezado a asociar la pareja tradicional con la pérdida de independencia, la dilución del deseo propio o, más directamente, con una estética pasada de moda.
Lo paradójico es que no es una reacción espontánea.
Es una consecuencia de haber internalizado durante años que la identidad debe ser un proyecto individual, autosuficiente y monetizable.
En la economía de la visibilidad, el amor no se mide por intensidad, sino por impacto.
Y toda relación se vuelve un cálculo: ¿esto me suma o me resta capital simbólico?
II. La pareja como narrativa (y no como vínculo)
Cuando Emma Watson dijo que estaba self-partnered, muchos lo tomaron como una frase aspiracional.
Pero, sociológicamente, era un síntoma.
Significaba que la soltería había dejado de ser una etapa transitoria para convertirse en una identidad política y estética.
Una forma de pertenecer al nuevo orden moral del siglo XXI: el de la autosuficiencia.
El amor romántico, con sus rituales y dependencias, no desapareció.
Solo dejó de ser rentable.
Porque sí: en el ecosistema de las redes sociales, la independencia es un producto más fácil de vender que la entrega.
Una mujer enamorada, acompañada o estable no necesariamente produce tensión narrativa.
Y la tensión es el alma del contenido.
Por eso, muchas figuras públicas —actrices, escritoras, influencers, incluso periodistas— optan por una estética de ambigüedad:
publican una mano, un vaso compartido, un paisaje doble, pero nunca un rostro.
No es pudor; es estrategia.
Mostrar demasiado amor puede parecer básico.
Ocultarlo, en cambio, crea un aire de misterio que mantiene la atención.
El algoritmo aprendió que el deseo vende más que la felicidad.
III. El yo neoliberal y la independencia performática
Hay algo profundamente político en cómo gestionamos la intimidad.
Bourdieu hablaba del capital simbólico como ese conjunto de atributos que generan reconocimiento y poder.
En la era de Instagram, ese capital se traduce en visibilidad, deseabilidad y coherencia narrativa.
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