Reflexión política | El dilema de querer un mundo en orden y vivir gobernados por ególatras.
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Hi Thinker,
Hay una contradicción silenciosa que atraviesa nuestro tiempo.
La vemos cada día en los titulares, en las redes sociales, en las conversaciones políticas y, sobre todo, en esa sensación difusa de que el mundo parece moverse demasiado rápido hacia lugares cada vez más inciertos.
Queremos orden.
Pero vivimos gobernados por ególatras.
Y esa tensión, aunque rara vez la nombramos, define gran parte de la política contemporánea.
No es un fenómeno nuevo. La historia está llena de líderes que confundieron su destino personal con el destino de los pueblos que gobernaban. Pero lo que sí es relativamente nuevo es la forma en que esa tensión se manifiesta hoy: en un mundo hiperconectado, emocionalmente polarizado y gobernado por liderazgos cada vez más performativos.
Esta semana pensé mucho en eso.
La guerra que se desarrolla en Medio Oriente entre Israel, Estados Unidos e Irán es, por supuesto, un conflicto geopolítico de enorme complejidad. Tiene capas históricas, estratégicas, religiosas y económicas. Ningún análisis serio puede reducirlo a un solo factor.
Pero hay algo más profundo que se filtra en medio de ese conflicto: la sensación de que las decisiones que afectan a millones de personas están siendo tomadas en un clima político donde el ego pesa tanto como —o incluso más que— la estrategia.
Hace apenas unos días se conocieron informaciones sobre negociaciones que estaban encaminadas hacia un nuevo acuerdo con Irán. Algunos analistas señalaron que el marco que se estaba discutiendo podía ser incluso más robusto que el acuerdo nuclear alcanzado durante la administración Obama.
No sabemos hasta qué punto esas negociaciones habrían prosperado. La diplomacia internacional siempre está llena de variables invisibles. Pero lo que sí sabemos es que la decisión final no fue la diplomacia.
Fue la guerra.
Donald Trump optó por una escalada militar que culminó con ataques directos y con la muerte del líder supremo iraní. Una decisión que, más allá de cualquier evaluación moral sobre el régimen iraní —que sin duda tiene un historial profundamente problemático— abre preguntas incómodas sobre el tipo de orden internacional que estamos construyendo.
Porque aquí es donde aparece el dilema.
Muchos ciudadanos, incluso en democracias liberales, celebraron esa acción.
La justificaron como una medida necesaria para proteger al mundo de un régimen peligroso. Y, sin embargo, algo en esa reacción colectiva debería incomodarnos. No porque debamos simpatizar con el régimen iraní. No se trata de eso.
La incomodidad surge cuando una parte del mundo celebra que un país asesine al líder de otro país —sin un proceso internacional claro, sin evidencia pública concluyente que justifique la urgencia de esa acción, y sin un consenso global que respalde esa decisión— simplemente porque creemos que el resultado es conveniente para nuestro bando.
Es una reacción comprensible desde el punto de vista emocional, pero profundamente peligrosa desde el punto de vista político.
La política internacional siempre ha estado llena de cinismo. El realismo político —desde Maquiavelo hasta Kissinger— nos recuerda que los Estados no actúan movidos por altruismo, sino por intereses.
Pero incluso en ese mundo cínico existían reglas implícitas. Había ciertos códigos.
En ajedrez hay una regla simbólica que siempre me ha parecido fascinante: el rey no captura al rey.
No es que no puedan enfrentarse. Toda la partida gira alrededor de ellos.
Pero hay algo casi ceremonial en la forma en que ese enfrentamiento se resuelve. La derrota ocurre por posición estratégica, no por el asesinato directo del monarca rival.
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