MISS POLÍTICA

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Reflexión política | ¿El feminismo ha ido muy lejos?

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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feb 18, 2026
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Hi Thinker,

Esta semana en el episodio del podcast, nos hicimos una pregunta que, en ciertos espacios, ya no se puede hacer en voz alta sin que alguien frunza el ceño: ¿el feminismo ha ido demasiado lejos?

La pregunta no nace del rechazo. Nace del análisis. Y, sobre todo, nace de la responsabilidad intelectual que implica tomarse en serio los movimientos que han transformado el mundo.

Porque el feminismo lo ha hecho.

Ha cambiado leyes.
Ha cambiado mentalidades.
Ha cambiado la vida cotidiana.
Ha cambiado el mercado laboral.
Ha cambiado la cultura.

Y, sin embargo, en 2026 estamos frente a una paradoja inquietante: cuanto más presente está el feminismo en instituciones, universidades, medios y empresas, más dividido está el debate público en torno a él.

Como socióloga, me interesan las tensiones.
Como analista política, me interesan las consecuencias.
Como mujer, me interesan las contradicciones.

Desde ya quiero decirte que esta carta no es una consigna. Es una reflexión.


El feminismo nunca fue una sola cosa

Uno de los errores más frecuentes en la conversación actual es hablar de “el feminismo” como si fuera un bloque monolítico, coherente y lineal.

No lo ha sido nunca.

El feminismo liberal luchó por derechos civiles y jurídicos.
El feminismo socialista vinculó la opresión de género con el sistema económico.
El feminismo radical cuestionó la estructura cultural profunda.
El feminismo posmoderno introdujo el lenguaje, el discurso y la identidad como campos centrales de batalla.

Pensadoras como Simone de Beauvoir entendían que la mujer no nace, sino que se hace: una afirmación profundamente política, pero también profundamente existencial. Más adelante, autoras como Bell Hooks insistieron en que el feminismo debía ser interseccional y crítico del poder en todas sus formas.

Lo interesante es que todas estas corrientes tenían algo en común:
no eran cómodas.
no eran dogmáticas.
no eran homogéneas.

Discutían entre ellas.

Había tensión.
Había desacuerdo.
Había autocrítica.

En 2026, en cambio, una versión específica del feminismo —urbana, institucionalizada, altamente moralizada— ha logrado instalarse como la narrativa dominante en muchos espacios culturales. Y cuando una narrativa se vuelve hegemónica, inevitablemente empieza a producir silencios.

Ahí es donde empieza mi inquietud.


Todo movimiento político exitoso atraviesa una transformación: pasa de ser oposición a convertirse en estructura.

El feminismo no es la excepción.

Durante décadas, fue una herramienta crítica frente al poder. Hoy, en muchos contextos, es también un marco moral que define qué discursos son legítimos y cuáles no.

Y aquí ocurre un desplazamiento sutil pero profundo: la discusión deja de ser política y se vuelve moral.

No debatimos estrategias.
No discutimos prioridades.
No analizamos efectos secundarios.

Evaluamos personas.

Se instala una lógica binaria:
aliada o traidora.
consciente o alienada.
feminista correcta o feminista problemática.

Desde la sociología del poder, esto es un síntoma claro de institucionalización. Cuando un movimiento deja de tolerar la crítica interna, empieza a comportarse como estructura cerrada.

No porque el feminismo sea “malo”, sino porque el poder —sea cual sea su origen— tiende a protegerse.

La pregunta incómoda es esta: ¿Qué ocurre cuando un movimiento emancipador empieza a ejercer control simbólico?


La política de la victimización

Aquí entramos en terreno delicado.

Reconocer desigualdades estructurales no es opcional: es un hecho histórico y social. Las mujeres han enfrentado y enfrentan formas reales de discriminación, violencia y exclusión.

Pero otra cosa distinta es convertir la victimización en identidad permanente.

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