Reflexión política | El gusto y el malestar de la cultura.
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Hi Thinker,
Hay algo profundamente revelador en la conversación que se ha generado alrededor de Bad Bunny. No por él, sino por nosotros. Por cómo reaccionamos. Por cómo discutimos. Por cómo necesitamos posicionarnos frente a algo que, en teoría, ni siquiera nos gusta.
No escribo esto como fanática incondicional ni como defensora automática de nada. Lo escribo como observadora. Como alguien que estudia cultura, poder y comportamiento social. Y como alguien que ayer tuvo una conversación que me dejó pensando más de la cuenta.
Alguien me dijo: Me quedo con que sí tienes buen gusto musical escuchando The Beatles.
Y yo respondí con total honestidad:
Me encantan The Beatles. Mi banda favorita es Queen. He llorado con la novena sinfonía de Beethoven. He estudiado letras como si fueran tratados políticos. Y también he disfrutado el último álbum de Bad Bunny. Y sí, bailo reguetón también.
Lo curioso no fue la frase. Fue la lógica detrás de ella.
La idea implícita de que el gusto musical es una jerarquía moral. La sensación de que hay un “arriba” y un “abajo”. La sospecha de que reconocer valor en algo popular implica traicionar algo “elevado”.
Ahí está el malestar.
No es Bad Bunny.
Es lo que representa.
Hay algo que me fascina: muchas de las publicaciones que critican a Bad Bunny, incluyendo las de MISS POLÍTICA, se vuelven virales precisamente por quienes dicen detestarlo. Gente que afirma que no lo soporta, que no entiende su éxito, que considera su música vulgar o sobrevalorada… y sin embargo comparte, comenta, reacciona, amplifica y lo mantiene en la conversación.
¿Por qué hacemos eso?
¿Por qué sentimos la necesidad de intervenir en aquello que supuestamente no nos interesa?
En redes sociales no comentamos solo para dialogar. Comentamos para posicionarnos. Para marcar distancia. Para señalar que no pertenecemos a eso. El comentario negativo no es solo rechazo:, sino que están funcionando como una afirmación y reafirmación identitaria.
Yo no soy de ese tipo de personas.
Yo no consumo eso.
Yo tengo otro nivel.
Y sin embargo, ahí estamos, contribuyendo al algoritmo, aumentando el alcance, participando en la conversación.
Hay algo profundamente irónico en eso.
Vivimos en una cultura que recompensa la reacción más que la reflexión. Lo que indigna se mueve más rápido que lo que matiza. Lo que molesta genera más interacción que lo que simplemente se disfruta. Y Bad Bunny —como fenómeno— es perfecto para eso: despierta amor y rechazo con la misma intensidad.
Pero quiero ir un poco más profundo.
¿Por qué incomoda tanto que alguien que ama a The Beatles pueda reconocer el talento de Bad Bunny?
¿Por qué parece que tenemos que elegir bando?
La cultura no es una línea recta donde avanzamos de lo simple a lo complejo. No es una escalera donde arriba está la “alta cultura” y abajo la “popular”, aunque sí que se nos ha hecho creer que así es. Pero la verdad es que es un ecosistema. Y en un ecosistema caben muchas capas al mismo tiempo.
Continúa leyendo con una prueba gratuita de 7 días
Suscríbete a MISS POLÍTICA para seguir leyendo este post y obtener 7 días de acceso gratis al archivo completo de posts.


