MISS POLÍTICA

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Reflexión política | El problema no es admitir que hay racistas. El problema es aceptar que el mundo está hecho para que el racismo parezca normal.

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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abr 22, 2026
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El pasado sábado 18 de abril, en la Puerta del Sol de Madrid, durante un acto de apoyo a María Corina Machado, se escuchó un cántico racista dirigido a Delcy Rodríguez: “¡Fuera la mona!”. Carlos Baute se sumó al grito y, dos días después, publicó un video disculpándose, diciendo que se había dejado llevar por la emoción y repitiendo una de las frases más viejas, más gastadas y más inútiles de este debate: “no soy racista”. La Embajada de Venezuela en España condenó lo ocurrido y lo definió como una forma de violencia política basada en misoginia y racismo, subrayando además que llamar “mona” a una mujer es un acto de deshumanización.

Hay escenas que no deberían dejarnos dormir tranquilos, no por su espectacularidad sino por su banalidad, por esa forma tan peligrosa en la que caben dentro de la vida pública sin que a demasiada gente le tiemble la voz, y eso fue exactamente lo que me pasó con ese episodio, porque no vi solo a un cantante pidiendo disculpas torpemente después de haber participado en un insulto racista, sino algo bastante más incómodo: vi el resumen de una cultura política y social que todavía cree que el racismo existe solo cuando aparece con uniforme, con una consigna explícita, con un programa de exclusión escrito en mayúsculas, y no cuando sale de la boca de gente que se considera decente, familiar, creyente, democrática e incluso víctima.

Y esa es, quizá, una de las razones por las que nos ha costado tanto deconstruir este prejuicio: porque durante demasiado tiempo hemos querido pensar el racismo como una anomalía moral y no como una tecnología social, como una desviación de algunas personas malas y no como un lenguaje incrustado en los hábitos, en el humor, en la sensualidad del poder, en los códigos estéticos, en la imaginación nacional, en la jerarquía de los cuerpos y en la manera en que aprendimos a nombrar a quienes consideramos cercanos, deseables, civilizados o gobernables.

Cuando hablé de esto en las historias de Instagram de MISS POLÍTICA me llegaron mensajes directos de personas de distintos países contando cómo se vive el racismo en sus ciudades, en sus escuelas, en sus oficinas, en sus familias, en los medios y en la política. Y entonces me hice una pregunta que ya no me parece exagerada, sino brutalmente honesta: ¿Existe realmente un país que se libre del racismo? No sé si existe. Lo que sí sé es que la evidencia internacional no invita al optimismo ingenuo. Naciones Unidas recuerda que el racismo y la discriminación racial ocurren todos los días y afectan el progreso y la dignidad de millones de personas en el mundo; y la propia oficina de derechos humanos de la ONU insiste en que el racismo sistémico exige respuestas sistémicas, no simples declaraciones de buena voluntad.

Quizá por eso he pensado que tal vez estamos teniendo mal la conversación. Tal vez ya no basta con preguntarnos si una persona, un famoso, un partido, un país o una sociedad “es racista” como si buscáramos una confesión individual para cerrar el caso, porque la pregunta más útil, más política y también más difícil sería otra: ¿Qué pasaría si aceptáramos que el mundo, tal como está organizado, funciona racialmente?

¿Qué pasaría si en lugar de seguir protegiendo la autoestima moral de nuestras sociedades empezáramos a observar cómo el prejuicio viaja en las bromas, en las preferencias, en la distribución del prestigio, en quién merece empatía y quién merece sospecha, en quién parece sofisticado y quién “vulgar”, en quién es leído como competente y quién como amenaza?

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