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Reflexión política | El suicidio: un espejo político de nuestras sociedades.

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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sep 10, 2025
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Hi Ruler,

El 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. Es un tema que, por lo general, preferimos dejar en los márgenes: demasiado doloroso, demasiado incómodo, demasiado difícil de mirar de frente. Pero justamente por eso quiero traerlo aquí, porque la política también se trata de nombrar lo innombrable, de iluminar las zonas oscuras que muchos prefieren ignorar.

El suicidio no es solo un drama íntimo. No es solo un asunto de salud mental —aunque por supuesto lo es—. El suicidio es también un hecho político, cultural y geopolítico. Es un espejo brutal que refleja quiénes somos como sociedades, qué sistemas hemos construido y qué vidas consideramos dignas de ser vividas.

Hoy quiero invitarte a pensar el suicidio desde tres ángulos: como síntoma político, como expresión de poder y como acto de resistencia. Tres caras de un mismo fenómeno que nos obligan a mirar más allá de lo individual para preguntarnos: ¿qué dice el suicidio sobre el mundo que hemos creado?


Empecemos por lo más incómodo: el suicidio como termómetro social.

Hace algunos años, mientras trabajaba un análisis sobre Asia, me encontré con una estadística que me persiguió durante semanas: Corea del Sur, uno de los países más desarrollados del planeta, tiene una de las tasas de suicidio más altas del mundo. El “milagro económico”, la potencia cultural del K-pop y la tecnología de punta conviven con la desesperanza cotidiana de miles de personas que deciden quitarse la vida cada año.

¿Cómo se explica esta paradoja?
La respuesta está en la presión: presión académica, presión laboral, presión social. Una cultura donde tu valor se mide en resultados, donde fallar no es una opción y donde la soledad urbana corroe silenciosamente.

Japón atravesó algo similar en los años 90, cuando la crisis económica disparó los suicidios hasta niveles históricos. En Grecia, durante la crisis de deuda y las políticas de austeridad, hubo un aumento dramático de suicidios en hombres mayores, incapaces de sostener a sus familias después de perderlo todo. En América Latina, las tasas más altas se concentran en comunidades indígenas y en poblaciones desplazadas por conflictos, violencia o pobreza.

En todos estos casos, el suicidio aparece como un síntoma político: un indicador de que algo en el contrato social está roto. No se trata solo de individuos que “no aguantaron más”, sino de sistemas que los dejaron sin red, sin opciones, sin horizonte.

Lo digo con claridad: cada suicidio es un fracaso político colectivo, no solo un problema personal.

Y sin embargo, seguimos tratando al suicidio como si fuera exclusivamente un asunto privado. Lo reducimos al lenguaje de la salud mental, de la psicología clínica, de la responsabilidad individual. Como si no existiera la precarización económica, la desigualdad, la violencia estructural, el abandono del Estado.

¿Qué pasaría si tratáramos el suicidio como un KPI político?
Así como medimos el PIB, el desempleo o la inflación, deberíamos medir también la capacidad de una sociedad para sostener la vida de sus ciudadanos. Porque los números de suicidios dicen más de la salud real de un país que muchos indicadores económicos.


El segundo ángulo es aún más perturbador: el suicidio no significa lo mismo para todos.

En la tradición samurái, el seppuku —suicidio ritual— era considerado un acto de honor. Un guerrero podía quitarse la vida para evitar la humillación de la derrota. Lejos de ser visto como fracaso, era visto como gesto de poder, de agencia, de dignidad.

En la Roma antigua, figuras como Séneca eligieron el suicidio como forma de escapar a la humillación política. La decisión de morir se leía como un acto de control frente al poder imperial.

Ahora pensemos en un adolescente en un barrio periférico de América Latina que se suicida por bullying o por falta de oportunidades. O en un campesino endeudado que se quita la vida porque no puede pagar sus deudas. ¿Cómo se narran esas muertes? No como gestos de poder, sino como fracasos, como síntomas de debilidad, como patologías individuales.

El suicidio, entonces, revela algo más: la geografía del poder. Quién tiene derecho a que su muerte sea interpretada como un acto de autonomía y quién queda reducido a estadística.

Cuando un CEO, un artista famoso o un político se suicida, se habla de “decisión trágica”, de “lucha interna”, incluso de legado. Cuando lo hace un campesino, un migrante o un indígena, rara vez se nombra. Y cuando aparece en las estadísticas, suele explicarse en clave de pobreza o marginalidad, no de poder.

Esto es brutal, pero necesario de decir: incluso en la muerte hay jerarquías. Incluso en el suicidio opera la desigualdad.

Preguntémonos:

  • ¿Por qué romantizamos el suicidio de las élites y estigmatizamos el de los marginados?

  • ¿Por qué aceptamos que algunos mueran “con dignidad” y otros sean invisibles?

La respuesta es clara: el poder decide qué muertes importan y cómo se narran.


El tercer ángulo es tal vez el más político: el suicidio como protesta.

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