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Reflexión política | Hemos ido muy lejos con el correccionismo político

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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feb 04, 2026
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Hi Thinker,

No sé exactamente en qué momento pasó. No hubo un día concreto ni una frase que lo marcara. Fue más bien un desgaste lento, acumulativo, casi silencioso. Como cuando una gota cae siempre en el mismo punto y, sin hacer ruido, termina por erosionar la piedra.

Durante mucho tiempo pensé que lo que me pasaba era falta de tolerancia. Que quizá estaba más sensible de lo normal. Que era parte del “precio” de estar en el espacio público, de opinar, de construir algo visible. Me repetía —como se repite un mantra moderno— que si no puedes con las críticas, no publiques.

Pero con el tiempo entendí que no todo lo que se llama crítica lo es. Y que lo que se ha normalizado en nombre del correccionismo político no es debate, ni conciencia social, ni ética: es, muchas veces, deshumanización.

Hemos ido muy lejos cuando dejamos de discutir ideas y empezamos a castigar personas.
Hemos ido muy lejos cuando una publicación que no gusta se convierte en una excusa para invalidar trayectorias completas, intenciones, valores y humanidad.
Hemos ido muy lejos cuando el desacuerdo ya no se expresa con argumentos, sino con sospechas morales.

Y sí, lo digo desde un lugar personal. Porque detrás de MISS POLÍTICA hay personas. Hay cansancio. Hay noches sin dormir. Hay preguntas que no siempre tienen respuesta. Hay una carga emocional que no se ve en un carrusel ni en un caption editorial.

Durante años defendí la conversación incómoda. La sigo defendiendo. Creo profundamente en el disenso, en el conflicto bien gestionado, en la fricción intelectual como motor de pensamiento. Pero lo que estamos viviendo en redes no es conversación. Es otra cosa. Es una dinámica de vigilancia permanente, donde cualquier matiz puede ser leído como traición y cualquier silencio como complicidad.

El correccionismo político, en su origen, tenía una intención legítima: evitar el daño, cuestionar abusos históricos, ampliar el lenguaje para incluir a quienes habían sido excluidos. Eso importaba. Importa.
Pero en algún punto, esa intención se deformó.

Hoy el correccionismo político funciona, muchas veces, como una estructura que no busca comprender, sino disciplinar. No pregunta, sentencia. No dialoga, etiqueta. No corrige ideas, expulsa personas.

Y eso tiene consecuencias psicológicas reales.

No se habla suficiente del agotamiento mental que produce estar siempre a la defensiva. De leer comentarios que no discuten lo que dices, sino quién eres. Que no cuestionan una tesis, sino tu legitimidad para existir en la conversación. Que no proponen un contrapunto, sino una condena moral.

Cuando alguien dice:
“De ti no me esperaba esto.”
“Con esa publicación te caíste.”
“Se nota de qué lado estás.”

No está hablando de ideas. Está reclamando lealtad ideológica. Está exigiendo alineamiento. Está marcando territorio simbólico.

Y eso, para quienes pensamos la política desde los matices, es profundamente agotador.

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