MISS POLÍTICA

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Reflexión política | Izquierda y derecha explicada para fanáticos.

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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sep 17, 2025
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Hi Ruler,

Hoy quiero detenerme en una pregunta que parece tan simple como obvia, pero que sigue atravesando nuestras discusiones políticas más cotidianas: ¿qué significa realmente ser de izquierda o de derecha? Y más aún, ¿qué hacemos cuando estas etiquetas se convierten en armas en boca de fanáticos?

Lo pienso mucho porque la política, al final, no se juega solo en los grandes parlamentos ni en las cumbres internacionales, sino en las sobremesas familiares, en las discusiones de café, en los comentarios de Twitter e Instagram y también lo veo en mis DMs y mis chats de WhatsApp cada vez que me preguntan por algo de política o incluso me escriben para cuestionar mi pensamiento. Ahí donde alguien grita “comunista” como insulto, o donde alguien responde con un “facha” como si eso cerrara cualquier debate. Y me pregunto: ¿en qué momento dejamos de debatir ideas para empezar a coleccionar etiquetas?


Como socióloga, sé que el fanatismo político no nace de la razón sino de la identidad. Un fanático no está defendiendo un argumento, está defendiendo quién es. Por eso cuando cuestionas sus ideas, siente que cuestionas su existencia. Y por eso también es tan difícil hablar con ellos.

El fanatismo tiene un poder enorme: genera pertenencia. Te hace sentir que formas parte de algo más grande. Pero también tiene un costo altísimo: te ciega ante la complejidad, te reduce a pensar en buenos y malos.

Lo veo una y otra vez. Personas que, en lugar de preguntarse qué políticas funcionan o qué modelo necesitamos, se aferran a símbolos, banderas y etiquetas. Y entonces ya no importa si algo mejora la vida de las personas, importa si viene “de los míos” o “de los otros”.

El fanático convierte la política en religión. Y lo religioso, en política, no deja espacio para matices.


Lo más irónico es que “izquierda” y “derecha” nacieron de algo casi anecdótico. En 1789, durante la Revolución Francesa, quienes se sentaban a la izquierda de la Asamblea defendían el fin de los privilegios, la igualdad y el cambio. Quienes se sentaban a la derecha defendían al rey, la tradición y el orden.

Dos lados de un salón. Eso fue todo.

Y, sin embargo, aquí estamos, más de dos siglos después, todavía divididos entre izquierda y derecha, como si el lugar donde alguien se sentó en París hace 200 años pudiera determinar la forma en que entendemos el mundo hoy.

La política se transformó, la economía se globalizó, el mapa de valores cambió radicalmente. Pero las etiquetas se quedaron.


Durante buena parte del siglo XX, izquierda y derecha parecían categorías claras. La izquierda defendía la redistribución económica, justicia social. La derecha defendía el mercado, la libertad individual, la tradición.

Pero hoy, ¿qué significa?

En un mundo donde China, con su partido comunista, abraza el capitalismo más salvaje… ¿puede alguien seguir diciendo que izquierda es igual a Estado y derecha es igual a mercado? En América Latina, ¿la izquierda significa progresismo o populismo? En Europa, ¿la derecha es conservadora o liberal?

Las categorías mutan. Pero los fanáticos se niegan a reconocerlo.


Cuando alguien dice “todos los de izquierda son corruptos” o “todos los de derecha son fascistas”, no está describiendo la realidad. Está simplificándola para que le quepa en un eslogan.

Y la simplificación siempre es peligrosa. Porque nos impide pensar. Porque nos encierra en burbujas.

Lo vemos en las redes sociales: los algoritmos premian el contenido que genera rabia. ¿Y qué mejor para generar rabia que una etiqueta? Un tuit que dice “los zurdos arruinaron el país” o “los fachas son el problema” tiene más retuits que un análisis sobre política fiscal.

La rabia moviliza. La complejidad, no tanto. Pero es en la complejidad donde está la política real.


Quizás el desafío más grande hoy es cómo hablar con un fanático. Porque no siempre podemos evitarlo: lo tenemos en casa, en el trabajo, en el grupo de WhatsApp de la familia.

Y aquí entra la estrategia.

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