Reflexión política | La salud mental como privilegio de clases.
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Hi Ruler,
Quiero empezar esta carta con una pregunta que quizá incomode:
¿La salud mental es un derecho universal… o sigue siendo, en la práctica, un privilegio de clases?
En los últimos años, hablar de salud mental se ha vuelto tendencia. Está en TikTok, en Instagram, en los discursos de políticos y en campañas de empresas. Pero en medio de esta aparente visibilidad, hay algo que me preocupa profundamente: no todos tenemos las mismas condiciones para cuidar de nuestra mente. Y cuando la conversación se convierte en frases bonitas sin atender a la desigualdad estructural, corremos el riesgo de romantizar un tema que, en la vida real, sigue siendo un abismo social.
Hoy quiero reflexionar sobre eso. Sobre lo que significa hablar de salud mental en 2025 y cómo este tema, que parece tan íntimo y personal, en realidad está atravesado por la política, la economía, la clase social y las decisiones colectivas.
Cuando hablamos de desigualdad, solemos pensar en la renta, en la educación, en el acceso a vivienda. Pero rara vez pensamos en el acceso a salud mental. Y, sin embargo, es una de las desigualdades más profundas y silenciosas.
Pongamos ejemplos:
En España, si una persona necesita atención psicológica en el sistema público, puede esperar entre 8 y 12 meses para tener la primera cita. Eso significa que alguien con depresión severa puede pasar un año entero sin ayuda profesional. Quien puede pagar, va a terapia privada: 60, 70, 80 euros la sesión. Quien no puede… espera.
En América Latina, los números son más duros: en México, menos del 3% del presupuesto de salud se destina a salud mental. La mayoría de psicólogos trabajan en el sector privado. El resultado es obvio: salud mental para quien puede pagarla.
En Estados Unidos, las apps de terapia online crecieron de manera exponencial. BetterHelp, Talkspace, Headspace, Calm. Pero un plan mensual cuesta entre 20 y 60 dólares. ¿Quién puede mantener ese gasto recurrente si vive al día?
El resultado es este: en la práctica, la salud mental no es un derecho, es un lujo.
Quien pertenece a la clase media alta puede hablar de autocuidado, de journaling, de yoga. Quien pertenece a la clase trabajadora vive con jornadas dobles, estrés constante y sin tiempo para respirar.
Hemos llenado las redes sociales de frases como haz journaling, toma té matcha, sal a caminar. Y no está mal. Son prácticas útiles. Pero, ¿qué significan cuando una persona trabaja dos turnos para pagar el alquiler y no tiene ni un día libre a la semana?
Aquí aparece una pregunta incómoda: ¿a quién le hablamos cuando repetimos frases sobre autocuidado?
El riesgo de la romantización es que crea un espejismo. Parece que la salud mental depende solo de la voluntad individual. Como si respirar profundo o hacer yoga pudieran resolver un sistema laboral que exprime hasta el agotamiento.
La romantización de la salud mental es peligrosa porque desplaza el foco: en lugar de exigir políticas públicas, terminamos consumiendo productos de wellness. En lugar de ver la raíz estructural, lo reducimos a un estilo de vida.
Algo interesante es cómo cada generación vive la salud mental de manera distinta:
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