Reflexión política| Lo que arde en silencio: por qué deberías mirar al Congo
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Hi Ruler,
Hace días que escribo y borro estas líneas.
Hay temas que una no puede escribir en automático. Hay nombres de países que duelen antes de ser pronunciados. Y hay conflictos que, por su densidad, su historia y su brutalidad, se te atragantan incluso cuando los entiendes.
La República Democrática del Congo es uno de ellos.
Y sin embargo, escribir sobre la RDC no es una elección para mí. Es un acto de responsabilidad. De coherencia. Y también, de poder.
Porque hay algo profundamente incómodo en hablar de geopolítica cuando el precio de esa conversación son millones de vidas humanas ignoradas. Pero hay algo aún más violento en no hablar de ello. En callar. En mirar para otro lado mientras seguimos sosteniendo un orden mundial que necesita que el Congo no exista más que como una fuente de recursos.
Hoy quiero invitarte a pensar conmigo.
No para que llores. No para que te culpes. Sino para que entiendas cómo funciona el poder en su forma más cruda. Para que desarrolles ese radar que llamamos inteligencia política. Y para que nunca más vuelvas a ver tu celular, tu auto o tus ideales, progresistas o no, del mismo modo.
I. El corazón negro del mundo
Decía Joseph Conrad en El corazón de las tinieblas que el Congo era un lugar donde lo salvaje y lo civilizado se confundían hasta desaparecer.
Pero lo que Conrad no dijo (o no quiso decir) es que esa “oscuridad” nunca estuvo en África. Estuvo en Europa. En su codicia. En su maquinaria colonial. En su capacidad para deshumanizar.
La República Democrática del Congo, como país, nace herida. Nace como propiedad personal del rey Leopoldo II de Bélgica. No como colonia, ni siquiera como protectorados. Como propiedad privada. Durante más de 20 años, los cuerpos de millones de congoleños fueron mutilados, explotados, asesinados para alimentar el hambre de caucho del mundo industrializado.
Se calcula que murieron entre 10 y 15 millones de personas. Y el mundo siguió girando.
II. La geografía como destino
Soy socióloga. Y una de las cosas que más he aprendido en el cruce entre sociología y geopolítica es que los mapas no son neutrales. Los territorios no se entienden sin los cuerpos que los habitan, pero tampoco sin los recursos que los atraviesan.
El Congo está en el centro de África. Limita con nueve países. Tiene selvas impenetrables, ríos inmensos y una de las mayores reservas minerales del planeta. Está asentado sobre oro, coltán, diamantes, uranio, estaño, petróleo, cobre y sobre todo, cobalto. Un recurso clave para el siglo XXI.
Hoy, el Congo produce más del 70% del cobalto mundial. Sin el Congo no hay transición energética. No hay autos eléctricos. No hay smartphones. No hay guerra tecnológica entre China y EE.UU.
La pregunta es: ¿quién se beneficia de eso?
III. Tecnología, sangre y silencio
Te propongo este ejercicio incómodo:
Mira tu celular. Míralo bien.
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