MISS POLÍTICA

MISS POLÍTICA

Reflexión política | Si Estados Unidos no podría convertirse en Gilead, se le quiere parecer mucho.

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

Avatar de MISS POLÍTICA
MISS POLÍTICA
may 06, 2026
∙ De pago

Ayer, antes de dormir, hice algo que probablemente no debería hacerse antes de dormir: ver un documental sobre la restricción de los derechos de las mujeres en Estados Unidos. No porque no debamos mirar estas cosas. Al contrario, creo profundamente que debemos mirarlas. Pero hay ciertos temas que se quedan en el cuerpo de una forma extraña, como si después de apagar la pantalla el mundo no volviera exactamente al mismo lugar, como si una parte de ti entendiera que lo que acabas de ver no pertenece a una ficción distópica, sino al presente político de una democracia que durante décadas se vendió a sí misma como modelo de libertad. El documental se titulaba Los EE. UU. de Trump: ¿Por qué se restringen los derechos de la mujer? y lo vi con esa mezcla incómoda de atención profesional y miedo personal que aparece cuando una noticia deja de ser solo noticia y se convierte en una advertencia.

Unas horas antes, alguien me había preguntado algo que se me quedó dando vueltas:

¿Y eso no te hace perder un poco las esperanzas en la humanidad? O sea, tú estás inmersa en ese tipo de noticias y muchas otras hasta más heavy.

(Gracias Nathy por darme, más, que pensar).

Y creo que esa pregunta explica mejor que cualquier titular el estado emocional de quienes nos dedicamos a mirar el poder de cerca. Porque sí, hay días en los que leer política no se siente como analizar instituciones, discursos o correlaciones de fuerza. Hay días en los que leer política se siente como leer un inventario de retrocesos. Hay días en los que una abre la prensa y se encuentra con jueces debilitando derechos civiles, líderes hablando de valores tradicionales con una calma inquietante, hombres jóvenes con millones de seguidores explicando cuál debería ser el lugar “natural” de las mujeres, plataformas digitales reapareciendo después de haber facilitado violencia, distritos electorales redibujados de tal manera que ciertas comunidades pierdan poder político, y una pregunta aparece casi sin permiso: ¿qué rayos está pasando?

La respuesta corta sería decir: está pasando la reacción. La respuesta larga, la que más me interesa como socióloga, es que estamos viendo una reorganización del poder alrededor de una idea muy vieja: la libertad siempre puede ser negociada cuando quien la ejerce no pertenece al sujeto político dominante. La libertad de las mujeres puede ser reinterpretada como amenaza a la familia; la libertad reproductiva puede ser reinterpretada como decadencia moral; la libertad de voto de las minorías puede ser reinterpretada como ingeniería identitaria; la libertad sexual puede ser reinterpretada como caos; la libertad individual, esa palabra que tanto se usa en los discursos occidentales, puede convertirse de pronto en un privilegio selectivo, disponible para algunos cuerpos y condicional para otros.

Por eso me inquieta tanto Estados Unidos en este momento. No porque crea que mañana despertaremos dentro de The Handmaid’s Tale, con uniformes rojos y una república teocrática completamente instalada. El problema no es que Estados Unidos sea Gilead. El problema es que demasiadas fuerzas políticas, religiosas, judiciales y culturales parecen estar ensayando una estética institucional que se le parece mucho. Y lo verdaderamente peligroso de Gilead, al menos desde una lectura política, no es solo su brutalidad. Es su gradualidad. Su capacidad de convertir lo impensable en discutible, lo discutible en legal, lo legal en normal y lo normal en moralmente obligatorio.

A veces olvidamos que los sistemas autoritarios no siempre empiezan con tanques en la calle. Muchas veces empiezan con palabras: “orden”, “familia”, “tradición”, “protección”, “decencia”, “valores”. Palabras que por sí solas no son malas, pero que pueden convertirse en instrumentos de control cuando se usan para definir quién merece derechos completos y quién debe aceptar una ciudadanía reducida. La política rara vez dice “vamos a quitarte libertad”. La política suele decir “vamos a protegerte de tu propia libertad”. Y cuando esa frase se dirige a las mujeres, casi siempre viene envuelta en la idea de cuidado, de virtud, de maternidad, de destino, de naturaleza, de deber.

Me pasa algo con la palabra “tradicional”. No me incomoda por sí misma. Todas las sociedades tienen tradiciones. Todas las culturas tienen formas de transmisión, memoria, pertenencia y continuidad. Y justo porque no me desagrada del todo, yo intento tener mis propias tradiciones, porque encuentro algo genuinamente bello en mantenerlas. Lo que me incomoda es cuando “tradición” deja de significar herencia cultural y empieza a significar obediencia social. Cuando “valores tradicionales” se convierte en una forma elegante de decir que las mujeres deberían volver a ser menos libres, menos visibles, menos autónomas, menos incómodas. Cuando la familia deja de ser una institución afectiva y se convierte en una unidad política disciplinaria… cuando el hogar deja de ser refugio y se convierte en frontera.

Por eso escuchar a figuras como JD Vance hablar de la necesidad de más familia, más hijos, más retorno a ciertos valores tradicionales no puede analizarse solo como una preferencia cultural. En su primer discurso público como vicepresidente, en la March for Life de enero de 2025, Vance dijo que quería “más bebés” en Estados Unidos, dentro de un marco político abiertamente antiaborto y profamilia. La frase, aislada, puede parecer incluso tierna para quien quiera leerla de buena fe. Pero la política no se analiza por frases aisladas, se analiza por ecosistema. ¿Qué significa pedir más bebés en un país donde el derecho federal al aborto fue eliminado en 2022? ¿Qué significa celebrar la familia en un país donde 13 estados mantienen prohibiciones totales del aborto y otros siete tienen límites tempranos entre las seis y doce semanas? ¿Qué significa hablar de vida cuando algunos estados ni siquiera contemplan excepciones amplias para situaciones extremas? Según KFF, a abril de 2026, veinte estados tenían prohibiciones o límites tempranos, nueve no tenían excepción por violación o incesto y cinco no tenían excepción por salud.

Continúa leyendo con una prueba gratuita de 7 días

Suscríbete a MISS POLÍTICA para seguir leyendo este post y obtener 7 días de acceso gratis al archivo completo de posts.

¿Ya eres suscriptor de pago? Iniciar sesión
© 2026 MISS POLÍTICA · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crea tu SubstackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura