MISS POLÍTICA

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Reflexión política|El nuevo autoritarismo no da golpes. Da clics.

Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.

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ago 06, 2025
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Hi Ruler,

Esta carta no es una advertencia. Es un mapa.

Escribo desde un lugar incómodo y por eso necesario. Un lugar donde la democracia está intacta en el papel, pero erosionada en la práctica. Donde el autoritarismo no se impone con botas, sino con branding. Donde la libertad no se pierde en un día, sino que se va evaporando, algoritmo a algoritmo.

Hablo, claro, de las nuevas formas de autoritarismo. Esas que se cuelan entre las grietas de la desconfianza, el cansancio social, las promesas de orden, y los discursos de “lo hago por ustedes”. Esas que nacen con aplausos, que se viralizan con reels, que piden “una oportunidad más” para quedarse mucho más que un mandato.

Y no, no estoy hablando solo de Bukele. Tampoco exclusivamente de Trump. Ni de Maduro. Estoy hablando de una tendencia global que ya no responde a la vieja dicotomía entre izquierda y derecha, entre socialismo y liberalismo, entre democracia y dictadura.

Hablo de algo más líquido, más sofisticado, más peligroso en su ambigüedad: líderes que llegan con legitimidad democrática, pero la usan para vaciar las instituciones desde dentro. Líderes que no prohíben medios, pero los deslegitiman. Que no eliminan elecciones, pero las manipulan simbólicamente. Que no encarcelan a toda la oposición, pero la convierten en villana nacional. Que no cancelan el debate, pero lo vuelven irrelevante.

El nuevo autoritarismo no se parece al viejo. Pero duele igual. Y cuesta más verlo.


¿Cómo llegamos hasta aquí?

Siempre me ha obsesionado entender el poder: cómo se construye, cómo se sostiene y sobre todo, cómo se disfraza. Y esta última pregunta es la que hoy me ronda con más fuerza.

Porque los autoritarismos del siglo XXI ya no necesitan un golpe de Estado. Les basta con una elección, un influencer aliado, una narrativa emocional. Los nuevos líderes autoritarios son expertos en comunicación política, entienden la lógica de los algoritmos mejor que los tecnócratas, y han convertido la figura del político clásico en un performance de proximidad digital.

Ya no gobiernan solo con leyes. Gobiernan con símbolos.

Y esta mutación no es casual. Es estructural. Viene de una crisis profunda de representatividad, de instituciones lentas, de partidos desconectados, de una sociedad que siente que la democracia solo sirve para elegir corruptos o incompetentes.

Entonces, cuando llega alguien que dice “yo no soy como ellos”, que promete orden, que parece tener agallas, que “se salta la burocracia”, que “va directo al grano”... claro que seduce. Claro que parece una respuesta.

El problema es a qué costo.


¿Y cómo se ve este nuevo autoritarismo?

Se ve bien. Demasiado bien. Tiene buena imagen, buen diseño, buena oratoria. Se disfraza de eficiencia, de renovación, de voluntad popular.

Pero si lo miras con detenimiento, notarás algunos patrones:

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