Reflexión política|Ser más woke no nos hará más sabios
Una opinión editorial para pensar (y sentir) la política a mitad de semana.
Hi Ruler,
A veces pienso que la política —y no hablo solo de partidos o gobiernos, sino de la política como fuerza que moldea nuestra vida diaria— es como una de esas canciones que escuchas tanto, que llega un punto en que deja de emocionarte. Al principio te mueve, te abre un mundo, te da una sensación de poder y pertenencia… pero cuando se repite sin cesar, pierde su fuerza.
Algo así está pasando con el llamado movimiento woke. Y sí, voy a usar la palabra aunque para algunos ya suene gastada, y para otros, directamente insultante.
Hoy quiero hablarte de sus dos caras. Porque negar la luz sería injusto, pero ignorar la sombra sería ingenuo.
El despertar que incomodó al mundo
Para entender lo que estamos viviendo, hay que recordar lo que fue.
La palabra woke nació mucho antes de convertirse en trending topic. Era un llamado dentro de las comunidades afroamericanas en Estados Unidos: stay woke, mantente despierto, alerta a las injusticias.
Después, como pasa con las buenas ideas, cruzó fronteras, causas y formatos. Pasó del racismo sistémico al feminismo interseccional, de ahí a la diversidad sexual, a la justicia climática, a la salud mental, a los derechos de personas con discapacidad. El mapa era amplio y, por primera vez, la conversación global no estaba marcada solo por lo que decía la televisión o el gobierno, sino por lo que la gente viralizaba en sus teléfonos.
En ese sentido, el movimiento woke fue un soplo de aire fresco. Nos obligó a mirar lo que no queríamos ver: acoso sexual tolerado por décadas, asesinatos racistas convertidos en estadísticas frías, personas invisibles en los medios y en la política, derechos negados por costumbre.
No voy a quitarle ese mérito. Porque gracias a esa presión social, cambiaron leyes, se ampliaron derechos, se habló de lo que antes se barría bajo la alfombra. Incluso, se generó un mercado donde antes no había nada: moda sin género, cosmética inclusiva, entretenimiento con protagonistas que no encajaban en el molde de Hollywood.
Y no es menor que hoy podamos decir sin vergüenza que la salud mental importa, que el consentimiento es básico, que el planeta no es un recurso infinito.
Pero…
La sombra que crece detrás de la luz
Con el tiempo, algo cambió. Y no necesariamente para bien.
Cuando una causa se convierte en tendencia, empieza a vivir bajo las reglas del marketing: necesita impacto, necesita visibilidad constante, necesita un enemigo claro. Y ahí, lo que era lucha, se convierte en espectáculo.
En 2025 hemos visto una retirada silenciosa de muchas marcas que hasta hace poco ondeaban la bandera de la diversidad. Este año, varias que durante años se vestían de arcoíris en junio decidieron no hacerlo. No fue casualidad. En sus reportes internos, las áreas de marketing detectaron una caída en el retorno de esas campañas y, en algunos casos, un riesgo de pérdida en mercados conservadores.
Esto no es teoría: en Estados Unidos, cadenas como Target y Starbucks redujeron o eliminaron displays de Pride tras recibir boicots organizados. En Asia, conglomerados de moda optaron por campañas “neutras” para evitar sanciones.
Lo mismo pasa con la agenda climática: después de años de usar la sostenibilidad como anzuelo publicitario, muchas compañías han pasado a un “silencio estratégico” porque descubrieron que les salía más barato pagar multas que transformar su cadena de producción.
Y lo más preocupante: el retroceso cultural. Después de casi una década de empuje del body positive, las pasarelas de París y Milán este otoño revivieron sin pudor la estética heroin chic de los 90. TikTok está lleno de retos de “limpieza” y “desintoxicación” que son, en realidad, dietas extremas disfrazadas. Lo que parecía una conquista cultural se ha diluido en un filtro de Instagram.
De la justicia a la pureza moral
Pero la retirada de las marcas es solo una parte del problema. La otra es la cultura de la cancelación.
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