Alguna vez te has preguntado: ¿Cuánto poder tiene quien puede interrumpir el funcionamiento de tu país?
Pensemos en un paso marítimo del que depende el abastecimiento energético. En una red eléctrica que permite pasar el invierno. En una tecnología que empieza a intervenir en decisiones que antes tomábamos exclusivamente las personas.
Ahí hay tres formas de poder que esta semana se encontraron en Nueva York. La Asamblea General de la ONU ofreció espacio para negociar sobre Irán y Ucrania, mientras la inteligencia artificial ocupaba un lugar destacado en la discusión sobre seguridad internacional.
Estamos aprendiendo a reconocer una forma de vulnerabilidad: depender de sistemas esenciales sobre los que tenemos muy poca capacidad de decisión.
Este domingo quiero detenerme en tres noticias que permiten entenderlo. Porque detrás de cada negociación hay una pregunta que también nos concierne: ¿quién puede poner condiciones a la vida de los demás?
Empecemos.
1. Irán y Ormuz: convertir una ruta marítima en capacidad de negociación
El contexto es la guerra iniciada el 28 de febrero con ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán.
El viernes 25, Irán presentó públicamente una propuesta para reabrir el estrecho de Ormuz y retomar las conversaciones nucleares en siete días, condicionada, entre otras medidas, al levantamiento del bloqueo naval estadounidense sobre sus puertos, exenciones a las sanciones petroleras y un alto el fuego que incluyera Líbano.
El sábado, Trump anunció que rechazaba el plan. Este domingo, Irán insistió en negociar y señaló que los mediadores todavía no le habían transmitido un rechazo formal.
Para entender lo que está en juego, conviene mirar el mapa: Ormuz conecta el golfo Pérsico con el océano Índico, a través del golfo de Omán. Interrumpir esa salida puede trasladar los costes de una guerra a países que están muy lejos del campo de batalla.
La clave es la capacidad de encarecer las decisiones del adversario. Un Estado militarmente más débil puede conservar influencia si tiene capacidad para perturbar una ruta que otros necesitan. Esa es una de las razones por las que superioridad militar y control político no siempre avanzan al mismo ritmo.
Mi lectura de la negociación es esta: Washington intenta transformar la presión económica en concesiones; Teherán intenta que el coste de mantener esa presión resulte demasiado alto para sus adversarios y sus socios.
Y aquí entramos nosotros. Si transportar energía se vuelve más caro o incierto, pueden aumentar los costes del combustible, la producción y la distribución. La distancia geográfica ofrece una protección limitada frente a esas cadenas de transmisión.
Una eventual reapertura sería relevante, pero dejaría pendiente comprobar su duración, sus garantías y el recorrido de las conversaciones nucleares.
Lo que debemos observar: si las declaraciones se traducen en condiciones aceptadas por ambas partes y en una navegación sostenida. La seguridad de una ruta se demuestra cuando quienes la utilizan pueden volver a planificar.
2. Ucrania: el invierno también se negocia
El 22 de septiembre, Zelenski se reunió con Trump y abordó una posible tregua recíproca sobre objetivos energéticos. Ucrania manifestó disposición a negociar ese cese de ataques.
Al día siguiente, mientras el presidente ucraniano intervenía ante la ONU, Rusia atacó infraestructura ferroviaria, almacenes y gasolineras en Kyiv.
La coincidencia ayuda a entender la distancia entre abrir una conversación y modificar la conducta de quienes combaten.
En la guerra iniciada por la invasión rusa, proteger la infraestructura energética tiene un valor inmediato para Ucrania: conservar condiciones básicas para que el país funcione. Electricidad significa hospitales, comunicaciones, producción y, con la llegada del frío, calefacción.
Pensemos un momento en lo cotidiano. Una familia necesita saber si podrá calentar su casa; una empresa, si podrá mantener la actividad; un ayuntamiento, si podrá prestar servicios. Atacar esos sistemas introduce incertidumbre en miles de decisiones y desgasta la capacidad de una sociedad para resistir.
Por eso, negociar sobre energía es negociar también sobre tiempo: cuánto puede aguantar un país, qué necesita reparar y con qué recursos llegará a la siguiente estación.
Hay otra dificultad. Una tregua limitada puede reducir daños y proteger vidas, mientras siguen abiertas las disputas territoriales y las garantías de seguridad. Su utilidad depende de cómo se diseñe y de que las partes la cumplan.
El valor de un acuerdo parcial debe medirse por la protección concreta que ofrece. Celebrar una declaración antes de comprobar sus efectos puede convertir una necesidad humanitaria en una victoria comunicativa prematura.
¿Qué deberíamos exigir para evaluar avances? Una definición precisa de las instalaciones protegidas, mecanismos para verificar incidentes y una respuesta prevista ante los incumplimientos.
La prueba más importante llegará fuera de la sala de negociaciones, cuando las personas puedan organizar su vida con menos miedo al siguiente ataque.
3. Inteligencia artificial: quién vigila a quienes construyen el futuro
El 23 de septiembre, el Consejo de Seguridad escuchó a dirigentes del sector de la inteligencia artificial, entre ellos Sam Altman, de OpenAI, y Dario Amodei, de Anthropic, en una sesión sobre sus implicaciones para la seguridad internacional.
El día anterior, Guterres había pedido un marco multilateral para gestionar los riesgos de la IA con supervisión independiente. Trump, por su parte, rechazó un sistema global de control sobre esta tecnología.
Aquí aparece una disputa que merece nuestra atención: quién participa en la definición de las reglas y quién queda sujeto a ellas.
Las empresas aportan conocimientos indispensables para evaluar los sistemas que desarrollan. Al mismo tiempo, tienen intereses comerciales. Escucharlas debe formar parte de la supervisión; la independencia de quienes evalúan es lo que permite contrastar sus afirmaciones.
Para los Estados, el dilema combina competencia y cooperación. Quieren aprovechar las ventajas económicas y estratégicas de la IA, pero un problema que atraviesa fronteras puede exigir información compartida y respuestas coordinadas.
Mi lectura es que la gobernanza tecnológica se está convirtiendo en una cuestión de soberanía. Un país que incorpora sistemas que no puede evaluar, auditar o sustituir limita su margen de decisión, aunque conserve formalmente la autoridad sobre su uso.
Esto también nos toca de cerca. Cuando una administración o una empresa incorpora IA a procesos que afectan a las personas, aparecen preguntas concretas: ¿quién responde por un error?, ¿cómo se impugna una decisión?, ¿qué información permite comprobar que el sistema funciona como promete?
La discusión merece espacio público precisamente porque sus consecuencias exceden a quienes desarrollan la tecnología.
Lo que conviene seguir ahora es la creación de mecanismos verificables: evaluaciones independientes, comunicación de incidentes y responsabilidades claras. Una reunión de alto nivel puede abrir ese camino; su recorrido dependerá de los compromisos que produzca.
Para seguir pensando esta semana, recomiendo tres obras:
El mundo está en venta, de Javier Blas y Jack Farchy. Una investigación sobre el negocio de las materias primas que ayuda a entender cómo se conectan comercio, recursos y poder. Leerla con Ormuz en mente permite ver los intereses que rodean una ruta energética.
20 días en Mariúpol, de Mstyslav Chernov. Este documental recoge el asedio ruso de 2022 desde la experiencia de periodistas que permanecieron en la ciudad. Lo recomiendo para devolver personas, hospitales y hogares a una conversación que fácilmente se llena de mapas.
Atlas de inteligencia artificial, de Kate Crawford. Una mirada crítica a los recursos, el trabajo y las relaciones de poder que sostienen la IA. Ayuda a formular mejores preguntas sobre quién obtiene sus beneficios y quién asume sus costes.
Esta semana hemos visto cuánto importa proteger las condiciones que permiten vivir, trabajar y decidir. ¿A quién pedimos cuentas cuando esas condiciones se convierten en instrumentos de presión? ¿Qué instituciones estamos dispuestos a construir para protegerlas?
Entender el poder también debería servirnos para exigir que responda ante quienes viven con sus consecuencias.
Cómo sacarle provecho a este brief
Te propongo usar estas tres noticias como un entrenamiento de criterio para la semana.
Distingue las promesas de los hechos. Cuando leas sobre Ormuz o Ucrania, separa anuncio, acuerdo y cumplimiento. Pregúntate qué ha cambiado sobre el terreno y quién lo ha verificado.
Traduce la geopolítica a tu vida. Piensa qué parte de tu trabajo depende del transporte, la energía o una plataforma tecnológica. Identificar esas dependencias te permite plantearte alternativas antes de necesitarlas.
Mejora tus conversaciones. Prueba esta pregunta: «¿Quién puede imponer condiciones aquí y quién asume el coste?». Aplícala a una noticia y explica tu respuesta con tus propias palabras. Intenta identificar también a quienes soportan las consecuencias sin participar en la negociación.
Pon a prueba una opinión tuya. Elige el tema que más te inquieta, consulta una de las recomendaciones y anota qué evidencia te haría cambiar de posición. Ese ejercicio mantiene tu criterio abierto y exigente.
Antes del próximo domingo, vuelve al tema elegido y comprueba si cambió algo sustancial. El hábito que queremos cultivar es aprender a interpretar lo que pasa con más autonomía.
Feliz inicio de semana.




