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THE STRATEGY | La falacia del movimiento: cuando parecer activo reemplaza el verdadero progreso

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oct 10, 2025
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La eficiencia consiste en hacer mejor lo que no debería hacerse en absoluto.

— Peter Drucker —

Hi Ruler,

Imagina una pequeña tienda de pueblo.
Un niño lanza una piedra y rompe el escaparate.

La gente se agolpa, y alguien —tratando de consolar al dueño— dice:
“Bueno, al menos el cristalero ganará dinero”.

Así empieza una falacia que se repite desde hace siglos.

El economista francés Frédéric Bastiat, en su ensayo Lo que se ve y lo que no se ve (1850), usó esta historia para ilustrar un error fundamental en la forma en que entendemos la economía y el progreso.

Sí, lo que se ve es que el cristalero obtiene un ingreso. Parece que el accidente ha generado actividad económica.
Pero lo que no se ve es el coste oculto: el dinero que el dueño ya no podrá gastar en otro bien o inversión productiva, porque ahora debe reemplazar lo que ya tenía.

Reparar no es avanzar.
Es simplemente recuperar lo perdido.

Y sin embargo, hoy, 175 años después, seguimos repitiendo el mismo error… solo que ahora lo llamamos “productividad”, “inversión pública” o “rebranding”.


Bastiat, lo que se ve y lo que no se ve | elcato.org

La economía del movimiento inútil

Esta historia, aparentemente lejana, sigue viva en cada rincón del mundo corporativo, político e incluso personal.

  • Startups que celebran actividad en lugar de impacto.

  • Gobiernos que confunden gasto con crecimiento.

  • Líderes que premian presencia sobre resultados.

  • Y nosotros, ciudadanos, que medimos el valor de nuestras vidas por lo ocupados que estamos, no por lo significativos que somos.

Bastiat lo explicaba con una elegancia desarmante:

Destruir, gastar y malgastar no son vías hacia la prosperidad.

La falacia del cristal roto es, en realidad, una falacia mental.
Nos seduce la ilusión del movimiento.
Nos da paz la sensación de estar “haciendo algo”.
Y en el fondo, tememos lo que más poder nos daría: detenernos a pensar.


La dopamina del esfuerzo inútil

En 2009, un estudio de la Universidad de Columbia demostró algo fascinante:
el simple acto de tachar tareas —aunque sean irrelevantes— libera dopamina y nos produce sensación de avance.

El cerebro celebra el movimiento, aunque sea en círculos.

Por eso hay equipos que llenan Trellos, Notion o Asanas de tareas que no cambian nada.
Por eso hay empresas que lanzan productos para “mantener el ritmo del mercado” sin preguntarse si el mercado siquiera los necesita.
Y por eso hay gobiernos que anuncian planes de reactivación, aunque esos fondos se evaporen en salarios burocráticos, consultorías o cemento que no genera valor a largo plazo.

Estamos hipnotizados por la ilusión de productividad.
La falacia del cristal roto se ha vuelto cultural.

El movimiento, hoy, se confunde con propósito.


Ver lo que no se ve: la falacia de la ventana rota

El espejismo en la política y el branding

En política, esta falacia se traduce en algo más profundo: el espejismo del anuncio.

Los gobiernos modernos son expertos en comunicar movimiento:
Planes quinquenales, programas sociales, megaproyectos, conferencias de prensa.
Pero cuando se observa el impacto real, la mayoría de esas acciones son reactivos, no estratégicos.

Reparan grietas, no construyen cimientos.

El caso más claro fue el auge del neopopulismo de la gestión, donde lo importante no era resolver problemas estructurales, sino parecer activos.
El político exitoso no era el que generaba transformación, sino el que lograba mantener el show de la acción permanente: obras, giras, tweets, discursos, reformas parciales.

En el mundo corporativo ocurre igual.

Marcas que reformulan su identidad cada año, creyendo que el cambio visual es evolución.
O ejecutivos que celebran “pivotar” cada trimestre, sin consolidar ningún modelo sólido.
El resultado: movimiento perpetuo que gasta recursos, energía y credibilidad.

El “niño que rompe el cristal” hoy tiene otro nombre:
la obsesión con la novedad.


Caso real: Meta y la economía del movimiento

Pocas empresas simbolizan mejor la falacia moderna del movimiento que Meta (Facebook).
Tras perder el monopolio emocional de las redes sociales, Zuckerberg decidió redirigir miles de millones hacia el metaverso.

En términos bastiatianos: rompió su propio cristal para parecer innovador.

Durante dos años, el gasto en Reality Labs superó los 45 mil millones de dólares, mientras la adopción del metaverso no pasó del 1% de los usuarios activos.
Lo que se veía era una empresa futurista, valiente, ambiciosa.
Lo que no se veía: los recursos que dejaron de invertirse en producto, inteligencia artificial o contenido, donde sí se generaba valor tangible.

Reparar lo que uno mismo destruye no es progreso.
Es gestión del ego.

Y, sin embargo, ese patrón se repite: gobiernos, corporaciones y marcas que prefieren parecer en movimiento antes que admitir que no saben hacia dónde van.


Lo invisible como ventaja competitiva

En un entorno saturado de visibilidad, ver lo invisible es el verdadero superpoder estratégico.

Bastiat diferenciaba entre lo inmediato y lo contrafactual:
El valor que ves frente al valor que habrías podido crear si no hubieras malgastado tus recursos.

Esa mirada invisible es lo que separa a los buenos gestores de los estrategas reales.
Los primeros optimizan tareas.
Los segundos imaginan escenarios.

El estratega no se pregunta: “¿Qué estoy haciendo?”.
Se pregunta: “¿Qué podría estar haciendo con este mismo esfuerzo si pensara distinto?”

Y esa pregunta —simple, pero radical— transforma no solo cómo lideras, sino cómo vives.


Estrategia aplicada: La matriz Bastiat

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