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THE STRATEGY | Lo que Dunkin’ enseña sobre influencia cultural y poder político

Cuando una marca deja de vender café y empieza a vender sentido, deja de competir por atención y empieza a construir poder.

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oct 31, 2025
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Hi thinker,

En un mundo donde todo parece efímero, pocas marcas consiguen algo tan poderoso como volverse parte del lenguaje cotidiano.
Dunkin’ —sí, la vieja Dunkin’ Donuts de los años cincuenta— lo consiguió.
No cambiando su producto, sino su significado.

Hoy, en la era del algoritmo y la atención líquida, la relevancia es el nuevo poder.
Y Dunkin’ lo entendió antes que muchos políticos.


la primera tienda de Dunkin’ Donuts en 1950

De cafetería de carretera a ícono pop

En 1950, William Rosenberg abrió una cafetería modesta en Quincy, Massachusetts, con una promesa simple: “el mejor café y donuts de la ciudad”.
Durante décadas, fue la parada de los trabajadores americanos antes del turno.
Pero a mediados de los 2010s, su identidad olía a pasado. Starbucks representaba el status; los cafés independientes, el arte. Dunkin’ era el hábito.

Entonces, hicieron algo que pocos se atreven: renunciar a su propia nostalgia.
En 2018 eliminaron la palabra “Donuts” del nombre. No era una crisis de identidad, era una declaración de evolución.
El mensaje: “No vendemos café. Vendemos pertenencia.”

Esa decisión, aparentemente estética, se convirtió en una estrategia cultural.
En 2025, Dunkin’ dejó de ser una marca funcional y pasó a ser un símbolo.
El café se volvió contenido. El vaso, un statement.
Y el público joven —que jamás había sentido apego por una cafetería— empezó a hablar de Dunkin’ con cariño y humor.

Mientras su notoriedad bajó del 90% al 86%, su preferencia subió 4%.
Eso, en marketing, equivale a poder real: menos ojos, pero más corazones.
La preferencia es la antesala de la lealtad.
Y en la era de la distracción, eso vale más que cualquier pauta.



La fórmula Dunkin’: relevancia + pertenencia + humor

Dunkin’ no vendió más café. Vendió significado compartido.
Y lo hizo con tres movimientos magistrales.

Primero: la cultura pop como vehículo, no como disfraz.
Su anuncio del Super Bowl 2025 fue un renacimiento cultural.
Ben Affleck, Casey Affleck, Bill Belichick y Jeremy Strong recreando una boy band ficticia —“The Dunkings”— con humor autoirónico.
No forzaron la risa: se rieron de sí mismos.
Y en una época donde las marcas parecen rogar por atención, la autoironía es la nueva autenticidad.

Segundo: colaboraciones con sentido.
La alianza con Sabrina Carpenter no fue un simple patrocinio.
Fue una conversación simbólica con una generación que busca diversión, ligereza y comunidad digital.
El “Strawberry Shortcake drink” no vendía sabor: vendía estética.
El color rosa, el humor y la estética vintage eran mensajes codificados para una audiencia que vive en TikTok, no en Times Square.
Era un espejo de lo que las personas querían sentir, no solo consumir.

Tercero: una estrategia social que conversa, no transmite.
Dunkin’ convirtió sus redes en una plaza pública.
Comenta con humor, amplifica memes, responde a su público como si fuera una persona real.
No busca ser perfecto: busca ser presente.
En una palabra, relevancia emocional.



Lo que Dunkin’ entendió del poder (y que la política aún no)

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